Nos han dado gato por liebre
Resulta que hace unas semanas contaba aquí el episodio de los condones vengadores, como rebautizó Ángel Montiel lo sucedido en los últimos tiempos a la vista de los acontecimientos protagonizados hace más de dos décadas por el entonces presidente del Consejo de la Juventud, Miguel Sánchez, y el flamante director general de la cosa juvenil, Pedro Antonio Sánchez. Éste intentó que el obispo Azagra reprendiese al otro Sánchez, como representante de grupos parroquiales en el Consejo por haber apoyado una campaña de prevención de embarazos no deseados con el reparto de preservativos. (más…)
Hasta que la muerte nos separe
Tengo que confesarlo: las lágrimas de Esperanza Aguirre por su sucesor Ignacio González me han conmovido. No me había recuperado aún de la confesión de Fernando López Miras tras su elección por el dedo de Pedro Antonio Sánchez (quien a su vez lo había sido por el dedo europeo de Ramón Luis) cuando llega esta Grande de España y, zas, echa por tierra de nuevo mi convalecencia. Lealtades y fidelidades varias que son o han sido premiadas en diferentes momentos encuentran su máxima expresión en hechos como los vividos en los últimos días. Lealtades y fidelidades que ya conocemos en el seno del PP con aquellos SMS de Rajoy a Bárcenas y demás gestos de cariño. ¡Ay, perdonen! Que esos son temas antiguos y no aportan nada nuevo. ¡Qué cabeza la mía! (más…)
Resurrección
Aterrizar en lo concreto, en lo real, en lo palpable, en lo palmario… es la mayor muestra posible de que pisar el terreno afianza la personalidad /
Siempre había querido pasar desapercibido. Esas miradas torvas que acompañaban cada uno de sus pasos deseaban herirle en lo más profundo de su interior. A él no le importaban. Había descubierto, como Saint-Exupéry, que lo esencial es invisible a los ojos, que sólo con el corazón se puede ver bien. El camino no había sido fácil, porque no hay nada peor que tratar de cumplir alguna profecía. La que te marcan tus mayores. La que fijan tus antepasados. La de responder al mundo de las expectativas. Las de los otros y, aún más extremas que aquéllas, las que uno sitúa en la mente para encauzar cualquier comportamiento, por inane que parezca. (más…)
Donde las dan, las toman
Corría el año 1993 y el entonces arzobispo de Madrid, Ángel Suquía, finalizaba su segundo mandato al frente de la Conferencia Episcopal Española. Los obispos participaban en unos ejercicios espirituales previos a la Asamblea Plenaria en la que tenían que elegir a su nuevo presidente y entre ellos se encontraba un representante diplomático muy especial: el nuncio Mario Tragliaferri. Las crónicas de información religiosa del momento contaban que el candidato que Roma veía con mejores ojos para asumir la cabeza de ese órgano del episcopado español era el arzobispo de Barcelona, el valenciano Ricard María Carles. Y por él ‘hizo campaña’ el nuncio entre los pastores durante esos días con el fin de guiar su voto unas jornadas después. Pero llegó la sorpresa: el elegido fue Elías Yanes, a la sazón arzobispo de Zaragoza y representante del sector más progresista del episcopado. (más…)
Un pacto para la ERE
Hablar de la religión en la escuela, de la Enseñanza Religiosa Escolar (ERE) es mentar la bicha en esta nuestra sociedad tan marcada por la experiencia del nacional-catolicismo. Porque cualquier referencia a tratar de colocar en el espacio público el debate sobre el hecho religioso se asocia a esa imagen negativa de ‘las dos Españas’, la alianza de la corona, la espada y la cruz y, desgraciadamente, a una forma de entender la fe y las creencias vinculada a la experiencia personal que hayamos tenido con la Iglesia católica. Una percepción que, en muchas ocasiones, solo tiene en cuenta una sesgada visión unívoca de la realidad. (más…)
Palabra de honor
No quiero pensar que si el ex presidente murciano Alberto Garre ocupase hoy una plaza en el Senado hubiera guardado en un cajón su carta a Mariano Rajoy en la que anuncia su baja en el PP y le acusa de tapar la corrupción. No lo pienso a la vista de las iniciativas que impulsó en su breve etapa en el Palacio de San Esteban y a sus actuaciones en temas como el del aeropuerto de Corvera, la desaladora de Escombreras, la imputación de su consejero Juan Carlos Ruiz por la operación Púnica o la invitación que le hizo a su compañero de partido, Joaquín Bascuñana, a la sazón delegado del Gobierno, para que abandonase su puesto por el caso Novo Carthago. (más…)
#esmicura, son nuestros curas
Con la etiqueta #esmicura la Diócesis de Cartagena ha invitado a través de las redes sociales a sacar a la luz aquellos curas que han formado parte de nuestra vida. La iniciativa surge en torno a la fiesta de San José, la de los Pepes, Pepas, Pepitas y señoras Josefas que mañana celebramos. Una jornada que en la Iglesia española está asociada a la conmemoración del día del Seminario, o lo que es lo mismo, a la campaña en favor de las vocaciones sacerdotales. (más…)
Públicos comportamientos
Clamaba hace unos días el gerente de la empresa concesionaria del servicio de alquiler de bicicletas de Murcia por el maltrato que sufrían estos vehículos. Una situación que había obligado a cerrar algunas estaciones o que no se encontraran bicis en otras a lo largo del día. Soy uno de esos usuarios que en innumerables ocasiones me quedo con un palmo de narices cuando voy a utilizarlas o aspiro a jugarme la vida si quieres desplazarte con muchas de las que hay por el lamentable estado en la que se hallan.
Al margen de que pueda evaluarse si el servicio de mantenimiento de MuyBici es el más adecuado, lo que resulta innegable es que las mínimas normas cívicas brillan por su ausencia a la hora de usarlas. Parece que como están al alcance de todos en la calle, pues no hay que cuidarlas, ni respetarlas, ni pensar que otras personas las van a utilizar. Algo similar a lo que sucede con el mobiliario urbano de nuestras ciudades y pueblos. Como es de todos… no es de nadie. Y esta máxima se puede trasladar a cualquiera de los escenarios de nuestra vida.
La lista puede ser interminable. Desde las instalaciones de nuestros colegios e institutos, el material que se utiliza en sus aulas, hasta los recursos sanitarios, pasando por la limpieza en nuestras calles y plazas, el uso del agua, los libros de nuestras bibliotecas municipales… y un largo etcétera cuya relación no podría abarcarse en esta página.
Lo jodido del caso, y permítaseme la expresión, es que en los pequeños gestos del día a día podríamos alcanzar cotas inimaginables de cordura, bienestar y buen hacer. Sí, como suena. Pongo un caso que, de simple, dice mucho: aparcar en doble fila. ¿No pensamos que una simple parada con nuestro vehículo puede repercutir en el resto del tráfico, en un atasco, o en generar mala leche a otras personas que se desplazan con sus vehículos? O aparcar en un paso de peatones o en una plaza para personas con discapacidad. “Si es solo un momento” o “si puede pasar sin problemas”, suelen ser los argumentos esgrimidos para justificar lo injustificable. Pero es que la vida puede ser más agradable y armónica sin esos pocos instantes en los que entorpecemos los momentos de los otros.
En definitiva, se trataría de estrechar lazos entre las mínimas normas de urbanidad con el sentido de que lo público, los espacios de convivencia comunes, son de todos. Y que ponerse en el lugar del otro es un buen punto de partida para entender que hacer la vida más agradable al prójimo, y a la prójima, nos llena de mejores sensaciones y nos alimenta de energía para afrontar la vida. Son los pequeños detalles los que construyen nuestra vida social. La respuesta con una sonrisa y no con un estufido, la escucha activa antes de la respuesta reactiva, y sobre todo, ser consciente en si mi pequeño gesto, actitud o comportamiento tiene presente al de enfrente, que no es alguien ajeno sino otra persona como yo que aspira a hacer la vida más agradable a quien tiene al lado.
No es país para niños
Además de la escuela, las consultas de Pediatría son la ITV donde a diario podemos comprobar el estado de nuestros niños, los más pequeños de la casa. Tengo una amiga pediatra que hace unos días concluía una reflexión sobre lo que ve día tras día en su trabajo con la frase que encabeza este artículo. Si en la película de los Cohen, Ethan y Joel, un Javier Bardem conmueve al espectador al bordar el papel de un asesino a sueldo, esa perturbación la podemos trasladar al malestar que produce ser testigo de lo que los críos están viviendo en esta sociedad que camina al colapso, como nos advierte Carlos Taibo. (más…)
La corrupción no puede ser perdonada
Y no puede serla, como afirma el papa Francisco, porque no es un acto, sino una condición, un estado personal y social en el que uno se acostumbra a vivir. En una conversación con el periodista Andrea Tornelli que dio lugar hace un año al muy recomendable libro El nombre de Dios es misericordia, Jorge María Bergoglio afirma que el corrupto está tan encerrado y saciado en la satisfacción de su autosuficiencia que no se deja cuestionar por nada ni por nadie. Ha construido una autoestima que se basa en actitudes fraudulentas: pasa la vida en mitad de los tajos del oportunismo, a expensas de su propia dignidad y de la de los demás. (…) El corrupto no conoce la humildad, no se considera necesitado de ayuda y lleva una doble vida.
El problema se agrava en la medida en que la corrupción va unida a ser justificada por todos los medios. como escribí hace unos años, la mentira nunca puede ser bien comunicada, y si encima afecta a casos de corrupción, se comete un doble atropello al atentar a la ética y al sentido común. A la razón de ser y a frustrar la confianza depositada en nuestros responsables políticos o de otras instituciones económicas, culturales, sociales o religiosas. Permítaseme en este momento recomendar el reciente trabajo del teólogo Bernardo Pérez Andreo que titula este artículo en parte, La corrupción no se perdona, al analizar de forma crítica la corrupción en la Iglesia, tras repasar este fenómeno en la Biblia, en el mundo de hoy como problema social y en España como un caso peculiar.
La corrupción contamina nuestra existencia. Le hace perder su sentido más profundo. Es el abuso de poder otorgado para obtener un beneficio privado, o para transgredir las normas establecidas, o para pudrir el fin que persiguen nuestras instituciones. La corrupción se extiende en todas las esferas de la vida. Es un pecado estructural, por tanto, que se puede perseguir desde las actitudes personales y las pequeñas decisiones del día a día, porque nadie está a salvo de él. Desde el momento en el que no se mira para otro lado, desde el instante en el que cada uno y cada una se enfrenta a la injusta tolerancia de quien se cree en poder de la verdad y la impunidad.
Un combate, por tanto, en el que andan embarcadas también instituciones como la Justicia (que no está exenta, desgraciadamente tampoco, de caer en sus garras) o entidades como Transparencia Internacional o los propios medios de comunicación, aunque muchos de sus profesionales sufran presiones y amenazas. Hablamos de una ofensiva en la que el fin nunca puede justificar los medios, en la que hay gradaciones distintas según el nivel de responsabilidad que se ocupe en nuestra sociedad, pero en la que nadie puede quedarse al margen. Por eso es tan importante no perder de vista el horizonte del objetivo a conseguir: la lógica de nuevas relaciones basadas en la entrega y el servicio al bien común, la misericordia (que no es más que ponerse en lugar del otro) y la justicia. La lógica del don y el amor, en su más amplio sentido. Ah, y por cierto, me aseguran que la persona corrupta sí puede ser perdonada cuando reconoce lo que ha hecho, restituye la robado o la confianza y asume su responsabilidad.
Por qué no nos callamos
Te propongo un ejercicio muy sencillo. Cuando estés en tu lugar de trabajo deja lo que estés haciendo. Aparta la mirada de la pantalla del ordenador, pon el móvil en silencio (el de verdad, no en vibración), cierra la puerta de tu despacho, aula o habitación en la que estés; aparca tu vehículo, descuelga el teléfono de la mesa… Detén la actividad e intenta que tus pensamientos no te distraigan. Si tienes que cerrar los ojos, hazlo. Respira profundamente y no te pelees con las imágenes que pasen a través de tu mente. Estás en tu minuto sabático. Es tuyo. De nadie más. Al cabo de un breve tiempo, vuelve poco a poco a la acción. Regresa a tus cometidos.
Como afirma Pablo D’Ors, meditar no es difícil, lo difícil es querer meditar. Haz puesto en práctica un primer intento. Si a lo largo de la jornada vuelves a repetir esa acción, la del minuto sabático, te aseguro que la sorpresa que te vas a llevar es mayúscula. Algo tan simple como no mirar de forma compulsiva el teléfono por si ha llegado un mensaje por Whatsapp que se nos puede escapar permite algo tan simple, y a la vez tan revolucionario, como ser conscientes de lo que tenemos alrededor.
Ahora, otro ejercicio que aconsejan psicólogos y entrenadores personales. Dedica un rato a apuntar las actividades que haces a lo largo de un día, en períodos de diez o quince minutos. Toma nota durante varias jornadas. Nueva sorpresa mayúscula. Si agrupamos el tiempo dedicado a cada actividad diariamente o a la semana comprobaremos que la percepción que tenemos sobre en qué empleamos nuestro tiempo no se corresponde con la realidad. Algo similar a lo que le ocurre a los alumnos de los cursos on line, que alucinan cuando la plataforma de tele formación les dice el tiempo real que han dedicado a desarrollar las actividades frente a lo que ellos creían.
Si además nos preguntamos por qué hacemos las cosas, pero con sinceridad de la buena, volvemos a caer en el desconcierto al hallar la respuesta: normalmente actuamos atendiendo a demandas externas, a lo que se supone que debemos hacer, a responder a lo que el/los otro/s espera/n. Por tanto, habitualmente no funcionamos desde nuestros deseos profundos y nuestros actos indican que no son el resultado de decisiones libres y meditadas.
Porque saber las razones que nos llevan a hacer lo que hacemos nos da más claridad a la hora de distinguir entre lo urgente y lo importante. Y entre lo importante se encuentran esos momentos de los que hablaba al principio: los de ganar espacios para la contemplación, que no son otra cosa que momentos nuestros, auténticos, en los que dejamos de lado los prejuicios que nos esclavizan. Entre estos, el de ser consciente del engaño en el que caemos al pensar que nos gustan los problemas porque nos dan la impresión de que gracias a ellos podremos ser. Sin embargo, descubriremos que el verdadero problema son nuestros falsos problemas. Respiraremos entonces de verdad, con la satisfacción de un deber cumplido: el de ser protagonistas de nuestra vida. O al menos ser alumnos aventajados en este camino que es para toda la existencia.
De política no entiendo
Quien esto suscribe forma parte de ese 3,2 por ciento de ciudadanos de este país que asegura estar afiliado a alguno de los principales partidos políticos en activo, cuya actividad apenas forma parte de los aspectos esenciales de la vida de la gente. La familia, el trabajo, los amigos y el tiempo libre están por delante, con mucha diferencia, de los intereses por la religión o la política, que ocupa el último lugar. El avance de enero del Barómetro publicado por el Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) así lo contempla, colocando a la política en la cola, con el mismo porcentaje que las asociaciones, clubes y otras actividades asociativas.
No resulta, por tanto, extraño que después del paro, la corrupción y el fraude sea el principal problema que preocupa a los españoles, al que le siguen las personas que se dedican a la política y los partidos, casi al mismo nivel que los problemas de índole económica.
Para que estos resultados se vengan repitiendo periódicamente, algo de responsabilidad tendremos los que de una manera más o menos intensa nos dedicamos a esto de la cosa pública. Y de manera ascendente, quienes se ocupan de dirigir aparatos organizativos en los partidos y en las estructuras administrativas y de gestión de los diferentes niveles de gobierno. Bien es verdad que las responsabilidades tienen diferentes grados, pero si como afiliados elegimos a personas que luego no están a la altura de las circunstancias, debemos de hacérnoslo mirar. Como también ser capaces de apostar por el cambio en los métodos, estructuras y procesos a la hora de la toma de decisiones.
A la hora de tratar de encontrar alguna explicación ya no sé si fue antes el huevo o la gallina. Si se trata de las personas o de las organizaciones. O si es una cosa y la otra. Y ambas relacionadas con el poder, como sinónimo de fuerza, capacidad, energía o dominio. Poder que afirmamos como capaz de cambiar la forma de ser y actuar de las personas, capaz también de desatar los instintos más primarios y de envolver los sentimientos más nobles en la justificación más rastrera para machacar al adversario y sus ideas.
La lucha por el poder, precisamente, está detrás de los males que acechan y contaminan a las principales fuerzas políticas. Aquellas que han corrompido las reglas del juego electoral con una financiación fraudulenta a costa de toda la colectividad. La del ‘finiquito en diferido’ en plena crisis que han pagado los más débiles. O una lucha de Caín y Abel, con celos y envidias adolescentes que pueden dar con el traste a las expectativas de canalizar la indignación. Un camino que no se puede construir machacando al otro, como se va a representar este fin de semana en una antigua plaza de toros madrileña. O la lucha por la dirección en el partido que milito, en la que una estrategia a corto plazo –la de la gobernabilidad- parece ser el absoluto frente a un debate sobre el presente y futuro de la socialdemocracia, el de las ideas, que queda arrinconado ante la dualidad del ‘estás conmigo o contra mí’.
Y lo más gracioso de todo, por llamarle algo, es que me resisto a creer a que la política no se pueda hacer y vivir de otra manera. A que en este tipo de política (porque la política es mucho más que los rifirrafes en los partidos) primen de verdad los valores, el trabajo por el bien común y por la defensa de los más débiles.
¡No es la economía, estúpidos!
Anoten un nombre: Enrique Lluch Frechina. También un concepto que a lo mejor les suena: el Bien Común. Combínelos y encontrarán una visión de la economía que huye del economicismo, un punto de partida en el que la economía no preside todas las dimensiones de la vida. Al menos de una economía de guerra que obliga a comportamientos egoístas y por tanto corruptos, no éticos, mediante la que se minusvalora la cooperación. Esa que ofrece un sistema económico en el que se identifica tener más con estar mejor, que genera una insatisfacción continuada, con el que se excluye a quienes son menos productivos, provoca desigualdades difíciles de revertir y que convierte a la economía en una nueva religión.

Imagen tomada de https://www.emaze.com
Ese economicismo que ha puesto a la economía por encima de todo, ¿puede considerarse humanista porque haya generado riqueza para una parte de la población mundial? Enrique Lluch y otros economistas críticos responden que puede orientarse hacia otra dirección, porque no se trata del dilema para elegir entre libertad o intervención como se contesta desde el campo del liberalismo dominante. La libertad no se negocia, pero no me negarán que en nuestras manos está poder potenciar de manera colectiva unos u otros comportamientos.
En este momento entra en juego el concepto del bien común frente al del bien total. Éste, a priori, parece el lógico, porque es el que se nos ha vendido siempre: tener más entre todos. En lugar de esto aparece la propuesta de buscar el bien común: que todos tengan al menos lo suficiente para vivir. Cambiamos el enfoque en el que creemos que una sociedad está mejor no si se tiene más entre todos, sino que no haya nadie que no tenga. Pasamos de la economía de guerra a la de la cooperación, porque ésta produce sobreabundancia y porque la ayuda mutua potencia las personas y tiene un mejor resultado económico.
Aunque parezca un planteamiento utópico tenemos innumerables ejemplos en la vida diaria para desmontar las críticas. Cuando quedamos a comer con amigos y cada uno aporta algo siempre sobra, ¿verdad? Pues algo parecido sucede con esta visión. Se trata de pasar de la economía egoísta, basada en la desconfianza en el otro ya que solo doy si me dan y en la misma medida que he recibido, a una economía altruista, en la que doy sin esperar, una dinámica que genera una respuesta positiva en la mayoría de la personas.
Llegados a este punto a lo mejor entendemos que la economía no es lo más importante, sin negar que casi todas las cuestiones cotidianas tienen un componente económico. Por ello una gestión económica adecuada debe estar al servicio de los objetivos de la institución que se trate, ya sea la familia, el sector público, la función social de las empresas… En definitiva, estos cambios de los que hablamos en los objetivos y en las prioridades pueden llevarnos hacia una economía más humana, en la que nadie quede fuera, priorice a los últimos, busque la colaboración, metiendo la dinámica altruista y de la gratuidad en la economía y que, por tanto, sitúe a ésta al servicio de la sociedad.
Si todo se mezcla con un cambio de mentalidad y de las estructuras que tenemos, lo que ahora ocurre a pequeña escala podrá ser la opción mayoritaria, elevando –como dice Lluch- lo excepcional y lo valiente a la categoría de lo habitual y lo fácil. Pasar a ser minorías con vocación de mayoría.
Muerte a la prensa
Cuando cierra un periódico muere un fragmento de nuestra vida. Aquel que está ligado al olor de sus páginas y a la tinta que mancha nuestros dedos. A esos acontecimientos conocidos a través de sus redactores, de sus fotógrafos, de quien lo ha impreso, de quien lo ha llevado a un quiosco y de quien nos lo ha vendido. La muerte de un periódico es un primer paso para la muerte del periodismo. Del más clásico y del nuevo. Del que creaba la burguesía naciente para oponerse a los defensores del Antiguo Régimen al de los promotores de la prensa obrera que agitaba las conciencias en las fábricas, en las calles y en las barricadas. El que mezclaba el olor a rapé de los salones de la época con el sudor del miedo en las imprentas clandestinas. Cuando una rotativa se detiene la libertad de expresión es vencida por el poder.
En Alicante acaba de desaparecer, después de más de medio siglo, la edición del periódico La Verdad. El primero que entró a mi casa. En el primero que escribí con tan solo once años. En el primero en el que trabajé profesionalmente como becario de verano y después como periodista, auxiliar de redacción, mientras terminaba en Madrid los estudios en Ciencias de la Información. El periódico en el que puse pasión, desvelos, romanticismo y empuje juvenil para contar lo que pasaba a nuestro alrededor. Con la mirada inquieta con la que todo el que ejerce el periodismo no debe nunca abandonar. El diario en el que conocí a buenos periodistas, que eran buenas personas, como señalaba el maestro Ryszard Kapuscinski.
Paradojas del destino, los ejemplares de la edición alicantina no acudieron puntuales a su cita a los quioscos el mismo día que se celebraba la festividad del patrón de los periodistas, san Francisco de Sales. Qué triste destino el de quienes en estos momentos aún se dejaban la piel para hacer periodismo de provincias. Periodismo cercano, al cabo de la calle, pegado a la realidad, luchando contra los elementos. Como cientos de profesionales lo siguen intentado cada día, en cada parte del mundo, pese a las adversidades. Aquellas que aplican las propias empresas para los que trabajan, o las que marcan los poderes económicos, financieros, empresariales, políticos… Adversidades de quien trata de imponer la agenda informativa a golpe de amenazas, veladas o no tanto, o de lo políticamente correcto.
No eludamos responsabilidades y olvidemos la cuota de responsabilidad que nos toca como nuevos consumidores de cultura. El pensamiento de Zygmunt Bauman lo resume muy bien, porque somos hijos e hijas de la “modernidad líquida”, que no es otra sino aquella que define un modelo social, el del fin de la era del compromiso mutuo, donde el espacio público retrocede y se impone un individualismo que lleva a “la corrosión y la lenta desintegración del concepto de ciudadanía”. Los periódicos son productos de una modernidad que ha dado paso a una nueva época, la de la inmediatez de lo audiovisual, de las redes y de la cultura de lo efímero. Por eso, cuando muere un periódico, muere una parte de nuestro ser. El reto está en encontrar y descubrir lo que debe renacer de esas cenizas para esas generaciones de reemplazo que precisan de un nuevo periodismo.
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Artículo publicado en La Opinión de Murcia (28/01/2017)
«Tarde soleada en el campo de fútbol «La Alameda», en la que el Club Deportivo Dolores ha vencido al Thader de Rojales…». Con estas palabras iniciaba alguna de las muchas crónicas que publicaba cada quince días en el diario La Verdad de Alicante. Los domingos por la tarde me dirigía con una libreta y un bolígrafo al campo de fútbol de Dolores, saludaba al presidente del club en la puerta (que recuerdo que era un cartero del pueblo), que me dejaba entrar, y el árbitro, en su caseta, me facilitaba las alineaciones de los equipos. Al término del partido volvía a los vestuarios para contrastar con el juez de la contienda los minutos en los que se habían producido las incidencias del juego y los futbolistas implicados. Con mi libreta llena de anotaciones volvía a casa, cogía la Olivetti familiar, y escribía la crónica del partido. Una vez acabada metía el folio en un sobre, escribía la dirección (La Verdad, calle Navas, 40, Alicante) y me dirigía a la oficina de Correos para introducir el sobre en el buzón. Regresaba a casa y esperaba hasta el miércoles, día en el que el diario publicaba las crónicas de los equipos que estaban en Regional Preferente y en Tercera División. No olvidemos que el lunes sólo se publicaba la Hoja del Lunes, y la edición del martes estaba reservada para las crónicas de los partidos de Primera y Segunda División. Y así cada domingo. Tenía 11 años.
Desde que guardo recuerdos de la infancia en casa siempre había algún periódico o revista. Triunfo, Cuadernos para el Diálogo, Sábado Gráfico y, por supuesto, Noticias Obreras, se mezclaban con La Verdad de Alicante. Este era el diario que entraba hasta el año 1977, porque viví primero en Ibi (1964-1972) y luego en Dolores (1972-1977), antes de que mis padres regresaran a Yecla, su pueblo natal. Y fue precisamente en Dolores, en plena comarca de la Vega Baja alicantina, donde a mi padre le propusieron ser el corresponsal de La Verdad. El problema que tenía es que él no sabía escribir a máquina y yo era el encargado de trasladar a un folio sus artículos escritos a mano antes de enviarlos por correo (o por teléfono) a la redacción. Mi padre firmaba sus crónicas como NAVARRO y un servidor, las mías de fútbol, como «NAVARRO, jr», porque a mi progenitor no le gustaba el deporte rey.
Rememoro estos comienzos en el mundo del periodismo tras la desaparición, esta semana, y tras casi 54 años en los quioscos, de la edición alicantina del diario La Verdad. Un periódico ligado a mi vida y a la de miles de personas que lo han seguido, se han anunciado en él, han trabajado en sus redacciones y se han visto reflejados en los acontecimientos más diversos.
Si tenemos en cuenta esa relación desde la infancia con sus páginas, no resultaba nada extraño que, una vez que realizaba los estudios de Periodismo en la Facultad de Ciencias de la Información de la Universidad Complutense de Madrid, me dirigiera en primavera del año 1986 -acompañado por mi padre- a pedir prácticas de verano al estar en tercer curso. Gracias a Chimo García Cruz, que en esos momentos se había trasladado desde la redacción de Murcia a Alicante, y al que conocía por haber publicado unas colaboraciones en la revista Lean que él dirigió en una breve etapa en la que dejó La Verdad, fui contratado como becario para los meses de julio y agosto. Entonces los diarios reconocían el trabajo de sus redactores, incluso de aquellos que jugábamos a ser plumillas mientras los verdaderos periodistas disfrutaban de sus vacaciones. La Verdad pagaba 20.000 pesetas mensuales a los becarios, que era un dineral, además de las dietas y kilometraje si tenías que desplazarte fuera de la ciudad para cubrir alguna noticia o reportaje. Hoy, desgraciadamente, ningún medio de comunicación contempla esas condiciones para sus becarios.

Mi primer artículo publicado en el verano de 1986. Entrevista a los componentes de «El último de la fila».
Mi entrada al periódico no pudo ser más sorprendente. Tenía que empezar el 1 de julio, y el viernes 27 de junio me dirigí a la redacción de la calle Navas, próxima a la Comisaría de Policía donde mi padre pasó una noche en julio de 1975 tras las detenciones que se produjeron durante una Asamblea de la HOAC que se celebraba en el Colegio de los Jesuitas. Me presenté al delegado del periódico, Manolo Mira Candel, en el entresuelo donde estaba la redacción, y cuando estábamos comentando los pormenores de mi incorporación, subió un comercial de la planta baja y dijo que habían llegado dos jóvenes diciendo que eran de un grupo que se llamaba «El último de la fila» que actuaba esa noche en Campello y que si les podíamos hacer una entrevista. Manolo, sin dudarlo, me preguntó si quería estrenarme con ellos. No lo dudé y bajé a la sala de visitas que había a la entrada del periódico. Allí estaban Manolo García y Quimi Portet, quienes tras presentarnos me preguntaron si yo era el crítico musical del periódico. Les respondí que no, que era un becario que acababa de llegar, y que era mi primer trabajo como periodista. «De puta madre tío», dijo Manolo García, «eso es lo que nos gusta, la gente que está empezando, como nosotros». Y a partir de ese momento estuvimos charlando sobre sus comienzos y sus proyectos. Subí a la redacción, me sentaron ante un ordenador de pantalla gigante y de color verde, y escribí mi primera noticia de esta nueva etapa que comenzaba a vivir. Se publicó al día siguiente, el sábado 28 de junio de 1986, como puede comprobar el lector.
Ahí comenzó una apasionante experiencia como aprendiz de periodista a lo largo de los meses de julio y agosto. Dedicado en cuerpo y alma al suplemento de verano «Costa Blanca», realicé decenas de reportajes y entrevistas a lo largo de toda la provincia de Alicante, especialmente en la zona de costa desde los Arenales del Sol, El Altet, Santa Pola, Guardamar y Torrevieja. Recuerdo especialmente la vuelta de Isabel Pantoja a los escenarios tras su breve retirada por la muerte de Paquirri, así como entrevistas a Alberto Cortez, Raphael, La Trinca, los inicios de los Loco Mía… y numerosos personajes menos conocidos pero que nos permitían hacer unas páginas refrescantes tras las alocadas noches de fiestas, conciertos y demás saraos. Tampoco faltaron los artículos más serios, como una entrevista al historiador Manuel Tuñón de Lara o al que era entonces gobernador civil de Alicante, implicado en el polémico caso de la concesión de administraciones de Lotería a personas vinculadas al PSOE de la época.

Compañeros de La Verdad que hacíamos las páginas del suplemento veraniego «Costa Blanca»: Ginés Llorca, Antonio Cutillas, Victoria Bueno, Manzanera y Nuño el Barón.
Viví uno de los veranos más intensos que recuerdo, junto a otros compañeros que aparecen en esta fotografía de Gloria Alcolea como Ginés Llorca, Nuño el Barón, Victoria Bueno, El lorquino Pepe Marín, Antonio Cutillas y el joven dibujante Manzanera… Unos empezábamos en este mundo del periodismo, otros nos los encontramos en él como los fotógrafos Ángel García y Ambrosio Ruiz, Ángel Bartolomé, Ramón Gómez Carrión, Tirso Marín… e innumerables colaboradores. Regresé en octubre a Madrid, y unos meses después recibí una llamada de Manolo Mira con una propuesta increíble: si quería aceptar un contrato de un año en la redacción de Elche para sustituir a Manuel Buitrago, que se iba a la mili. No lo dudé. Me incorporé en mayo de 1987 a la redacción de La Verdad en Elche, donde estuve hasta octubre de 1989, fecha en la que me marché a la redacción central de Murcia, hasta el año 1992. Esa es otra historia que ya contaré, pero de los años en Elche en el periódico sigo conservando la amistad de grandes compañeros y periodistas, como José María Pallarés, Gaspar Maciá, Arturo Andreu, Paco Uclés – que ya nos dejó-, Juan Carlos Romero Romerito, Antonio Zardoya, Domingo Lopéz, Mari Ángeles Rodríguez Cuchillo, Carmen Flores, Crescencio Bernabéu, Jaume Gómez, Antonio Molina…
Comparto esta Galería de imágenes en la que aparecen publicados algunos de los reportajes que hice ese verano del 86 y fotografías de mi álbum personal en el que aparecen personajes y momentos de esos dos meses de trabajo en los comienzos de mi actividad periodística. La pasión de mía padre por la prensa le llevó a conservar todas las páginas que publiqué ese verano y que conservo como un pequeño tesoro.

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