María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

María Jesús Puchalt: “El maltrato psicológico vuelve y me da miedo”

Esta escritora valenciana habla desde un territorio íntimo: el de las familias matriarcales, las heridas que no se borran, el universo femenino y la búsqueda de identidad

Hay escritoras que narran desde la distancia, y hay otras que escriben como quien abre una ventana en mitad de la noche para respirar. María Jesús Puchalt pertenece a estas últimas. Autora de Mar de azahar (2016), No hay bisontes en los valles de amapolas (2022) y Dime, Lucía, de qué color es el mar (2023), así como participante del libro coral 15 miradas a la libertad, Puchalt desgrana su proceso creativo con una sinceridad poco habitual: escribe desde la vida, desde el miedo, desde la contradicción, desde la memoria que insiste. Y lo hace con una ambición clara: ser recordada como una gran contadora de historias.

– ¿Qué significa para usted eso que llama “mosaicos familiares complejos”?

– Mi vida ha estado siempre rodeada de mujeres que empujaban el mundo con las manos. Mujeres valientes, mujeres excesivas, mujeres que marcaban el ritmo de la casa. En Valencia, como en el País Vasco, hay familias donde la voz femenina es la que ordena el aire. Yo crecí ahí, en ese territorio donde la fuerza puede ser luz, pero también sombra. Desde niña entendí que la familia es un lugar que puede salvarte o puede atraparte. Por eso hablo de mosaicos: porque cada familia es una composición de piezas que encajan y piezas que se astillan. Y yo escribo desde esas aristas.

– Ha definido la escritura como un espacio de libertad, de multiplicación de vidas. ¿Qué significa eso para ti?

– Soy muy vital, aunque la vida no me lo haya puesto fácil. Siempre he sentido que una sola vida no basta. Cuando escribo, vivo muchas vidas a la vez: la mía, la que imagino, la que deseo, la que temo. Me pongo en la piel de todos los personajes, incluso de aquellos que me incomodan. Y en ese gesto, en ese desdoblarme, encuentro una libertad que no tengo en ningún otro lugar. La escritura es mi respiración más profunda.

– ¿Qué Le resulta más difícil de abordar: los miedos, las contradicciones humanas o la búsqueda de identidad?

– Las contradicciones no me cuestan: soy una contradicción con patas. Los miedos tampoco: llevo toda la vida temiendo a la muerte, desde muy pequeña, como si fuera una sombra que me acompaña. Lo más difícil es la identidad. La identidad es un territorio movedizo, cambia, se esconde, se disfraza. A veces buscamos mal, otras rechazamos lo que encontramos. Me cuesta encontrar la identidad de mis personajes porque me cuesta encontrar la mía. Y quizá por eso escribo.

– ¿Qué descubrió de sí misma escribiendo Mar de azahar, su primera novela?

– Mar de azahar nace de una herida que no se cierra. Es una novela que me comprometió porque parte de una historia personal de malos tratos, de dolor que me acompañará siempre. Con los años sentí que debía revisarla, porque yo había cambiado y la novela también debía hacerlo. En Dime Lucía, de qué color es el mar hay diálogos más crudos, más hirientes, más verdaderos. Me preocupa el maltrato psicológico: el “tú no vales nada”, el “tú no eres nada”. Lo veo volver, lo intuyo en el aire, y me da miedo.

– Ha estudiado a muchas autoras. ¿Qué le sigue inquietando de ese universo?

– El dolor. El dolor que atraviesa sus cartas, sus diarios, sus vidas. Irene Vallejo recordaba que la primera escritora conocida fue Enheduanna, en Mesopotamia, y aun así seguimos diciendo que el primer autor fue Homero. Ha habido momentos en que las mujeres tuvieron poder real, pero fueron fugaces. Me inquieta que volvamos a perder terreno. Por eso escribo sobre mujeres que crean, que sufren, que luchan. Aunque me gustaría escribir sobre reinas o figuras históricas con más distancia, no puedo: siempre vuelvo al dolor femenino.

– ¿Cómo empieza para usted una novela? ¿Con un personaje, una imagen, una pregunta?

– Empieza con una idea que se va alimentando sin que yo lo sepa. No es un destello: es algo que crece en los duermevelas, en lo que ves en la calle, en un libro que te roza, en una conversación que se queda dentro. Cuando termino una novela, ya está germinando la siguiente. De pronto la idea toma forma, como si emergiera del fondo del mar, y entonces sé que ha llegado.

– ¿Qué parte del proceso disfruta más y cuál exige más disciplina?

– La creación es mi libertad. Necesito horas por delante, perder la noción del tiempo, escribir como quien se sumerge. La corrección es árida: buscar el matiz exacto, el adjetivo preciso, eliminar repeticiones. Mi madre, maestra, me enseñó a buscar la excelencia. Y lo peor es buscar editorial: es un proceso que te desnuda y te expone.

– ¿Cómo gestiona la tensión entre la vida real y la ficción cuando trabaja con emociones tan íntimas?

– No sé gestionarla. Cuando escribo una novela, me caso con ella. Vivo con la novela, limpio con la novela, organizo con la novela, me acuesto con la novela. No sé separar. Ojalá pudiera. Pero no sé.

– Ha trabajado muchos años en la Administración Pública y en política. ¿Qué supuso la literatura frente a esa experiencia?

– Llegué a la política por casualidad. Al principio fue un tiempo luminoso, pero cuando la política se convirtió en un barrizal, en un “o estás conmigo o estás contra mí”, no pude seguir. Lo pasé muy mal con todo el caso de Rita Barberá. Caí en una depresión. La literatura fue un refugio, un lugar donde respirar, donde volver a ser yo. Una bendición.

– ¿Qué le gustaría que el lector sintiera al cerrar uno de sus libros?

– Que me recordaran como una buena contadora de historias. No quiero solo ser una buena escritora: quiero ser alguien cuya historia permanece en la cabeza del lector, como los personajes de Galdós. Que digan: “Esto me ha pasado”, “esto lo he visto”, “esto lo he sentido”. Que mis historias no les resulten ajenas.

– ¿Qué pregunta nunca le han hecho y le gustaría responder?

– Me la han hecho, pero he mentido. Cuando preguntan si lo que escribo es ficción o parte de mi vida, todos decimos que es ficción. Nadie ha rascado ahí. Si lo hicieran, no sé cómo acabaría la entrevista.

– ¿Hay alguna historia que le gustaría escribir y aún no se atreve?

– Sí. Una historia que se ha ido colando en todas mis novelas. Es la continuación vital de Lucía, personaje de mi primera novela, pero también mía. Historias bonitas y tristes, amores que no pudieron ser, episodios de mi vida de los que nunca tuve respuesta. Necesito más perspectiva para contarlo. Pero sé que llegará.

Rafael Méndez: “Hay un poder que opera en silencio y condiciona al Estado”

Rafael Méndez: “Hay un poder que opera en silencio y condiciona al Estado”

El periodista murciano publica ‘Los dueños del Estado’, un libro que revela cómo altos funcionarios ejercen el poder lejos del foco público

“La opacidad de los altos cuerpos del Estado no es un accidente: es parte de su poder”. Así lo asegura Rafael Méndez (Murcia, 1975), periodista que ha trabajado en El País, El Confidencial, Eldiario.es y en la actualidad en la productora de Salvados, el programa de Jordi Évole. Durante años ha investigado a los cuerpos más influyentes y menos visibles de la Administración española: abogados del Estado, letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes. Lo que encontró —endogamia, puertas giratorias, compatibilidades opacas y un poder ejercido en silencio— lo llevó a escribir Los dueños del Estado (Península, 2026) un libro que ilumina un territorio donde casi nadie mira. En esta conversación con La Opinión de Murcia, Méndez explica por qué decidió abordar este ángulo muerto del poder público y qué consecuencias tiene para la calidad democrática.

-¿En qué momento sintió que era necesario escribir un libro sobre aquello de lo que no se habla dentro de la alta función pública?

-Hubo un momento en el que comprendí que estaba ante un fenómeno conocido por muchos dentro de la Administración, pero prácticamente invisible para el resto del país. Tras años cubriendo política, tribunales, economía y también medio ambiente, me di cuenta de que ciertos comportamientos se daban por asumidos, pero nadie los había puesto negro sobre blanco.

Un antiguo jefe me repetía: “Todo el mundo lo sabe, pero ¿dónde está contado?”. Esa frase me acompañó durante toda la investigación. Cuando empecé a trabajar sobre los abogados del Estado, un cuerpo me fue llevando a otro: letrados del Consejo de Estado, letrados de Cortes… y descubrí que había un ecosistema entero de poder discreto, endogámico y con enorme capacidad de influencia. Un editor amigo me insistía en que debía convertirlo en libro porque, si no, se perdería. Y tenía razón: no estaba contado.

Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado

-¿Hubo algún caso concreto que le hiciera ver que no eran episodios aislados, sino un problema estructural?

-Sí: el Consejo de Estado. Fue el punto de inflexión. Al investigar a sus letrados descubrí una estructura profundamente endogámica, con sagas familiares que se sucedían generación tras generación, compatibilidades concedidas sin control y profesionales que, pese a cobrar sueldos públicos, apenas acudían a su puesto porque trabajaban en despachos privados. Lo más sorprendente es que todo era público… y, aun así, nadie lo señalaba. Dentro del propio Consejo lo sabían, pero lo consideraban normal. Cuando ves que un cuerpo con tanto poder opera así, a plena luz del día, entiendes que hay un ángulo muerto que merece ser contado. Ahí supe que había un problema estructural, no una colección de anécdotas.

-Son actores con mucho poder, pero con escasa visibilidad. ¿Por qué ese anonimato forma parte de su influencia?

– Porque la opacidad es una forma de poder. Quien no está expuesto al escrutinio público puede operar con mucha más libertad. Mientras los focos se centran en los políticos o en grandes empresarios como Florentino Pérez, a su lado siempre hay un abogado del Estado o un alto funcionario que toma decisiones cruciales sin que nadie repare en él. Ese anonimato les protege. Un subsecretario o un abogado del Estado puede dimitir “por motivos personales” aunque haya sido condenado en un laudo millonario, y apenas genera ruido. Su poder reside precisamente en que nadie mira ahí. Y cuando nadie mira, las dinámicas se perpetúan.

El libro del periodista murciano ya va por la segunda edición. | ASIS AYERBE

-¿Qué efectos tienen estas puertas giratorias y compatibilidades en la calidad democrática?

-El efecto más evidente es la descapitalización de lo público. Si un abogado del Estado sabe que puede pasar de un día para otro a un despacho que trabaja para las mismas empresas reguladas con las que trataba en la Administración, es legítimo preguntarse hasta qué punto defenderá con firmeza los intereses del Estado. No se trata de cuestionar su capacidad, sino de señalar un conflicto estructural: la Administración no se ha protegido frente a estas dinámicas. Nunca se ha legislado para evitar que quien pleitea contra el Estado conserve su plaza. Y eso tiene consecuencias: erosiona la independencia, debilita la capacidad regulatoria y genera incentivos perversos.

Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado.

-¿Es un problema de leyes, de ética o de estructura?

-Es una combinación de las tres. De leyes, porque nunca se ha regulado adecuadamente. De ética, porque hay decisiones que, aunque legales, son difíciles de justificar. De estructura, porque los políticos dependen de estos altos funcionarios para que la Administración funcione.
Ningún ministro quiere enfrentarse a quien controla los informes, los dictámenes o la maquinaria jurídica del Estado. Y si no hay incentivos para cambiar algo, lo normal es que no se cambie.

-En el libro aparecen nombres concretos. ¿Cómo decidió qué casos incluir y cuáles dejar fuera?

-La selección fue necesariamente subjetiva. No quería un libro académico ni una lista interminable de nombres, sino un relato comprensible para cualquier lector. Elegí los casos sobre los que tenía más información y que mejor ayudaban a explicar el funcionamiento de estos cuerpos. Algunos episodios, aunque relevantes, no encajaban en la narrativa y los dejé fuera. Preferí mantener el ritmo y la coherencia antes que hacer un inventario exhaustivo. Mi objetivo era que el lector entendiera el fenómeno, no que se perdiera en un catálogo de nombres.

-¿Ha recibido reacciones adversas por parte de altos funcionarios?

-La reacción más frecuente ha sido: “Ya era hora de que se hablara de esto”. Muchos altos funcionarios en activo me han dicho que el libro se queda incluso corto. Sé que hay quien se ha molestado, pero no he recibido ataques directos. Y si el libro ha servido para que la presidenta del Consejo de Estado, Carmen Calvo, anuncie que estudiará las incompatibilidades —algo que conocían desde hace décadas—, ya ha cumplido parte de su función. La mayoría entiende que iluminar estas zonas oscuras es sano para la democracia.

-Analiza también el papel de las grandes empresas. ¿Qué implica que tantas del IBEX tengan abogados del Estado como secretarios del consejo?

-Implica un riesgo claro de captura del regulador. Estos profesionales conocen las normas, los procedimientos y, sobre todo, a las personas. Han trabajado con quienes luego deben supervisar. Para una empresa regulada, contar con alguien que sabe cómo funciona la Administración por dentro es un activo enorme. Para el Estado, puede ser un problema si no se establecen límites claros. Y no solo ocurre en el IBEX: también en consultoras, despachos internacionales o empresas que operan desde Londres o Bruselas.

La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia.

-También hace autocrítica sobre el periodismo. ¿Qué responsabilidad tiene la prensa en mantener o desvelar estas dinámicas?

-La prensa tiene responsabilidad, pero también limitaciones. Las redacciones trabajan con urgencias constantes y con la presión de la audiencia. Estos temas requieren tiempo, contexto y paciencia, y no siempre encajan en la agenda diaria. Aun así, creo que algunos medios deberían asumir el reto. No para hacer enemigos, sino para cumplir la función esencial del periodismo, que es iluminar zonas oscuras del poder. Y, paradójicamente, desde que publiqué el libro recibo más información que antes. Mucha gente dentro de estos cuerpos estaba deseando que alguien contara lo que ellos no podían contar.

Rafa Méndez, tras pasar por El País, El Confidencial y eldiario.es, entre otros medios, es ahora guionista de ‘Salvados’.

-¿Existe voluntad política para abordar este problema o incomoda a todos los partidos?

.No veo voluntad política, ni en el Gobierno actual ni en uno futuro. Es un asunto que no da rédito electoral, que exige enfrentarse a cuerpos muy poderosos y que no genera titulares fáciles. La política vive instalada en el corto plazo, y esta reforma exige visión de Estado. Por eso dudo que llegue. Mi papel, como periodista, es contarlo. Si otros actores no actúan, al menos la ciudadanía tendrá más información.

-¿Le preocupa que algunos lectores interpreten el libro como un ataque al funcionariado?

– Sí, y por eso añadí un epílogo aclaratorio. El libro no es un ataque a los funcionarios, igual que denunciar irregularidades en un hospital no es un ataque a la sanidad pública. Muchos altos funcionarios han colaborado conmigo porque quieren que estas prácticas se conozcan. La crítica se dirige a dinámicas concretas, no al conjunto del servicio público. Creo que el lector atento lo entiende.

-¿Qué le gustaría investigar ahora? ¿Quedan áreas opacas dentro del Estado?

-Quedan muchas. Los técnicos comerciales del Estado, por ejemplo, han marcado la política económica española durante décadas. También los diplomáticos. Pero quizá me apetezca cambiar de tema y explorar algo completamente distinto. Después de este libro, necesito aire fresco. Ya veremos hacia dónde me lleva la curiosidad.

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

Juan José Tamayo: “La Región de Murcia es el laboratorio de la alianza entre extrema derecha política y religiosa”

El teólogo palentino afirma que “el cristoneofascismo es una alianza global entre extrema derecha y fundamentalismos cristianos”

El teólogo Juan José Tamayo presentó el pasado 30 de mayo en la sede de Podemos Región de Murcia (calle Cartagena), su nuevo libro Política y religión (Tirant Lo Blanch, 2026), una obra que llega en un momento de máxima polarización social y que analiza con precisión quirúrgica la alianza creciente entre extrema derecha e integrismos cristianos. En conversación con La Opinión de Murcia, Tamayo aborda fenómenos como el cristoneofascismo, sitúa a la Región de Murcia como uno de sus laboratorios más visibles y reivindica un cristianismo laico y liberador, anclado en la figura histórica de Jesús de Nazaret. También reflexiona sobre los riesgos de la inteligencia artificial y valora los últimos gestos del Papa León XIV, a quien considera ya una de las voces morales más sólidas frente a la guerra y las nuevas formas de dominación global.

– ¿En qué momento cree que nos encontramos en la relación entre política y religión?

– La relación entre política y religión no es nueva ni coyuntural: viene de lejos, desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Son dos realidades que se entrecruzan inevitablemente en la vida personal y colectiva de los pueblos. A lo largo de la historia han convivido momentos de separación, de colaboración y también de conflicto abierto. Hoy vivimos un escenario especialmente delicado: una polarización creciente tanto en el ámbito político como en el religioso. Esa polarización condiciona la calidad democrática y determina si la política se orienta al bien común o a intereses particulares; si la religión se convierte en fuerza liberadora o en legitimación del poder.

– Entonces la pregunta clave puede ser si la religión debe quedar recluida en lo privado o si puede tener presencia pública.

– Yo defiendo una presencia pública liberadora, respetuosa con la autonomía de la política, la ciencia, la cultura y el arte, pero comprometida con los sectores populares. Lo contrario —la religión como legitimadora del poder— ya lo vivimos durante el franquismo, y sus consecuencias fueron devastadoras.

Alianza de la ultraderecha

– En el libro habla del “cristoneofascismo”. ¿Cómo define esa alianza y por qué la considera una internacional del odio?

– El concepto surgió en 2019, durante un curso de teología de la liberación en Curitiba, en Brasil. Un alumno me dijo: “En la Iglesia nos prohíben hablar de política y Bolsonaro se pasa el día haciendo teología”. Ese contraste me llevó a definir a Bolsonaro como “el teólogo y predicador del cristoneofascismo”, porque utilizaba el lenguaje religioso para legitimar políticas autoritarias. Después, viajando por América Latina y Europa, comprobé que no era un fenómeno aislado: el golpe de Estado en Bolivia con apoyo de sectores católicos conservadores; Salvini exhibiendo crucifijos y rosarios en Italia; la alianza entre Vox y asociaciones ultracatólicas en España… Todo ello configura una alianza internacional entre extrema derecha política y fundamentalismos cristianos —evangélicos y católicos— legitimada por el pensamiento neoconservador y el neoliberalismo.

“Jesús de Nazaret fue un laico crítico del poder político y religioso: ahí nace el cristianismo liberador”

Es una “internacional del odio” porque comparten un programa común basado en el rechazo: odio al feminismo (llegan a llamar “feminazis” a las mujeres feministas), odio a la inmigración expresado en xenofobia y racismo, negación del cambio climático, rechazo al matrimonio igualitario, odio hacia las personas LGTBIQ+, islamofobia y antisemitismo… Es una inversión absoluta de los valores cristianos: donde el cristianismo propone amor, ellos proponen odio; donde propone perdón, ellos proponen venganza; donde propone hospitalidad, ellos levantan muros.

– En su texto menciona a la Región de Murcia como un caso paradigmático. ¿Qué papel juega en este fenómeno?

– La Región de Murcia funciona como un laboratorio donde se experimenta el programa de la extrema derecha política y religiosa. El pin parental, impulsado bajo presión de Vox, o las medidas contra centros de acogida de menores son ejemplos de cómo ese ideario se traduce en políticas concretas. Pero también quiero subrayar que en Murcia existe una respuesta cristiana y ciudadana muy coherente, que no siempre recibe la visibilidad que merece. Colectivos cristianos —y también musulmanes— han defendido la educación integral, la hospitalidad y la acogida. La ILP para la regularización de personas migrantes, promovida por Cáritas, es un ejemplo de compromiso evangélico auténtico. El problema es que los medios amplifican las movilizaciones racistas o antifeministas, pero no colocan en primera página las iniciativas solidarias. La polarización no la generan quienes defienden la dignidad humana, sino quienes promueven discursos de odio.

-Una de las tesis más llamativas del libro es presentar a Jesús de Nazaret como un judío laico. ¿Cómo ayuda esa visión a defender la compatibilidad entre cristianismo y Estado laico?

-Jesús no pertenecía a ninguna familia sacerdotal, no fue funcionario del templo ni tuvo reconocimiento oficial como rabino. Su vida pública no se desarrolló en el templo, sino en los caminos, las aldeas y las ciudades de Galilea, en el espacio cívico. Fue un creyente laico que vivió su fe desde la tradición profética, sapiencial y apocalíptica.Su actitud fue profundamente crítica con los pilares de la religión oficial, ya que criticó los lugares sagrados, los tiempos sagrados, las acciones sagradas y a las autoridades religiosas.

“León XIV se ha convertido en la mayor autoridad moral mundial contra la guerra”

Sus grandes conflictos no fueron con la religión, sino con el poder político imperial, que finalmente lo condenó. Frente al imperio, Jesús propuso el Reino de Dios, que se realiza mediante prácticas de liberación. Además, puso en marcha un movimiento igualitario de hombres y mujeres, algo revolucionario para su tiempo. No podemos decir que fuera feminista en sentido moderno, pero sí que su movimiento nace de un colectivo de mujeres. Por todo ello, sostengo que no hay contradicción entre cristianismo y laicismo. El laicismo garantiza la libertad de conciencia y evita que las religiones se conviertan en cogobernantes o colegisladoras.

Cristianismo y estado laico

– ¿Por qué cree que ciertos sectores de la jerarquía siguen tachando el laicismo de fundamentalismo laicista?

-Por una falsa imagen del laicismo y por la persistencia del clericalismo, que pretende seguir controlando la vida política, legislativa y social. El laicismo defiende la independencia de la política respecto a cualquier tutela religiosa, la libertad de conciencia (creer o no creer) y la responsabilidad personal en materia de fe. Todas las instituciones son laicas, y eso no es una amenaza para la religión, sino su mejor garantía de libertad.

– Qué opinión tiene sobre León XIV y sus intervenciones de los últimos tiempos?

– La verdad es que los últimos gestos de León XIV me han impresionado profundamente. Su encíclica Magnifica humanitas me ha parecido un documento de enorme calado, y creo que en estos meses ha logrado algo que no tenía al inicio de su pontificado: convertirse en una auténtica autoridad moral a nivel mundial. Esto se debe, sobre todo, a su reacción firme frente a los señores de la guerra —Netanyahu, Trump y otros líderes que alimentan la lógica bélica— y a su afirmación rotunda de que no existen guerras justas, que lo único defendible es una paz justa, desarmada y desarmante. Esa claridad ética le ha dado una fuerza que antes quizá no se percibía, en parte porque aún estaba reubicándose en su nuevo papel y porque la sombra de Francisco, con su personalidad tan arrolladora, era muy alargada. Durante meses se le juzgó siempre en comparación con él, casi siempre para situarlo por debajo.

La IA unifirma la humanidad

-Pero reconocerá que eso ha cambiado y que la encíclica es un buen ejemplo de ello.
-En efecto. Con su postura inequívoca contra la guerra, León XIV se ha convertido, a mi modo de ver, en la figura con mayor auctoritas moral del panorama internacional. Y la encíclica lo confirma: es un texto que lo sitúa entre los grandes defensores de la dignidad humana, especialmente de la dignidad de quienes más la ven vulnerada: los empobrecidos, los oprimidos, los pueblos sometidos a sistemas de dominación como el capitalismo, el colonialismo, el patriarcado o el imperialismo, hoy más fuertes que nunca. Además, el documento tiene una dimensión histórica en relación con la inteligencia artificial. Puede marcar un rumbo nuevo para la humanidad, porque no se limita a describir los riesgos tecnológicos, sino que analiza sus consecuencias en la educación, el trabajo, la gobernanza, los derechos humanos o la vida social. Si se siguen las orientaciones que propone, la IA podría ponerse al servicio de la mejora de la vida humana, y no al revés. En definitiva, creo que estamos ante un pontificado que ha encontrado su voz y su lugar, y que está ofreciendo una lectura profundamente humanista, crítica y liberadora del momento histórico que vivimos.

– ¿Qué espera de la visita del Papa León XIV a España?

-Más que esperanza, es un deseo: que el Papa debe poner sobre la mesa los grandes problemas de la sociedad española y de la Iglesia. En cuanto a ésta, renunciar a los privilegios derivados de los acuerdos con la Santa Sede, devolver los bienes inmatriculados indebidamente, abrir las comunidades a migrantes, refugiados y colectivos LGTBIQ+, situarse del lado de los empobrecidos, así como pagar indemnizaciones justas a las víctimas de pederastia. Y para la política, combatir la corrupción, condenar a la extrema derecha por antidemocrática y por defender valores contrarios a la democracia y al Evangelio, garantizar el derecho a la vivienda y afrontar la injusticia estructural y las desigualdades crecientes. Si la visita sirve para eso, habrá cumplido una función histórica.