Oda a la bici (y II)

Oda a la bici (y II)

Cuando perdí mi primera bicicleta la busqué infructuosamente, domingo tras domingo, en el Rastro madrileño. Allí van a parar muchos desechos de los cacos y no hubo nada que hacer, y de nada sirvió la denuncia que presenté en Comisaría del distrito.  Compré otra de color gris, una gacela BH, “la que siempre se mete por los baches”, como el color de las frías mañanas de la capital. La mimaba, la subía por el ascensor de la Facultad hasta mi clase con ánimo de protegerla, donde escuchaba las lecciones de los profesores de Periodismo. Hasta que otra mañana, en este caso luminosa, se me ocurrió aparcarla en el mismo lugar que la anterior… y zás, volvió a desaparecer. Los sentimientos de impotencia se reprodujeron de nuevo, lo que me llevó a iniciar un período de la vida en el que las bicis quedaron aparcadas. Ya no hubo denuncia si quiera, ni visitas al Rastro.

Una vez regresado al Sur, cual si hubiera sido un exilio voluntario, reencontré el gusto por los biciclos con uno de carreras, comprado de segunda mano. También con otro de paseo, herencia familiar, que aún conservo. Regalé la bici de carreras y hace dos años, cuando dejé de fumar una temporada, me compré una híbrida de marca francesa, que saco a menudo por las calles de Murcia con mi hijo a bordo, incluso para ir al trabajo. Aún añoro aquellas dos que pasaron a mejor vida, aunque ahora me conformo con una colección de bicis en miniatura que andan repartidas por las estanterías de mi casa.

bicicletaLa bicicleta sigue siendo el vehículo del futuro. Leonardo da Vinci no podía imaginar que aquel prototipo que inventó en el siglo XVI iba a representar el valor que hoy, al menos, debería tener como alternativa de transporte en nuestras atiborradas ciudades. Eso en los Países Bajos lo tienen muy claro. Las bicicletas forman parte del paisaje de las amplias llanuras ganadas al mar. Son respetadas por personas de cualquier clase social. Llueva o haga frío, recorren los carriles destinadas a ellas, incluso en las autopistas. Se guían por sus señales de tráfico y semáforos propios. Gentes de toda edad y condición las usan a diario. Tienen sus espacios reservados de aparcamiento en cualquier estación de tren, museo, comercio o centro oficial. La lástima es que aquí, en nuestra ciudad, en Murcia, las hemos arrinconado en el trastero y sólo la sacamos en casos contados, como en alguna que otra fiesta que El Corte Inglés organiza cada año. Prácticamente han desaparecido de los caminos y veredas de la huerta, porque ésta, la huerta, también va tocando a su fin.

Las bicicletas, sin embargo, deberían tomar de nuevo las ciudades. Pasando por encima de políticos de cualquier signo que sólo se acuerdan de los carriles-bicis cuando llega la fiesta anual de los grandes almacenes. Deberían de pisarle los callos a nuestros gobernantes en los escasos momentos que se les ve en la calle, en especial cuando planifican los planes de urbanismo y nunca contemplan un espacio para ellas. Qué distinto sería todo esto si en las nuevas avenidas y rondas construidas en Murcia, Cartagena y otras ciudades murcianas hubiera espacios para las bicicletas. Pasaría como con las autovías -y esto lo saben muy bien los sociólogos y urbanistas- que atraen cada vez más un número mayor de vehículos de cuatro, ocho y veinte ruedas. Todos seríamos un poco más humanos, y por ende, humanizaríamos nuestra vida y la de los otros.

—-

Publicado en La Opinión de Murcia (30/10/1998)

Oda a la bici (I)

Oda a la bici (I)

A lo largo de mi vida he tenido entre mis manos, brazos y piernas seis bicicletas. La primera era roja, «beache, la que siempre se mete por los baches», y no era «orbea, la que siempre se estropea». Mi padre me enseñó a montar en ella en las calles recién asfaltadas de un pueblo de la Vega Baja. Debía contar con unos siete u ocho años. Mi estreno fue glorioso, porque aún recuerdo el castañazo que sufrí, más bien causé, a un conductor de moto en pleno cuadro, cuando intentaba cruzar una calle. Desde entonces le tengo miedo a las motos. Pese al miedo inicial, que es el de todos los niños cuando comienzan a soltarse y mantienen a duras penas el equilibrio, seguí erre con erre por entre las veredas y los azarbes, en laboriosas tardes para conseguir regalicia y así obtener, con el regalo de estos «puricos», que el capitán me alineara en el equipo de fútbol de la clase. Las sensaciones en mitad de la huerta, pese a los mosquitos, llenaban mi cuerpo de agradable bienestar.

Esa primera bici me duró mucho tiempo. Cuando estudiaba en el instituto, en Yecla, la llevaba cada mañana al centro porque luego me servía para desplazarme, cargado con una guitarra, a dar clases antes de la comida. Y no es que Yecla sea una ciudad adecuada para  los biciclos, por aquello de que está situada en las faldas del Cerro del Castillo, y subir una calle se asemeja al último tramo de una etapa de montaña de la Vuelta a España. La segunda era amarilla, una «geacé». La compré cuando inicié los estudios universitarios en Madrid y, casualidades de la vida, a un precio muy razonable,  aprovechando el cierre del negocio de motos de Nazario Ibáñez, el hoy afamado ganadero y empresario yeclano de cascos NZI. Era una gran bicicleta de paseo. Con ella recorría diariamente veinticinco kilómetros, ida y vuelta, desde el pueblo de Vallecas, en el sur de Madrid donde vivía, hasta la Ciudad Universitaria, junto a la carretera de La Coruña, donde asistía a las clases de Periodismo.

Ese itinerario madrileño lo recuerdo con un cariño especial. Arrancaba en el  pueblo de Vallecas, o Vallecas Villa, como lo conocían los obreros comunistas de la Talbot y de otras empresas del cinturón rojo de la capital. Subía hasta la Avenida de Palomeras, Alto del Arenal, Portazgo -donde está situado el campo del Rayo Vallecano y entonces la  primera estación de la línea 1 del metropolitano- y comenzaba un pronunciado descenso por la avenida de la Albufera hasta el Puente de Vallecas. Un pequeño repecho por la avenida de la Ciudad de Barcelona hasta la Estación de Atocha. Entonces se iniciaba lo bueno: Paseo del Prado, a la derecha el Jardín Botánico, el Museo del Prado, Plaza de Neptuno -de feliz recuerdo para los atléticos-, la Bolsa, el Cuartel de Marina y el edificio de Correos a la derecha; Carrera de San Jerónimo, futuro Museo Thyssen y el Banco de España, a la izquierda, para desembocar en la Plaza de la Cibeles, verdadero corazón de Madrid.

El itinerario proseguía por la calle de Alcalá (Banco Central, Círculo de Bellas Artes) y la Gran Vía, con un ascenso pronunciado hasta la Plaza del Callao, donde se iniciaba otra bajada con semáforos bien programados hasta la Plaza de España. De allí a la calle Princesa, barrio de Argüelles, hasta el Arco de la Moncloa, con el Ministerio del Aire a la izquierda, y camino hacia el antiguo Museo de América donde comenzaba la Ciudad Universitaria. Aquella que fue testigo de la lucha cuerpo a cuerpo en plena guerra civil hasta la toma final de Madrid. Y al finalizar las clases, vuelta atrás. La emoción me embriagaba a diario al pisar y recorrer esas calles y avenidas repletas de historia. Para un joven de provincias, en una ciudad tan cosmopolita, ese recorrido estaba acompañado por sensaciones muy diversas. Desde sentirte parte del devenir cotidiano de cuatro millones de personas, hasta gozar con pasión del asfalto, las fachadas, los comercios y ese sol luminoso del frío y seco invierno madrileño.

Ese afán aventurero de los dieciocho años quedaba colmado con la valentía por afrontar cada día los recorridos por el centro de Madrid, de un joven llegado del Sur y sin poderse despegar de ese otro sur, el que se encuentra desde ese eje no tan imaginario que es la M-30, desde Moratalaz hasta el Vicente Calderón, en los albores de los años 80. Esa turbación juvenil, sólo alterada por dos encontronazos con peatones en mitad de los atascos (nunca con taxistas, autobuseros o conductores con mal genio), sin embargo, quedó frustrada por el robo del velocípedo amarillo. Fue en una nublada mañana de febrero y los ladrones sabían lo que hacían, porque reventaron los dos candados con los que yo aprisionaba la bici en una valla de la Facultad. Quien ha perdido así una bicicleta conoce de cerca la tristeza y la impotencia que se siente.

———

Publicado en La Opinión de Murcia (23/10/1998)

Víctimas y culpables

Víctimas y culpables

A menudo sucede que en la vida tenemos que enfrentarnos al papel de víctimas en infinidad de situaciones. Encontramos siempre más fácil ubicarnos en el lugar de los que sufren que en el de los responsables de causar males a los demás. Por ejemplo, en nuestro lugar de trabajo siempre hallamos la manera de culpabilizar a los jefes de nuestras incapacidades o carencias, que adoptar una postura activa a la hora de resolver problemas y dificultades. Una oficina, sin ir más lejos, es el escenario donde tienen lugar las actuaciones de unos y otros. Los primeros, ellos, se encargan de amargarnos la existencia a los segundos, nosotros, a la hora de repartir los turnos de vacaciones, los ritmos de trabajo, los horarios, los temas a abordar… Lo que sucede tiene explicaciones difusas, pero una vez aplicada cierta racionalidad y observación, y eliminada la subjetividad inherente al ser humano, nos damos cuenta de que víctimas y verdugos somos al final iguales.

Es cierto que los niveles de responsabilidad son distintos, pero a fin de cuentas todos estamos atrapados por los mismos lazos que nos impiden mirar adelante en las ocupaciones. Durante mucho tiempo uno adopta la postura de situarse en la retaguardia de los problemas. Parece más fácil culpar a los otros de nuestros problemas, incapacidades, carencias, debilidades y falta de gallardía o valentía, a la hora de coger el toro por los cuernos y salir de este laberinto que nos atenaza. Lo que ocurre es que es más sencillo echar balones fuera que situarse debajo de los cuatro palos e intentar parar hasta los penaltis de Mendieta. Pasa como en la sanidad pública, en la que mantenemos la distancia con el médico especialista, al que conferimos un papel de brujo sanador omnipotente, y renunciamos a conocer nuestros derechos y obligaciones.

También acontece algo similar en la política. La dejamos en mano de los profesionales de la cosa pública y nos quedamos agazapados hasta que nos convoquen cada cuatro años a votar. El engranaje sigue así porque con nuestra actitud pasiva aportamos la grasa adecuada para que las tuercas no chirríen o se detenga el sistema. Con lo fácil que es arrojar aun poco de chinarro con el fin de que la máquina necesite de la intervención de un mecánico para analizar qué es lo que sucede.

Tengo un amigo que se ha pasado años culpando a sus jefes de todos los problemas que tenía. Su ritmo de trabajo era infernal y no tenía tiempo para desarrollar sus aficiones, atender a sus amigos y crear una familia en condiciones, como Dios manda. Tardó mucho tiempo en darse cuenta de que sus jefes tenían los mismos problemas que él, y que en definitiva eran víctimas de sus propias acciones. Hasta que no llegó ese momento no descubrió que sus dardos tenían un objetivo equivocado. Desde entonces comprendió mejor que cada persona desempeña un papel asignado en esta máquina del mundo, y se dedicó a colocar un espejo frente a los que hasta entonces eran sus enemigos. A éstos les costó entender lo que realmente sucedía pero contribuyó a que se pusieran de su parte. Comprendió entonces aquél dicho latino de que si no puedes vencer a tu enemigo, alíate con él para vencer a los que realmente son tus adversarios.

Se trata, en definitiva, de tener el empuje, la tenacidad, la fuerza y el vigor necesarios para tirar hacia delante. En nuestra pasividad está nuestra debilidad. En tener el objetivo desenfocado están los principales errores que cometemos a lo largo de la vida. Mientras tanto, derrochamos energía como el agua al lavarnos los dientes y se va por desagües sin encontrar un camino adecuado. Cuesta descubrir a tiempo dónde se encuentra el objetivo, pero una vez descubierto el esfuerzo no es tan grande. Se trata de concentrar las fuerzas en lo que es realmente importante. Una vez hallado, la vida se ve con otros ojos y, aunque no se alcancen las metas deseadas, el esfuerzo no ha sido en balde. Se lo aseguro, incauto lector.

Jorge Drexler: «Vivimos en un presente muy estrecho»

Jorge Drexler: «Vivimos en un presente muy estrecho»

Jorge Abner Drexler Prada (Montevideo, 21 de septiembre de 1964) llegó a España de la mano de Joaquín Sabina en 1995. Diez años después me cautivó con su canción  Todo se transforma y cuando descubrí que era de la generación del 64 no dudé en que tenía que formar parte de este proyecto que ahora empieza a tomar cuerpo. Azares del destino llevaron a que cerrara su gira Mundo Abisal en Murcia (España) y esta circunstancia  permitió que tuviera lugar nuestro encuentro, en una sala anexa al Teatro Circo. Muy afectado por la muerte de Roque Bergareche con quien le unía muchos lazos de amistad -al igual que con su hermano Jacobo– en esta primera entrevista de la Gente del 64 nos cuenta su recuerdos de infancia, sus inicios en el mundo de la música, cómo Twitter le ha permitido volver a la poesía y lo que ha supuesto la paternidad en su vida. Los del 64 formamos parte de una generación intermedia. No somos de la generación hippy, la que protagonizó la transición española, la que nos ha gobernado en la mayor parte de nuestra vida -y aún hoy lo hace- y la nueva, la tecnológica. Quizá estamos a medio camino. Las imágenes son de Jerôme Van Passel. (más…)

¡Es la movilización, estúpido!

¡Es la movilización, estúpido!

Sí, mi querido amigo, mi querida amiga. Es la movilización de la gente la que consigue que las cosas cambien. Así ha sucedido a lo largo de la historia, especialmente en los dos últimos siglos,y así va a ocurrir en los próximos días en el asunto de los desahucios. Muchos pensaban hace meses que era cosa de unos locos la oposición a los desalojos de quienes un día fueron clientes preferentes de las cajas de ahorro y de los bancos, en esa locura colectiva que ha sido la burbuja inmobiliaria de los primeros diez años de este siglo. Se les miraba, en el mejor de los casos, con una sonrisa a medias, pensando que, en fin, eran unos utópicos. (más…)

Elecciones en Galicia y País Vasco: volver a empezar

Elecciones en Galicia y País Vasco: volver a empezar

Ni uno del 64. Sí, compañeros de generación, no he encontrado ningún cabeza de lista de las elecciones de ayer en Euskadi y Galicia que sea de nuestra generación. Los ganadores son todos mayores que nosotros. Iñigo Urkullu (PNV) y Núñez Feijoo (PP), los dos vencedores, nacieron el año 1961, por lo que superan los 50. Otros ganadores como Laura Mintegi (EH Bildu), que vino al mundo en 1955, y Xosé Manuel Beirás (AGE), que es el más veterano a sus 76 años, también están muy lejanos a nuestra generación.  (más…)

Cierra La 7: La culpa es de ZP

Cierra La 7: La culpa es de ZP

El cierre de la televisión autonómica 7 Región de Murcia (7 RM) es la crónica de un fracaso anunciado (para el Gobierno es el cambio en el modelo de gestión de la televisión, pero que se lo digan a sus trabajadores). Fracaso… porque nació muerta. En un contexto en el que el modelo de televisión generalista estaba en crisis, en plena eclosión de los canales de la Televisión Digital Terrestre y con unas audiencias cada vez más exigentes y diseminadas, la apuesta por una televisión como la murciana tuvo un gran responsable: Zapatero.

(más…)

Esto es increíble

Esto es increíble

El panorama no puede ser más desolador. Las medidas anunciadas hoy por Mariano Rajoy son la continuidad de un camino de no retorno. Todo vale. La mentira, la hipocresía, la manipulación… Y lo más lamentable es que, como dice Antoni Gutiérrez-Rubí, sin debate no hay alternativa. Y es verdad. Frente a una derecha descarnada, brazo ejecutor de los poderes financieros, con aliados potentes como los poderes mediáticos, hay una izquierda dividida… y lo que es peor, difusa. No porque no mantenga principios ideológicos. Es que una parte de ella carece de credibilidad ante la opinión pública. Por mucho que Rubalcaba se empeña en explicar con pedagogía una posición política, lo tenemos muy difícil. (más…)

Carta abierta al Sr. Rector

Carta abierta al Sr. Rector

Las universidades públicas de la Región de Murcia están viviendo estos días unas movilizaciones estudiantiles, del profesorado y del personal de Administración y Servicios en contra de los duros recortes que están adoptándose. La principal razón es el incumplimiento en la financiación pública por parte del Gobierno regional, que adeuda a la Universidad de Murcia y a la Universidad Politécnica de Cartagena ingentes cantidades económicas desde hace más de dos años. Los problemas de liquidez de las cuentas regionales está provocando que los últimos presupuestos universitarios se hayan visto recortados en partidas muy significativas, amén de que la deuda y los retrasos en los pagos esté provocando graves dificultades para el funcionamiento ordinario de estas instituciones. Pero hay que sumar la aplicación del denominado Real Decreto Ley 14/2012,  de 20 de abril, de medidas urgentes de racionalización del gasto público en el ámbito educativo obra del ministro José Ignacio Wert, una de las grandes ‘perlas ministeriales’ del Gobierno de Mariano Rajoy. (más…)

#Periodistas vs. #trabajadores

#Periodistas vs. #trabajadores

Esta semana ha debido de ser muy dura para los compañeros y compañeras de LaVerdad TV, la televisión del Grupo Vocento en Murcia. Más de una decena de trabajadores han visto cómo han sido rescindidos sus contratos. En otros medios de comunicación regionales la situación es también muy dura, como los de la SER, con un Expediente de Regulación de Empleo (ERE) a la vista. Con la bajada de los ingresos publicitarios y, sobre todo, por la política comercial y laboral de sus respectivas cabeceras empresariales, ha habido despidos y modificaciones de las condiciones de trabajo. Una situación que viene de lejos y ante la que las empresas se han servido de la desestructuración del sector y la desmovilización de sus trabajadores para llevar adelante sus planes. (más…)

Saber escuchar de la experiencia

Saber escuchar de la experiencia

Durante cierto tiempo se ha ensalzado la juventud y las jóvenes promesas en la política, la economía, la empresa… como los mejores baluartes para afrontar el presente y el futuro. La madurez, la ancianidad, la sabiduría acumulada… han sido vistas, por el contrario, como signo de otra época. Sin embargo, después de leer la entrevista a dos voces publicada por el Magazine de La Vanguardia el domingo pasado, con un diálogo entre los ensayistas franceses Edgar Morin y Stéphane Hessel, creo que merece la pena replantear la tesis de que la eterna juventud es la que manda romana en estos tiempos. (más…)

Unidos por la pasión de escribir

Unidos por la pasión de escribir

Un 23-F de hace dicesiéis años nacía en Murcia mi hijo mayor, Pedro. Fue una tarde-noche de viernes y estaba programada la cesárea para el sábado por la mañana, porque venía de nalgas. No obstante dijo que él quería venir al mundo rompiendo aguas, como casi todo hijo de vecino que se precie. No lo pudo evitar. Y a mí me pilló en una óptica en pleno centro de la capital. Padres primerizos… nervios asegurados. José María Aznar ganaría unos días después sus primeras elecciones a Felipe González… y nosotros seguíamos en el hospital. Los efectos de la cesárea nos obligaron a permanecer 12 días en una habitación del centro sanitario, que compartimos con otras parturientas y sus familias. (más…)

El debate que yo ví

El debate que yo ví

ntes de sumergirme en la prensa del día, porque las tertulias radiofónicas de incomunicación las dejo aparte, me gustaría compartir mi visión sobre el debate que protagonizaron anoche los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno de España, Mariano Rajoy y Alfredo Pérez Rubalcaba. El primer hecho destacable es que mis dos hijos, de 15 y 12 años,  no se retiraron a sus habitaciones cuando acabaron los capítulos respectivos de Los Simpson y de American Dad, sino que se quedaron conmigo a seguir la primera parte de la emisión. Y además con criterios propios y comentando cada una de las intervenciones de los candidatos. (más…)

Malos tiempos para el compromiso

Malos tiempos para el compromiso

Quizá usted, amigo lector, se halle entre los miles de españoles que pueden disfrutar de estos días como buen consumidor de vacaciones. Puede también que goce de un empleo más o menos estable, que su perspectiva de futuro no sea muy oscura y… que también tenga sus malos ratos, dándose cuenta que todo no va tan bien como podría parecer. Al menos para dos terceras partes del mundo, esos parias de la tierra que se ven sacudidos a diario por terremotos, hambrunas, guerras, desertización galopante, contaminación acuciante, falta de agua de la de verdad, no la de las regiones que ansían trasvases sin tener muy claro el por qué y el para quién, o en beneficio de quién.

En la última reunión de mi comunidad de vecinos tuvimos muchas dificultades en sustituir al presidente y al tesorero de la escalera. Aunque seguíamos un relevo ascendente y descendente, por plantas se entiende, y con periodicidad anual, la oposición de a quienes les correspondía por turno este gran honor de servicio a los demás suscitó un encendido debate. Resulta que a nadie le hace gracia asumir esta responsabilidad porque todos estamos muy ocupados en infinidad de asuntos. Desde cómo ganar las habichuelas a diario, a la educación de los hijos, las compras, la atención a la casa de campo o de la playa el fin de semana, etc., etc.

Este problema no se reduce sólo a las juntas de vecinos sino que podemos encontrarlo en cualquier otro ámbito asociativo. Desde las asociaciones de padres y madres de alumnos, consejos escolares, las asociaciones de vecinos, culturales o de consumidores. También en los sindicatos o los partidos políticos, al margen de los que están empleados en ellos o en la dirección como ‘liberados’. Incluso en cofradías, clubes deportivos, grupos parroquiales, movimientos de distinto tipo de apostolado o en las organizaciones no gubernamentales. En las empresas nadie quiere presentarse a las elecciones sindicales, por distintas razones, a no ser el profesional de turno. Corren malos tiempos para el compromiso, aunque sea el mínimo, limitado a tres reuniones al año. Hay una desmotivación tal que aquellos ingenuos que deciden asumir un cargo de éstos, vamos, sin ánimo de lucro, lo tienen muy difícil para dejarlo, porque no hay nadie que les sustituya. 

En esto del compromiso no sólo hay que mirar el mundo de lo colectivo, esto es, el de las asociaciones de distinto signo. En la propia vida encontramos esas dificultades para asumir algún tipo de responsabilidad en lo que hacemos, decimos, vivimos o pensamos. Desde cómo conducimos y las opciones que tomamos con nuestro medio ambiente, a los ámbitos más privados, como los de con quién decidimos unir nuestras vidas, las decisiones que adoptamos a la hora de tener hijos, las actitudes que tenemos con nosotros mismos y con los que nos tomamos el desayuno. Son obligaciones, empeños o vínculos que arrancan desde nuestra simple condición de seres humanos, hombres o mujeres, vecinos, padres o madres, hijos o hijas, marido o mujer… Personas, en definitiva, que no vivimos solas ni en nuestro edificio, ni en un barrio concreto, ciudad, región, país, continente o bloque económico y planeta. Dimensiones tan de andar por casa que no nos deberían pasar inadvertidas, ya que cada una de ellas llevan aparejadas determinadas cadenas o sujeciones que escapan, en la mayoría de los casos, a la propia voluntad.

¿Qué sucede? ¿Es que los cantos de sirena que vienen del exterior son tan intensos que no somos capaces de resistir la tentación? ¿O es que hoy no estamos llenos de ideales capaces de invadir todo nuestro ser para mirar algo más que nuestro precioso ombligo? Hoy simplemente divago en la constatación de este hecho: que no queremos asumir compromisos. Ni personales, ni relacionales, ni ambientales, ni por supuesto sociales. ¿Es justo que pasemos por la vida sin pena ni gloria? Vamos, ¿qué no seamos conscientes de que vivimos y que vivir lleva aparejado algo más que consumir sin más? ¿Y que también se une no sólo ser el centro de mi propia vida y de los otros? Mientras buscamos algunas respuestas a esos interrogantes, otro día les hablaré de distintas razones para el compromiso y de cómo éste tiene más posibilidades que operadoras de telefonía móvil y de televisión digital.

Escenas de Navidad

Escenas de Navidad

Siendo  Clinton gobernador del planeta, con su ayudante “el otro Bill”,  Gates para más señas, una joven pareja de inmigrantes aguardaba con impaciencia el nacimiento de su primogénito. Tras visitar varios centros de salud y hospitales, en ninguno de ellos encontraron cobijo para el parto porque no tenían papeles y nadie quería hacerse cargo de ellos. Tras abandonar las iluminadas calles, cegados por los deslumbrantes escaparates y ensordecidos por los cantos de villancicos, encontraron refugio en una chabola. A su puerta había congregados varios vagabundos en torno a una hoguera encendida en un viejo bidón de gasoil. Agruparon cartones y periódicos viejos para formar un camastro y allí, en mitad de la noche estrellada, vino a nacer un pequeño bebé. Con trapos y gasas salidas de los andrajos de una vieja mendiga limpiaron al niño, y con agua de una boca de riego calentada junto al fuego.

Quién sabe por la emoción del momento, o por los calichazos de una botella de coñac, mezclados con un ácido vino de un tetra brik, los mendigos se acercaron a la joven pareja con los ojos brillantes y le ofrecieron presentes: unas monedas ganadas en la puerta de una iglesia, un poco de colonia de un viejo frasco que Pepe “el limpio” siempre llevaba consigo y unas flores secas  que le ofreció Johnny “el irlandés”, entonando con su astillada guitarra un villancico que nadie entendió. Un melancólico gato y un perrito emocionado por ver tanta gente junta completaron la escena. Fue una particular navidad en uno de los múltiples escenarios del mundo globalizado.

Otra escena tiene lugar a miles de kilómetros de distancia. Los empleados de un centro comercial brasileño se han rebelado contra la petición de sus jefes de que lleven gorros de «Santa Claus» durante el tiempo navideño. Los trabajadores se niegan a ponerse el incómodo gorro rojo de fieltro, típico del simpático San Nicolás y de los ambientes nórdicos. La imagen de «Santa Claus» ha sido muy extendida en todo el mundo por las multinacionales anglosajonas que han impuesto al mundo latino una figura bastante lejana de sus paisajes y sus climas. Estos ambientes cálidos simpatizan más con los «Magos de Oriente», de los cuales uno es negro, y con sus camellos y sus pajes cargados de oro, incienso y mirra que llevan regalos a los niños. En otros ambientes, es el mismo Niño Jesús el que trae los regalos a los pequeños en la Nochebuena. Pero ciertamente, hasta que no se generalizó la moda de la Navidad al estilo norteamericano, como la transmiten los telefilmes, en los países tropicales no soñaban con vestirse de fieltro como en el más crudo invierno de la Europa nórdica, de donde viene la tradición de San Nicolás.

Bajo el pretexto de que les provocaban alergias y les hacían pasar calor, además de hacerles sentirse «ridículos», informaron medios locales, los trabajadores del supermercado han decidido rebelarse contra esta imposición cultural. El hemisferio sur se encuentra en verano en esta época del año, y las temperaturas en el Brasil tropical esta semana alcanzaron los 30 grados. Los empleados del centro comercial Lindoia, en la ciudad sureña de Porto Alegre, recurrieron al Departamento de Trabajo y a la Fiscalía para deshacerse de la odiada prenda. El Departamento de Trabajo ha recomendado a los responsables del centro comercial que se abstengan de obligar a sus empleados a llevar puestos los gorros del gordito y sonriente abuelete nórdico.

Mientras tanto, emociones desbordantes y ficticias, salpicadas de buenos deseos no se sabe para qué, pueblan estos días nuestros ambientes. En las cárceles se palpa la tensión. La depresión hace estragos entre los más débiles. Los que han perdido este año a un ser querido los pasan mal. Aquí hay que sacar el pavo o el cabrito, los matasuegras y el frac barato pese a todo, porque si no parece que no llega la Navidad. Todo es alegría vacía de contenido y euforia por las compras. Por favor, que nos dejen un poco en paz, pero de la verdadera, ¿no les parece?

—–

Publicado en la Navidad del año 2000