Dic 29, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, Mis lecturas
El año pasado acabó con El dolor de los demás, esa terrible historia de Miguel Ángel Hernández, con ese regreso al pasado que no cesa de volver y que fue capaz de conmover hasta la más recóndita de las entrañas ancladas en la infancia y la adolescencia. Caminos cruzados de experiencias y escenarios comunes en la huerta, la iglesia y los dramas cercanos dieron paso a una guía de lectura que ha sido lo más reconfortante en un año repleto de vivencias circulares. Delphine de Vigan, en Nada se opone a la noche, fue la encargada de clavar, quizá sin pretenderlo, la primera herida en un corazón cansado de soportar la oquedad resultante entre el deseo y la realidad, la expectativa y el presente. París, los años 60, la familia numerosa y la reconstrucción de una historia familiar que pretendía pasar desapercibida entre el nacimiento de los hijos, sus avances profesionales y el vendaval que atraviesa la vida de quienes tratan de construir sus edificios vitales sin socavar los cimientos de los ancestros. (más…)
Dic 22, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos
La escritora Amy Michael Homes nos recuerda que todas las familias tienen una historia que se cuenta a sí misma: que pasa de hijos a nietos. La historia crece a lo largo de los años, muta; algunas partes se pulen, otras se eliminan y a menudo se discute sobre lo que ocurrió de verdad. Pero aun existiendo estas divergencias en la misma historia, sigue habiendo acuerdo respecto a que se trata de la historia familiar. Y a falta de otros relatos se convierte en la asta del que la familia cuelga su identidad.
Esa historia familiar es la que se expone sobremanera en los
días que se avecinan. Aquel Niño nacido en Belén también tuvo la suya, marcada
por la falta de vivienda donde recalar sus huesos en sus primeros instantes de
vida. Qué fragilidad. Menuda vulnerabilidad. Qué imagen para ser un rey, un
mesías, un salvador. Pero de ahí viene lo bueno, lo increíble de una historia que
arranca casi en mitad de la nada, desde donde contempla con humildad en qué lugar
le tocado nacer, con quién le tocará vivir y a qué está destinado.
En La hija de la amante, A. M. Homes insiste en que de niños todos somos crédulos por naturaleza. No se nos ocurre cuestionar el relato familiar: lo aceptamos como un hecho, sin reconocer que es una historia, una ficción colectiva de múltiples capas. Piensen en las variaciones, las consecuencias en lo relativo del tiempo, el lugar, la posición y la estructura sociales.
Ella fue adoptada. El reencuentro con su madre biológica y
con un padre del que ni siquiera tuvo constancia de su nacimiento marcan esa
novela, un recorrido vital en el que necesita indagar sus orígenes para poder
entender su presente. Y lo hace de manera minuciosa, tratando de explorar su
genealogía a través de sus antepasados, bien fuera de esa pareja biológica
condenada a no se sabe bien qué (madre joven que vivió su aventura con un
hombre casado, mayor que ella, o de la familia adoptiva, de procedencia
europea, como buena parte de la inmensa mayoría de familias norteamericanas que
carecen de una ligazón más estrecha que la que limitan dos generaciones.
Seguro que a veces usted piensa que su historia no es más
singular que otra. Pero es la suya, mía, la nuestra. En mi caso, la que me
nutre. La que me configura. La que me ha convertido en lo que soy, en lo que
fui y en lo que seré. La que construye su identidad a partir del drama de los
abuelos, de sus hijos y de los hijos de sus hijos. De donde vengo y en lo que
me he convertido. Un personaje sin rostro, en permanente construcción, en busca
de un lugar en el que habitar lo inabarcable.
En Navidad es tiempo de arañar las emociones más tapadas, instantes en los que hay quienes huyen de cualquier sensiblería barata.
Quizá a usted le pase como a mí, que comparto con Homes ese
deseo incendiario de querer escrutar mi procedencia. No porque trate de hallar
esos vínculos que trazan la primera línea de consanguinidad, sino por escarbar parte
de los porqués y no dejar de lado el lugar de donde proceden quienes han
marcado las vidas de esta familia melancólica y dulce a la vez, cálida en el encuentro,
pero con secretos escondidos más de allá de las cuatro paredes de la epidermis
sentimental.
En Navidad es tiempo de arañar las emociones más tapadas, instantes
en los que hay quienes huyen de cualquier sensiblería barata. De ausencias que
golpean. De recuerdos heridos y también, por qué no, de encuentros donde vale
todo. En especial si vienen acompañadas de etapas en el camino de la madurez personal.
Nadie puede con nosotros. Ninguna circunstancia no esclaviza. Es tiempo en el
que reclamar la omnipotencia vital. No lo olvide. No se distraiga. Está en su
mano. ¡Feliz Navidad!
Dic 14, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, La Opinión
La escena sucede en la sala de estar de una vivienda cualquiera. Ella tiene la pierna extendida sobre un pequeño taburete acolchado, puesto que le han ordenado guardar reposo por un problema muscular. Él pasa a su lado dispuesto a sentarse en el sofá, porque el partido de la Champion está a punto de comenzar. Absorto en sus cosas, sin percibir que hay alguien en la estancia golpea la extremidad de la susodicha y ésta, de manera instintiva, lanza un exabrupto y reclama que tenga cuidado por donde pasa. Él, ni corto ni perezoso, le responde con un improperio y reclama que es ella quien debe tener cuidado y advertir de la situación. Ya está el lío montado. Así empiezan las guerras, las domésticas, las políticas y las mundiales. Qué se le va a hacer. Este es el género humano. Así somos nosotros.
El poeta irlandés William Butler Yeats escribió que “en los
sueños comienzan las responsabilidades”, y yo sueño con ese día en el que
asumamos las nuestras, desde las personales y familiares hasta las sociales,
políticas o económicas. Un día en el que no miremos hacia otro lado. En el que
dejemos de escupir al otro sus culpas o fracasos, mientras que desviamos la
mirada cuando alguien nos recuerda que el tiempo corre a nuestro lado. No a
nuestra contra, porque esa es una visión cortoplacista, sino en paralelo con lo
que decimos y hacemos. Con lo que proclamamos.
El Mar Menor se muere, y los principales causantes de esa muerte tienen nombres y apellidos e identificaciones fiscales
Parece que estamos condenados a vivir en un mundo
infantilizado, en un mundo temeroso en el que somos cómplices de escoger a
personas inmaduras, dotadas de un caparazón inasequible a cualquier estímulo
que les pueda provocar un movimiento de cambio. Creemos que si cerramos los
ojos las cosas no suceden. Que si ocultamos la pobreza a base de luces y
árboles de Navidad la exclusión no existe, que los números son eso, números sin
rostro. Pero resulta que por mucho que elevemos el volumen de la música los
lamentos no quedan enmudecidos. La realidad de la desigualdad es la que es y el
Informe Foessa de Cáritas nos la ha recordado esta semana. Bueno, nos la viene
recordando desde hace décadas, pero parece que da igual. Total, como resulta
que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades, pues ya están las
responsabilidades compartidas, y aquí paz y después gloria.
El Mar Menor se muere, y los principales causantes de esa
muerte tienen nombres y apellidos e identificaciones fiscales. Forman parte de
consejos de administración, ejecutivas de partidos políticos y organizaciones
profesionales y empresariales. Los encuentras en el organigrama de las
administraciones públicas, están en despachos o en sus casas disfrutando de un
supuesto y apacible retiro. Menos mal que la Fiscalía ha hecho su trabajo. Sin
medios, eso sí, pero con dignidad. Y ahora resulta que la responsabilidad es de
todos. Que todos tenemos culpa. O lo que es lo mismo, que indultemos a los que
están arriba, en los gobiernos, en las cúpulas de las empresas agrícolas o
urbanísticas. Los que han derogado leyes protectoras del medio ambiente, los
que han mirado hacia otro lado, los que han impulsado desarrollos urbanísticos
y agrícolas, los ejecutores de los proyectos y planes, todos ellos, pobrecitos,
son muy sensibles y no pueden ser blanco de las críticas y d campañas de
descrédito. De los ataques, de los reproches. Qué impresionables son. Animalicos,
si todo lo hacían por nuestro bien. Y además los votábamos, les dábamos premios
y más premios. Todos ganábamos, vendíamos y comprábamos por doquier.
Pues miren ustedes. Resulta que yo no he sido. Si golpeo la
pierna de mi parienta sentada en el sofá de casa voy y le pido perdón. La
siguiente vez prestaré más atención y trataré de ser más consciente de donde
estoy y lo que tengo a mi alrededor. Dejen de tratarme como un pelele. Yo no
les voté ni les votaré. No especulé con mi segunda vivienda, porque no la tengo.
Si un día meé en el agua, de eso no viene una anoxia. La falta de oxígeno es la
que noto cuando pretenden engatusarme con su relato de las responsabilidades
compartidas, ese relato que le compran muchos. Yo no. A mí suena a eso de la
obediencia debida, cómplice de genocidios y masacres en muchas partes del
mundo. Olvídenme con discurso del ‘y tú más’. Hagan su trabajo, el de la
mayoría silenciada, no el de convertirse en lo que son: títeres de quien rige
los destinos mirando al personal como monederos andantes. Y al menos, si no son
capaces de asumir su responsabilidad, cállense y siéntese en un sofá, con la
pierna extendida.
Dic 8, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, La Opinión
¡Aleluya, aleluya! La COP25
(Conferencia de las Partes), conocida como la Cumbre del Clima de Chile
(pero que se celebra en Madrid), ha puesto en la agenda del día los problemas
medioambientales de nuestros barrios y ciudades, de nuestras regiones y países,
de nuestros continentes, mares y océanos. Una agenda que nos afecta a todos,
que niegan algunos y que delegan otros en instancias super superiores como si
con ellos no fuera la cosa. Pero resulta que lo inevitable es eso, inevitable.
Que nos jugamos todo lo que somos, lo que fuimos y lo que dejaremos a nuestros
hijos y nietos, a quienes nos sucederán en este leve tránsito de existencia que
es el de una vida humana, pese a que nos comportamos como si no hubiera otro ser
supremo más que el hemos configurado en estas últimas horas de la humanidad.
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Dic 1, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos
Si 10.034 personas continúan con las protestas de la campaña #SOSMarMenor de forma prolongada, conseguirán el objetivo de salvar este espacio natural. O al menos recuperar una gran parte del ecosistema de la laguna y de su entorno. Solo tienen que seguir el ejemplo de lo conseguido por 15.651 vecinos y vecinas de Murcia capital en su lucha por el soterramiento de las vías del tren a su paso por la ciudad. De forma constante, de forma pacífica y, sobre todo, de forma activa.
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Nov 24, 2019 | Articulos, Mis lecturas
Todas las familias tienen una historia que se cuenta a sí misma: que pasa de hijos a nietos. La historia crece a lo largo de los años, muta; algunas partes se pulen, otras se eliminan y a menudo se discute sobre lo que ocurrió de verdad. Pero aun existiendo estas divergencias en la misma historia, sigue habiendo acuerdo respecto a que se trata de la historia familiar. Y a falta de otros relatos se convierte en el asta del que la familia cuelga su identidad.
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Nov 24, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, La Opinión
Noviembre es un mes jodido. Comienza con el recuerdo a los
santos, que confundimos con difuntos, y recorremos sus semanas hasta llegar a
esa explosión del consumo irracional que es el viernes negro importado del imperio USA tras la resaca de su Día de
Acción de Gracias. Un mes gris por excelencia en el que perdí a un hermano por
su corazón dañado y que, como un tintineo de la memoria, me recuerda el mensaje
de la fragilidad del ser humano. Cuatro meses antes también se había ido
nuestro padre. Tiempo después supimos con detalle que la causa de las muertes no
fue otra que compartir una enfermedad genética del músculo cardíaco denominada
Miocardiopatía Arritmogénica de Ventrículo Izquierdo (MAVI). Un gen cortado que
ha seguido pululando a sus anchas entre otros miembros de la familia y que, en
mi caso, y en el de mi descendencia, no ha sido así.
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Nov 17, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, La Opinión
De la despedida
de Alberto Carlos Rivera Díaz del pasado lunes me quedo con la última parte
de su intervención. Anunció su dimisión como presidente de Ciudadanos, que no
ocupaba su escaño y su abandono de la vida política. Sin autocrítica, porque
eso parece que no va con los macho-alfa aspirantes a presidente, pero con un
argumento que me sonó falso: su confianza en la nueva etapa de que ahora será
mejor hijo, mejor padre, mejor pareja y mejor amigo. Todo porque había llegado
el momento de dedicarse a su familia. ¿Qué había hecho hasta entonces? ¿De
dónde alimentaba su visión del mundo real?
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Nov 10, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos
Confieso que caigo a menudo en la tentación. No lo puedo
evitar. Mira que lo intento, pero es más fuerte que mi voluntad. La pulsión es intensa,
mayor que la intención de ejercer un control y alejarme del ruido que hay en el
mundo de las redes sociales, los grupos de whatsApp y demás zarandajas
virtuales que nos tienen comido el seso. Y lo hago hasta tal punto que llega un
momento en el que pierdo el sentido de la realidad. Que no miro el reloj y se
pasan los minutos, las horas, los días, las semanas y los meses. Sin darme
cuenta se pasa hasta la vida, la mía y la de quienes viven a nuestro alrededor.
Eso sin exagerar, porque si exagerase un poco podría decir que ya no estoy
aquí, que he sido transportado a otra dimensión, una a la que no alcanzo a
vislumbrar, a la que soy incapaz de describir o representar.
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Nov 3, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos
Imaginen la escena: Alberto Carlos Rivera, disfrazado de
fantasma; Cayetana Álvarez de Toledo, con negro satén vestida de bruja,
acompañada de Pablo Casado con un tornillo lateral en la cabeza, cual
Frankenstein; Pablo Manuel Iglesias, de zombi; Santiago Abascal, de jinete sin
cabeza; Íñigo Errejón, de bebé ataviado con traje de murciélago, con alitas y
todo, y Pedro Sánchez, con disfraz de esqueleto superviviente de mil batallas.
Todos ellos, de recorrido casa por casa, con la cantinela del “¿truco o voto?”.
La respuesta no se hace esperar: “¡truco, truco…!”. Porque del voto, mejor no
hablar. Un voto que ha vuelto como un búmeran, recordemos, por la incapacidad
de llegar a acuerdos. De dialogar. De mirar un poco más allá de la estrategia
de supervivencia y el tacticismo. Amén de construir eso que los politólogos de
cabecera llaman ‘el relato’ con el que justificar lo injustificable.
Lo grave del truco o trato tiene que ver con la
lección que nos han dado quienes, en teoría, están embarcados en acoger y
albergar la representatividad de la ciudadanía. Porque no olvidemos que estamos
aquí porque ellos no han sido capaces de sentarse en serio, mirarse cara a
cara, a los ojos, no a los plasmas o a los timelines (cronologías) de las redes
sociales, y abordar con sentido común que las estrategias son papel mojado
cuando las necesidades son tantas, especialmente de quienes peor parte se han
llevado de esta etapa de los sacrificios impuestos, en forma de precariedad y
desigualdad.
No me negarán que en este mundo del espectáculo las ramas de
los eslóganes emocionales y las frases de laboratorio no nos dejan ver el
bosque de la realidad política. Lo alejado que están los temas de las
maquinarias electorales de aquellos que afectan a la vida de las trabajadoras y los trabajadores, en especial
los más vulnerables, que deberían ser el objetivo principal de una acción
política a la altura de la dignidad humana. No descubrimos nada si se los
recuerdo: la pobreza y exclusión, el empleo insuficiente y precario; la
insostenible deuda pública y privada, la orientación económica hacia el
crecimiento que no resuelve la desigualdad entre sectores de la población, ni
entre comunidades autónomas, ni atiende las necesidades de las personas; la
débil solidaridad y cooperación internacional al tiempo que aumenta el gasto
militar; y el fracaso de las políticas contra el calentamiento global basadas
en la mercantilización del entorno.
No todo vale. Bien es verdad que los gurús que mueven los
hilos de las campañas electorales tratan de banalizar la política. Y que en
ocasiones los propios medios de comunicación, convertidos en actores
principales de la vida pública, promueven una visión de las campañas
electorales como una competencia descarnada por el poder, sin mayor vocación de
servicio, sustituyendo el debate de ideas y propuestas por el espectáculo y el
escándalo.
De ahí que sea deseable acabar con la práctica del insulto,
la falacia y la crítica indiscriminada a la clase política para no contribuir
al envilecimiento de la vida social y al deterioro de la conciencia cívica. Y
ahí entramos todos, porque depende también del papel de cada persona y
colectivo en las redes sociales y de los medios elegidos para informarnos.
Frente al truco o trato es el momento para renovar
nuestra cultura política. No se resuelve en una semana, pero este período es
una oportunidad extraordinaria para promover otra manera de entender la política,
a través de un mayor grado de participación y compromiso personal que va más
allá del voto. Incorporando la dimensión política a nuestras vidas podemos
exigir que se atienda a las verdaderas necesidades del pueblo, buscando el bien
común y priorizando a los más empobrecidos, y que los programas reflejen la
acción de gobierno que efectivamente se quiere llevar a cabo. Movilizaciones ciudadanas
como las de #SOSMarMenor o como la del soterramiento de las vías, las mareas,
los pensionistas… son ejemplos de ello. La política sigue siendo importante. Y
votar, también. Tomen nota y recibiremos un dulce por recompensa. ¡Voto, voto…!
Oct 27, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, Mis lecturas
La exhumación del Caudillo, la precampaña electoral, los
datos de la EPA, la marcha de Mario Draghi, la nueva oportunidad para el
Brexit, los disturbios en Chile, la segunda vuelta en las elecciones
bolivianas, la aparición de 39 cadáveres de inmigrantes chinos en un camión
frigorífico en Essex (Reino Unido) o el serial del procès… Sí, sí, todo eso
está muy bien, pero no me negarán que lo que de verdad mueve a las mujeres y a los
hombres es la mirada ante la vida, ante las relaciones humanas. El juego de
pareceres, de sucesos cotidianos, de pequeñas decisiones que son capaces de hacernos
reír o llorar, soñar o poner los pies en la tierra, avanzar o quedarnos parados
el resto de la existencia, odiar o amar con la misma intensidad y volumen. Los
acontecimientos son importantes. Las noticias, también. Sean locales o
mundiales. Provoquen reacciones o simplemente deambulen en las parrillas sin
pena ni gloria… y a otra cosa, mariposa.
En lo de las relaciones humanas, cada maestrillo tiene su librillo.
Maestros hay muchos. Recetas, no digamos. Y librillos, lo que se dice
librillos, para todos los gustos. Desde el Cómo ganar amigos e influir
sobre las personas, hasta El monje que vendió su Ferrari,
pasando por Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, Padre
rico padre pobre, Los cuatro acuerdos o el clásico Los
hombres son de Marte, las mujeres de Venus. Y no me digan que no les
llama la atención un perfecto manual de autoayuda de un bloguero de éxito
titulado El sutil arte de que (casi todo) te importe una mierda,
que viene a tirar por tierra todo lo que el resto de super ventas nos venían a
decir, como aquello de empoderarnos (¡Jo, qué tiempo verbal más moderno de un
verbo tan antiguo!) y alimentarnos de positividad. Su autor, Mark Manson,
viene a desmontar esas tesis con el siguiente argumento: pues mira, resulta que
no, que las expectativas sobre nosotros mismos carecen de sentido hasta que no
sepamos gestionar (otro verbo de moda) la adversidad.
Pero cuando creíamos saberlo casi todo resulta que andábamos
equivocados. O entretenidos. O engatusados, quién lo sabe. Que antes de que
vinieran a contarnos y describirnos, por ejemplo, las características de las
personas tóxicas, esas que su vida carece de sentido si no expelen a todas
horas veneno a su alrededor, ya teníamos modelos clásicos para identificarlas.
Es lo que William Shakespeare nos cuenta en el drama de Otelo con un
personaje que es el arquetipo o modelo original y primario en el arte de amargarle
la vida al más pintado. Hablamos de Yago, el alférez del moro, el general al
servicio de Venecia, que da nombre a la obra escrita, sin ir más lejos, en
1604, casi ayer. Su venganza por no haber sido elegido oficial frente al otro
candidato, Casio, le lleva a resarcirse construyendo una falsa historia de cama
de Desdémona, la prometida de Otelo, y que conduce al desenlace de… No, no, no
voy a hacerles un spoiler para quienes aún no hayan tenido la fortuna
de leer esta obra.
Si tienen la oportunidad y, por
supuesto, la dicha, de sumergirse en la trama, quizá descubran en Yago a esos
personajes que habitan a nuestro alrededor. A esos tránsfugas que destilan odio
y resentimiento a raudales por no haber sido elegidos para la gloria, para ocupar
un cargo o liderar determinadas organizaciones. A mí me vienen varias a la
mente, como quienes pierden unas primarias en un partido político o quienes han
depositada tantas expectativas en el logro de un objetivo para el que han
empleado toda su energía que no saben gestionar (¿les suena?) que todo no salga
como esperaban. O aquellos que tratan de ocultar sus complejos, frustraciones y
fracasos contaminando todo lo que encuentran a su paso. Personas falsas, sin vida interior, incapaces
de querer a nadie, que odian con el mismo ahínco que en algún momento han
podido amar. Y frente a ellas, un
consejo: miren hacia otro lado. Dejen que el veneno siga su curso y la
toxicidad encontrará un antídoto que todo lo vence: la indiferencia. Vamos, si
se puede.
Ilustración basada en el cuadro «Othello et
Desdémone» de Théodore Chassériau
Oct 20, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos
“El mar es el lugar de donde venimos y a donde, gracias al cambio climático, vamos”. John Banville, Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2014, así lo afirmaba cuando vino a recoger el galardón hace un lustro. No en balde, abre y cierra una de sus grandes novelas, El mar, con referencias a ese personaje animado que preside esta historia sobre la memoria. “Se marcharon, los dioses, el día de la extraña marea”, escribe al comienzo, y termina el último párrafo con “una enfermera vino a buscarme. Me di la vuelta y la seguí hacia el interior del hospital, y fue como si me adentrara en el mar”.
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Oct 13, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos
Entre las innumerables escenas que hace un mes se vivieron con
motivo de la gota fría en nuestros vulnerables pueblos, barrios y campos, hay
una que me dejó pasmado y, lamentablemente, es posible que les haya pasado
desapercibida. Mientras caía la tromba de agua, en muchas de nuestras calles, se
jugaban la vida esos grandes emprendedores y agentes de la nueva economía, de la
economía circular, llevando a casa la cena a bordo de una bici. Cena que
habíamos pedido, pese a todo. No nos sorprendemos, porque es verdad que hace ya
tiempo que la precariedad viaja en bicicleta, moto o furgoneta de reparto con un
carné de falso autónomo para ganarse la vida. También se mancha en la cocina de
un restaurante o sirviendo mesas, cuidando a nuestros viejos, limpiando
nuestras viviendas y oficinas o recogiendo las frutas o verduras en las
explotaciones agrícolas.
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Oct 6, 2019 | Al cabo de la calle, Articulos, La Opinión
En el día de hoy no sé a ciencia cierta si las tropas
nacionales han alcanzado los últimos objetivos militares. De lo que sí estoy
seguro es de que han conseguido adentrarse por los recovecos que la democracia
permite a todo el mundo. Están en las instituciones, presiden comisiones
parlamentarias, se les escucha, se les permite que hayan marcado la agenda y se
han convertido en fundamentales para aprobar presupuestos tras constituir
gobiernos que venían arrastrando la enfermedad de la corrupción. Eso sí, con la
complicidad necesaria, de una parte, de quienes hasta la fecha se mostraban
como adalides de la regeneración y de la nueva política. De otra, la que jamás
había ocultado que albergaba en su seno a esa milicia siempre dispuesta a
volver a sus orígenes. Eso de los cordones sanitarios es muy europeo, pero aquí,
en las esencias patrias, no se lleva.
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Ago 10, 2019 | Al Cabo de la Playa, Articulos
Verano de 1970. La escena tiene lugar en el barrio de La
Dulzura, en Ibi, a la sombra de una pequeña arboleda al caer del campo de
fútbol del colegio de los Salesianos. Un grupo de chavales, ninguno supera los
diez años, ata una cuerda a los troncos de cuatro de los árboles e improvisan
un ring. En mitad del cuadrilátero (por llamarlo de alguna manera), Pedro Carrasco
se enfrenta a José Manuel Urtain, animados por los gritos del
respetable que incitan a no eludir los golpes. No hay árbitro. El combate es
hasta que uno de los contendientes resista. El bautizo de los púgiles se
corresponde con su nombre de pila. Así nos divertíamos los críos de esa época
durante las vacaciones. En la calle. A golpes que no dolían y disfrutando
alejados de los mayores. Yo estaba orgulloso de ser aquel Pedro, vitoreado por
un público fiel.
Verano de 2019. La geolocalización de los teléfonos móviles
(inteligentes, les llamamos) nos permite tener siempre controlados a los críos.
Gritan, pero siempre pueden callar, porque ya los hemos acostumbrado a que
miren a una pequeña pantalla y queden imbuidos de su encanto digital. Ya no
pintan, ni leen tebeos, ni juegan a las chapas, a las bolas o a las cartas de
las parejas. No se separan de los adultos, o cuando lo hacen, previamente han
sido teletransportados a los destinos previstos, no vaya a ser que descubran su
autonomía y no nos echen de menos.
En este verano del calentamiento global, del calentamiento
postelectoral y de las mentes calenturientas que tratan de irritar a las del
resto, ha muerto un boxeador de los de verdad. Un joven Hugo Dinamita
Santillán, argentino e hijo de boxeador -que a la sazón era su entrenador-
no ha podido resistir las consecuencias de los golpes que le asestó un armenio el
15 de junio en Hamburgo, y poco más de un mes después, el 20 de julio, los fatales
del combate que apuntaba a empate contra el uruguayo Eduardo Abreu. Cuatro
días después de desplomarse en la lona no se despertó del coma al que entró
mientras iba en la ambulancia camino del hospital.
Recuerdo veladas veraniegas de boxeo en mi pueblo, la patria
de El Tigre de Yecla y compañero de generación, José Ortega
Chumilla. Pero sobre todo la nobleza y la seriedad con la que vivía
este deporte una saga familiar, la de los hermanos y sobrinos del escultor
yeclano Manolo Puche. Pese a los múltiples detractores que ha tenido y
tiene esta disciplina, siempre he creído que ha estado por encima de los
intereses cruzados de quienes solo han visto billetes e influencia en su
entorno. El escritor Sergio del
Molino entendía “su juego de seducción literaria” en Lo que a nadie le
importa al rememorar a un púgil en declive que llegó a ser campeón del mundo
en 1974, aquel hombre también llamado Pedro, aquel Perico Fernández, que
acabó sus días aquejado de alzhéimer y que había pasado de la gloria al
ostracismo social en la capital aragonesa que le había visto nacer.
Las únicas refriegas que quedan en la canícula son las de
echar unas palas en la orilla de la playa. Pero cualquier parecido con un
cuadrilátero y la rivalidad es pura coincidencia. Más golpes da la vida.