Moral de plástico

Moral de plástico

En mi doble condición de afiliado al PSOE y al sindicato Comisiones Obreras ando estos días terriblemente afectado por las noticias que vamos conociendo sobre el uso de las denominadas ‘tarjetas black’ o ‘tarjetas opacas’ por parte de miembros de alguno de los consejos de la antigua CajaMadrid o posteriormente Bankia. Personas que fueron propuestas por los partidos políticos con representación en la Asamblea de Madrid (PP, PSOE e Izquierda Unida) o por los sindicatos más representativos en la entidad (CC OO y la Unión General de Trabajadores), además de los propios directivos de la caja.

Estos consejeros -por llamarles de algún modo- se asemejaban a esos niños que les dicen a sus padres que les compren algún videojuego y paguen con la tarjeta, que eso no cuesta dinero, porque en su infantil ingenuidad no llegan a comprender que además de los billetes y monedas existe un producto con soberanía propia que permite acrecentar el patrimonio, dar rienda suelta a las aficiones y necesidades más primarias y, sobre todo, a comprar voluntades, que al parecer eso es lo que perseguía el presidente de la entidad a la hora de repartir ese dinero de plástico entre los ávidos consejeros.

Pero a esa doble condición de miembro de unas organizaciones que, en su declaración de principios coinciden mis principios éticos y de compromiso con el cambio social y la defensa de los más desfavorecidos, se alza una posición superior: la de simple ciudadano que trata a diario de vivir con coherencia una moral de ayudar a construir una sociedad más justa, fraterna, solidaria, ecológica y donde el principio del bien común marque cualquiera de nuestros comportamientos. Los públicos y los privados. Los del ámbito familiar y los de los restantes en los que desarrollamos nuestra vida (laboral, profesional…).

Mirar a otro lado

De lo que hablamos no es otra cosa que de corrupción. Y especialmente en la acepción que señala que «en las organizaciones, especialmente en las públicas, práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores». Corrupción como práctica más extendida de lo que pensamos, y ante la que en ocasiones miramos hacia otro lado. Porque corrupción es hacer uso indebido de medios y de recursos que están destinados a otros fines,  y cada cual puede mirarse a sí mismo en lo cotidiano si es honrado o no, especialmente en el ámbito de los servicios públicos.

Quienes hicieron uso de las ‘tarjetas black’ aseguran que no tenían conciencia de hacer nada ilegal. ¡Vamos, anda! Cuando alguien siente que está por encima de los otros, o que tiene derecho a disfrutar de prebendas por el cargo que ocupa, ha traspasado la línea del sentido común y de la honradez. Y en esto no valen los apellidos que le damos a la función desempeñada, ni el nombre de la entidad en el que lo hacemos. Encima cuando se trata de justificar lo injustificable se demuestra que han alcanzado la cima del cinismo, de que el fin justifica los medios, y de que todo está permitido. Que quien se corrompe en la medida de las posibilidades que tiene para corromperse está en el mismo nivel, bien sea un consejero de caja de ahorros, un empleado que no cumple su horario, un cliente o un autónomo que no declara el IVA, un empresario que no paga lo establecido en salarios o en impuestos, o quien simplemente no cumple ante los demás el compromiso adquirido al desempeñar un trabajo o función del tipo que sea. Tan corruptos son unos como otros. O somos unos como los que criticamos en cualquier barra de bar o en tertulias varias.

Incoherentemente coherentes

Cuando era más joven, al ser educado en ambientes eclesiales, no cabía en mi imaginación que personas que se declaraban creyentes o aquellas que habían elegido la vida religiosa o el sacerdocio pudieran vulnerar los principios más elementales de la fe cristiana. O que no fueran coherentes con los valores emanados del Evangelio. Cuando trabajé en la oficina de prensa de un Obispado y conocí sus interioridades me llevé más de una sorpresa. O cuando ejercía el periodismo no cabía en mi imaginación que hubiera profesionales que mintieran, se dejaran sobornar por el poder o no lucharan contra viento y marea en defensa de la libertad de expresión y de una prensa independiente y al servicio de los ciudadanos. Qué voy a contarles cuando llegué al mundo de la política y pude comprobar de primera mano que hay personas que son capaces de ‘matar’ por un puesto en una lista electoral o un simple cargo institucional. Y beneficiarse de su puesto, sea del partido que sea, como en la Administración Pública, donde hay gente que sólo ha perseguido su enriquecimiento personal, beneficiando a los poderosos, o el provecho de los recursos que son de todos.

Hay pocas verdades que sean absolutas, pero sin caer en el nihilismo o en la simple ideología neoliberal, que se convierte en un modelo de ver la vida, constato que cada día hay que alimentar la ética de principios para no caer en esa moral de plástico que llega a través de cantos de sirena cuando menos te lo esperas. Que las organizaciones, por el mero hecho de tener una historia o un apellido concretos, no llevan aparejada la limpieza absoluta de las personas que forman parte de ellas. Que el ser humano está tentado continuamente a sucumbir a los principios del capitalismo depredador, y lo que es más grave, a justificarlos en nombre de unos supuestos derechos adquiridos por haber tomado en algún momento determinadas decisiones. Que hay que estar siempre en alerta, sin agobios y susceptibilidades, porque vivir es formidable, siempre hay posibilidades de caer en la cuenta de los errores que podemos cometer, y que en el caso de confesar una religión liberadora, tener presente que la mirada hacia los últimos es la que te permite no dejar de tener los pies en la tierra.

Y sobre todo, descubrir que por encima de las sombras que llaman nuestra atención hay muchas luces de gente, de muy buena gente, que trata de vivir cada día con principios de honradez, buen hacer, sentido común y pensando en los demás. Que no lo pregonan y que raras veces son noticia, pero ejemplos de competencia profesional, personal, laboral, social y política los tenemos repartidos por todos nuestros mundos. Ejemplos de que hay una moral de carne y hueso que es capaz de echar esas tarjetas al contenedor amarillo. ¡A reciclar toca!

P.D. En mi calidad de miembro del Consejo de Administración de Radio Televisión de la Región de Murcia, elegido en junio de 2011 a propuesta del PSRM-PSOE, he firmado el Código Ético que ha elaborado el PSOE para los cargos públicos y orgánicos. Aquí lo tienes íntegro: Código Ético completo.

La boda de la niña

La boda de la niña

Hace ya casi una década participé en un curso de Comunicación Política impartido por expertos que habían trabajado para líderes políticos del PSOE y del PP. Me sorprendió que en aquel contexto, un destacado director de Comunicación de un dirigente popular que llegó a ser vicepresidente de uno de los Gobiernos de José María Aznar explicase con pelos y detalles algunas de las causas que motivaron la pérdida de las elecciones (con candidato interpuesto, Mariano Rajoy) en marzo de 2004. Nos habló de la prepotencia del entonces líder de la derecha española, de su soberbia y del hecho de estar fuera de la realidad, factores que intervinieron en crear las condiciones para la derrota, días después de los atentados del 11-M.  A su juicio «la boda de la niña» fue el exponente gráfico de aquél estilo autoritario e imperial. La boda de la hija de José Mª Aznar y de Ana Botella con el prometedor yerno y financiero Alejandro Agag en el Monasterio del Escorial, el símbolo de Felipe II de una España que fue.

Es verdad que ese evento fue la imagen del despropósito, agrandado posteriormente por el famoso paseíllo de la trama Gürtel, invitados de honor a la ceremonia de la sinrazón. La actitud ante el desastre del Prestige, las mentiras de las armas de destrucción masiva y nuestra alianza con los impulsores de la Guerra de Irak, y el engaño en la gestión de los atentados de Madrid del 11 de marzo, pusieron la guinda para aquel cambio en el gobierno que reclamó de forma mayoritaria la gente en las urnas. Amén del resto de despropósitos de unas políticas neoliberales, como la venta de empresas públicas a los amigos del régimen o leyes depredadoras, como la del suelo, que sentaron las bases de la ‘burbuja inmobiliaria’ que habría de venir. Por cierto, al ser preguntado el Gobierno por parte de la oposición sobre cuánto costó la boda la respuesta fue que no había supuesto gasto alguno para el erario público. Luego supimos lo que la Gürtel había aportado al evento y conocemos parte de lo que las Administraciones Públicas han aportado a aquélla.

Mentiras y victimismo

Mientras todo eso ocurría en la política nacional, en nuestro virreinato de la Región de Murcia, Ramón Luis Valcárcel y la red clientelar tejida por el Partido Popular a lo largo y ancho de la sociedad civil campaban por sus anchas. El engaño y la mentira, con una propaganda financiada por los poderes públicos y sus aliados (entre ellos las organizaciones empresariales y las cajas de ahorros que actuaban en connivencia con los amigos del poder), hacían creer a los murcianos que el agua para todos era la solución para esta tierra. A esa gran mentira se sumaron otras, como el victimismo del que ya he hablado en anteriores ocasiones. Las excusas de mal pagador, porque siempre eran y son otros los culpables de la situación a la que nos han llevado. Y en medio de esta situación, las voces que denunciaron en mayor o menor medida la corrupción del sistema político, económico y social, desde el PSRM-PSOE y su grupo parlamentario, a los grupos ecologistas, IU y otros sectores de la izquierda, eran condenadas al ostracismo al ser descalificados con la acusación de ser antimurcianos. ¡Vamos!

De izquierda a derecha, Juan Carlos Ruiz, Valcárcel, Alberto Garre, Cámara y Pedro Antonio Sánchez se dan la mano cerrando el capítulo sucesorio. | Foto: G. Carrión

De izquierda a derecha, Juan Carlos Ruiz, Valcárcel, Alberto Garre, Cámara y Pedro Antonio Sánchez se dan la mano cerrando el capítulo sucesorio, en marzo de este año. | Foto: G. Carrión

Esa ‘boda de la niña’ como imagen de que el cambio de un ciclo, de una época, era un hecho imparable, lo podemos traducir ahora con las revelaciones periodísticas de lo que hasta ahora había sido un secreto a voces: los presuntos casos de corrupción política, urbanística y, sobre todo, social, en medio de una sociedad que miraba hacia otro lado, que no quería reconocer lo evidente, o que se le ocultaba de tal manera con otros temas de la agenda oficial que impedían ver lo que estaba ocurriendo. Y a esas revelaciones, contestadas por sus protagonistas como fruto de una conjura político-judicial-maléfica-judeomasónica y periodística, se le suma el incidente protagonizado por el delegado del Gobierno, ex diputado al Congreso, ex senador, ex parlamentario regional y, sobre todo, ex consejero de varios gobiernos de Valcárcel en los que jugó un papel esencial, amén de su especial cometido en el engranaje electoral y económico del aparato del Partido Popular de la Región de Murcia.

Como bien sabe todo el común de los mortales, y no es cosa únicamente de los expertos en comunicación política, la mentira nunca se puede contar bien. Y las excusas, las justificaciones, la búsqueda de que otros sean los que puedan defender lo indefendible, las mentiras… tienen las patas muy cortas.  Bien sea que una empresa farmacéutica sea invitada a explicar los inexplicables viajes de placer del presidente regional, señora (funcionaria entonces de la Administración autonómica) y cohorte de estómagos agradecidos. O bien que se quiera someter a un mando del Benemérito cuerpo a explicar lo inexplicable de lo sucedido una madrugada en un control de alcoholemia, donde lo más suave que se puede calificar al respecto es de que podemos estar ante un presunto abuso de autoridad frente a quien realizaba su trabajo, y donde, al parecer, consiguieron el objetivo de no ser sometidos al susodicho control.

Algo se mueve

Los hechos de las últimas semanas marcan un antes y un después de lo que ha venido aconteciendo en esta tierra. Los fantasmas conspiratorios ya no se los cree nadie. Sus amenazas y presiones, en ocasiones veladas y, las más, directas y sin pudor, han dado paso a la constatación de que algo está pasando. Quien ha ejercido el poder y la autoridad empieza a sentirse débil. Esta clase de dirigentes políticos está quedando en evidencia con sus modos y maneras, sus connivencias con quien ha manejado los hilos del poder económico, financiero y empresarial… mientras esta Región, sus gentes, sus sectores de la población más débiles iban empobreciéndose y endeudándose. La complicidad dominante hasta ahora parece que puede tambalearse. Porque me pregunto: ¿No hay gente honrada en el Partido Popular, entre sus afiliados, votantes y cargos públicos, que se sonrojen cuando salen a la luz cómo han crecido los patrimonios de algunos de los suyos, cómo se comportan y reaccionan cuando ‘salen en los papeles’ retratados en asuntos, cuando menos turbios, donde se roza presuntamente el delito? Conozco a mucha gente honrada del PP que calla por fidelidad, pero que está empezando a ver que se le ha engañado. ¿Y qué dicen las jóvenes generaciones? ¿Los que aún quedan sin imputación judicial alguna?

Tardará más o menos tiempo. El sistema electoral amortiguará las consecuencias visibles en la confrontación en unas elecciones. Apretarán las tuercas (como lo han hecho a lo largo de veinte años para amordazar a periodistas, medios de comunicación, sectores de la Universidad, organizaciones sociales y políticas), intentarán asustar a la población más humilde con supuestas llegadas de alternativas desestabilizadoras, exigirán que se les devuelvan los favores prestados y muchos mirarán ahora hacia otro lado diciendo que ellos no han hecho nada, que ellos no sabían nada, como si pudiera pasar de rositas este tiempo de ignominia al noble arte de la política, de la gestión de los asuntos públicos. Lo que empieza a vislumbrarse de forma cada vez más clara es quién pagó ‘la boda la niña’ de la prepotencia, la soberbia y el ejercicio caciquil del poder en esta tierra. Es tiempo de quebrar las complicidades. De construir, a partir de que haya una verdadera regeneración moral de la política y del buen gobierno. Desde la honradez y del trabajo en común para tratar de resolver los problemas de la gente, de la ciudadanía, especialmente de quien sufre las consecuencias de estos oscuros y ficticios años de especulación y de corrupción.

Para toda la vida

Para toda la vida

El compromiso social, el compromiso político, es una opción para toda la vida. Para los momentos felices, pero sobre todo para aquellos amargos, marcados por la represión, la violencia, la desesperanza, la persecución… Hoy he vivido en Yecla, en mi pueblo, un sentido homenaje a Pascual Azorín Disla, Pascualico, presidente de honor del PSOE local, con la entrega por parte de su familia de su archivo personal, recopilado a lo largo de sus 96 años de vida, y cinco meses después de su fallecimiento.

El testimonio de militantes socialistas como Pascualico, junto a muchos otros comunistas, anarquistas… es la semilla que nos mantiene vivos, en estado de alerta permanente contra las injusticias. Pablo Iglesias lo dijo muy certeramente allá por el año 1917, un año antes de que naciera Pascual: «Los socialistas no mueren: los socialistas se siembran». ¿Cómo no vamos a seguir su ejemplo si ellos lo dieron lo todo en un contexto mucho más complicado que el nuestro? ¿Cómo podemos caer en la desesperanza? No les haríamos justicia, y de nada valdrían actos como el vivido en Yecla, en la centenaria agrupación socialista a la que tanta vida, tanta entrega, tanta ilusión, tanto esfuerzo… ha dedicado durante toda una vida.

En la imagen, el archivo de Pascual Azorín, entregado a la Agrupación Socialista de Yecla.

En la imagen, el archivo de Pascual Azorín, entregado a la Agrupación Socialista de Yecla.

Los y las militantes antifranquistas no pueden caer en el olvido. No es justo. Es hora de reivindicar la memoria de decenas y centenares de mujeres y hombres que despertaron a la conciencia social en Yecla, en la Región de Murcia, a través de las sociedades obreras, germen de las agrupaciones socialistas y de la Unión General de Trabajadores (UGT). Que se unieron, sí, se unieron, porque sólo unidos somos más fuerte que el adversario, que no es otro, que la incultura, la injusticia, la sinrazón, la ley del más fuerte…

El historiador Aniceto López Serrano, que fue mi tutor en 8º de EGB allá por el año 1977, nos hacía esa llamada a reivindicar la memoria de nuestra gente, de aquellos que iniciaron la senda del compromiso sindical y político a finales del siglo XIX y la impulsaron en los años previos a la Guerra Civil, en el libro publicado en 2010, “Los socialistas en la política de la Región de Murcia”. Nosotros no acabamos de llegar a la política. Nosotros formamos parte de la historia centenaria de un partido que se ha dejado la piel por cambiar la sociedad, por cambiar nuestra tierra, por cambiar nuestros pueblos y ciudades.   

Y Pascual Azorín Disla, Pascualico, forma parte de una larga lista de mujeres y hombres, de yeclanos y de yeclanas, que han demostrado su valentía, su orgullo, su madurez personal y política por encima de las circunstancias. José Pérez, Juan Roses, Salvador Muñoz Bañón, Juan Puche, Rafael Ortuño, Sebastián Pérez Lorenzo, Concepción Ferri… Aquellos que constituyeron la Sociedad de Obreros del Ramo de la Edificación, en junio de 1914, y tres meses más tarde la Sociedad de Obreros Agrícolas, el germen de la Agrupación Socialista de Yecla.

No sucumbieron a los cantos de sirena de las dificultades, ni callaron cuando se les obligaba a ello. Mantuvieron su mirada frente a las adversidades, las injusticias, la explotación laboral… frente a la ignominia del fascismo, del franquismo… y conservaron la llama de los ideales de emancipación para transmitirlos a las nuevas generaciones de socialistas que aún creemos en la urgencia del compromiso político en un Partido Socialista renovado, un Partido Socialista que recoja las aspiraciones de la gente sencilla, de la ciudadanía… para transformar nuestro país, para cambiar esta Región saqueada por la derecha en estos últimos casi veinte años, y por supuesto, para liderar el cambio también en mi pueblo.       

El acto vivido junto a su familia es el mejor homenaje que podemos brindarle a Pascual, que ha conservado el archivo de la vida de centenares de mujeres y hombres que defendieron sus ideales de la mano de la historia y del compromiso de un Partido Socialista Obrero español más necesario que nunca.

En diciembre de 2010 el PSRM lo homenajeó en el Teatro Cervantes de Abarán junto a otros destacados militantes de diferentes lugares de la Región. Él no pudo estar, pero su mirada y su recuerdo brilló con luz propia. Días después le entregué personalmente un recuerdo que le iba a ser entregado en esa conmemoración. Hoy sábado, cinco meses después de que nos dejara tras 96 años de intensa vida, lo recordamos y nos unimos a su mujer, a sus hijas e hijo… al resto de su familia, y sobre todo, a toda la familia socialista yeclana, como reconocimiento de su legado y recogiendo el testigo para mantener viva la llama de la militancia y el compromiso, que no olvidemos, es para toda la vida. “Los socialistas no mueren. Los socialistas se siembran”.

Al llegar a los 50

Al llegar a los 50

Siempre he creído que las cosas no suceden por casualidad. No en el destino, en el sentido estricto de que todo esté ya preparado y dispuesto de antemano. Sería muy triste no poder intervenir en los acontecimientos en los que vamos a participar, o en los que de una u otra forma asistimos, bien sea como protagonistas o como actores secundarios. Ese sentido trascendente de lo que hacemos, de lo que vivimos, de lo que actuamos, lleva aparejadas unas circunstancias que en la mayor parte de los casos nos conducen a saborear experiencias vitales repletas de significado.

En las últimas semanas experimento la llegada a un momento vital marcado por cumplir los 50 años que, a su vez, está salpicado por una serie de hechos que me han brindado la oportunidad de hacer un alto en el camino para evaluar lo recorrido. Es habitual en nuestra atribulada actividad profesional, o en las diferentes facetas vitales, como las familiares, lúdicas o sociales, que nos embarquemos en innumerables proyectos. Proyectos a los que dedicamos tiempo, energía, intercambio de opiniones, validaciones, etc. pero una vez puestos en marcha, o lo que es más grave, una vez desarrollados, nunca son sometidos a una evaluación. A una revisión, a un verdadero análisis del cumplimiento de lo proyectado, si se han cubierto las expectativas, si se han obtenido los resultados esperados, a conocer qué ha fallado -si ha sido el caso-, qué se puede corregir y cómo adecuar los diferentes elementos del mismo para reajustarlo, desecharlo o apostar por él desde nuevos parámetros.

En el ámbito de las Administraciones Públicas -que es el más conozco, o en cualquier otra organización que se precie- es hecho muy común que se inicien planes, proyectos, estrategias, programas… que persiguen grandes objetivos y metas que, en la mayoría de las ocasiones, y a la vista de los resultados, son irreales, y por tanto, inalcanzables. Unos planes se superponen a otros porque los antiguos no han sido evaluados. Apenas se han revisado para saber en qué se ha fallado, dónde estaban los errores y el porqué de la incapacidad en alcanzar las mínimas previsiones. Creo que todos conocemos ejemplos de lo que hablo, bien sea por haber participado en alguno de esos planes estratégicos, o bien por ser un mero espectador y consumidor de los mil anunciados proyectos de lucha contra el desempleo, el fraude fiscal, la economía sumergida, el fracaso escolar o el calentamiento global.

Reconciliarse con lo vivido

Si nos vamos a la vida cotidiana, al devenir por nuestro pequeño mundo, sucede algo similar. Nos sumergimos en el papel que nos toca desempeñar en cada momento (hijo/a, estudiante, joven, trabajador/a, padre o madre, educador/a, abuelo/a…) y buscamos pocas ocasiones para ir evaluando esos tiempos en los que representamos un determinado papel. Siempre encontramos la excusa perfecta para no hacer un alto en el camino, en soledad o acompañado por alguien (sea o no profesional de lo interno del ser humano), un alto en el que podamos mirar el presente desde lo que hemos hecho, desde las decisiones que hemos ido tomando en cada momento. Y no para regodearnos en ellas, o para lamentarnos, o para culpar a otros de lo que hemos vivido o nos sucede. Simplemente para reconciliarnos con nuestras experiencias, con las opciones que hemos tenido que escoger en cada contexto, circunstancia, situación… Y celebrar todas y cada una de ellas. Con acierto o no. Con los resultados obtenidos, hayan sido o no los esperados.

Un momento de la fiesta de cumpleaños / Imagen de Jerôme VAN PASSEL

Un momento de la fiesta de cumpleaños / Imagen de Jerôme VAN PASSEL

Hace escasas semanas celebré mi fiesta de cumpleaños. Llegar a los 50, esa fecha tan redonda, ha servido para mirar hacia atrás. Un recorrido vital con la oportunidad del reencuentro con gente que ha pasado por mi vida en los diferentes lugares que las circunstancias familiares han ido presentando en el camino. Ese reencuentro ha servido, sobre todo, para revivir recuerdos, acontecimientos, decisiones, circunstancias… Imágenes, en definitiva, salpicadas por todas y cada una de las situaciones vitales que recorremos en este tránsito entre el nacimiento y la muerte física. Y aseguro que ha sido una experiencia muy gratificante, del tipo de cualquiera otra que el lector habrá tenido oportunidad en algún momento de vivir.

Uno de los aspectos que más he constatado en estos tiempos de preparación del acontecimiento tiene que ver con las limitaciones físicas que el paso del tiempo va acumulando en nuestro cuerpo. La vista, los reflejos, la pérdida de la rapidez mental y las sensaciones que recorren las articulaciones, el sueño, la libido… En fin, nada raro que no sea simplemente la constatación del paso del tiempo y la respuesta de nuestros órganos, de nuestro cuerpo, a como lo hayamos cuidado en su conjunto. Los milagros, lógicamente, no existen. Por ello, uno se da cuenta, una vez más, de que lo que nos sucede depende prácticamente solo de nosotros mismos. No valen las excusas, ni las culpabilidades ajenas. Somos responsables al ciento por ciento.

Saborear la amistad

Lo vivido queda para uno mismo… y en una parte limitada, para los que nos rodean o comparten etapas de la existencia. La tentación de lamentarse de lo no conseguido, o de haber adoptado decisiones que a la postre se han visto que no eran las más adecuadas, es una realidad que está ahí. Pensamientos que se les miran, se les saludan y se les deja pasar de largo. Ahí están. Son las que se adoptaron en un momento dado, momento en el que eran las que se podían tomar… y ya está. De poco sirve lamentarse, porque la queja paraliza, entretiene, limita el crecimiento y amarga la existencia… y el estómago. Quedan escondidas en el plano más externo aquellas que tienen que ver con las decisiones profesionales o las políticas. No por ello dejo de sentir formar parte de una generación perdida, esa del 64 que era muy joven cuando se vivieron acontecimientos sociales e históricos muy trascendentes en España, y que ahora se ve adelantada por aquellos que vienen detrás. La imagen de hace unos días de Pedro Sánchez y Mateo Renzi es un ejemplo significativo de lo que hablo. Hace un tiempo me servía del lamento. Hoy no.

Y ese lamento queda callado, entre otras razones, porque las coincidencias -que nunca ocurren por casualidad, como bien saben ustedes- me han llevado a saborear el acontecimiento de que mi hijo mayor inicia en pocos días su etapa universitaria. Cumplidos los 18 años se dispone a iniciar unos estudios universitarios que a su padre le encantarían realizar. Una nueva generación pide paso, con incertidumbres que, estoy seguro, no eran muy diferentes a las que teníamos nosotros. Por mucho que caigamos en la tentación de lamentarnos del presente (obsérvese, en este momento, qué parte de responsabilidad podemos tener nosotros al respecto), su tiempo es suyo. De nadie más. Nosotros no tenemos derecho a arrebatárselo. Con las luces y las sombras que cada momento lleva consigo. Yo empecé en la universidad días antes de la victoria de Felipe González en octubre del 82. Él lo va a hacer con los ecos del Mundial de Baloncesto en España. Cincuenta años después de que su padre naciera en el París de la emigración española de los sesenta. Y me siento feliz. Haber formado parte de una familia y crear otra (con una mujer a la que amo y con dos hijos con los que ‘lucho’ a diario) tiene que ver con ello.

Y para terminar, una de las constataciones más satisfactorias de haber celebrado hace unas semanas esos ’50 tacos’ tiene que ver con la amistad. Con los afectos. Con querer compartir este acontecimiento con quienes forman parte de la pequeña historia vital de un ser humano pequeño, débil e incompleto (pero real), como es quien escribe estas letras. Las ausencias físicas de la efemérides no impidieron sentir la cercanía de lo vivido, de lo compartido. Una historia en la que cada persona juega un papel fundamental. Incluso los que murieron cuando les tocaba y nos abandonaron. Sus dulces miradas siempre han estado ahí. Como la ventana que atravesamos cada día para degustar que nos sentimos vivos, con energía, con fuerza -y por qué no, debilidad en ocasiones- y lo más importante de todo: que no estamos solos. Que formamos parte de algo vibrante. Simplemente… de la vida.

El pujolismo de Valcárcel

El pujolismo de Valcárcel

Entrevisté a Jordi Pujol y señora allá por el año 1988, en una visita privada que la pareja realizó a Elche, y coincidiendo con el recorrido que ambos realizaron al Huerto del Cura. A la afabilidad del entonces Molt Honorable presidente de la Generalitat se unía el halo del carisma que irradiaba este personaje tan crucial de la entonces laureada transición democrática. Entendías por qué decir Pujol era decir Catalunya, o por qué asumía que cualquier ataque a sus políticas, decisiones o medidas de cualquier signo eran en seguida equiparadas con una actitud contraria a la nación catalana. Desde entonces -y mucho antes-  y hasta la fecha, Pujol ha despertado filias y fobias. Su confesión de hace unos días ha acabado con cualquier resto de simpatía que quedase fuera de Cataluña. Ha destrozado la imagen del seny catalán o sensatez y sentido común del que siempre ha hecho gala frente a la supuesta irracionalidad, radicalismo o fundamentalismo españolista.

Valcárcel

El presidente Valcárcel junto a sus ‘colegas’ de Valencia, cataluña y Baleares, en una visita al Senado.

Salvando las distancias políticas de quien fue antifranquista y sufrió consecuencias por ello, y quien ha formado parte de la burguesía de la ciudad de Murcia, encuentro entre los ex presidentes  Jordi Pujol y Ramón Luis Valcárcel un punto en común que visto en este contexto creo que merece la pena resaltar. No es otro que haber asumido en primera persona la identidad de la tierra que han gobernado con un amplio respaldo popular, 23 años el primero y 19 el segundo.  Y esa asunción de ser Cataluña o de ser Murcia les ha llevado a considerar que cualquier crítica a sus políticas, a su gestión, a sus decisiones, eran un ataque a sus regiones, a sus gentes, a su identidad nacional, si se me permite. Las escenas en el balcón de la Generalitat acusatorias contra el Gobierno de España, e innumerables declaraciones públicas, tenían un mensaje nítido: quien le ataca a él atacaba a Cataluña, a lo que representaba como nación, como signo de identidad de sus gentes y de su historia reciente.

En nuestro caso particular, cualquier ataque a las políticas desarrolladas desde 1995, en especial las críticas a las sustentadas con la mentira del ‘Agua para todos’ tenían respuesta por el supuesto antimurcianismo de quienes osaban ofrecer otras alternativas. Un ataque que era coreado por un ejército de seguidores, estómagos agradecidos y cómplices de los desaguisados cometidos en estos años de mayoría popular valcarciana  que aún sufrimos en la Región de Murcia. Valcárcel, al igual que Pujol, han compartido muchos años la misma estrategia, al empuñar la idea del ataque de un enemigo exterior. A veces hasta el extremo de que el primero, el murciano, ha desacreditado de manera soez y maleducada al catalán, pero en este caso Pasqual Maragall, por su rechazo al Trasvase del Ebro, como ocurrió en febrero de 2004.

Y la estrategia del enemigo exterior ha sido llevada hasta el extremo de acusar a los propios políticos catalanes o murcianos de la oposición de ser anticatalán o antimurciano. Vamos, el colmo de la exageración, pero siempre con buenos resultados, porque un planteamiento tan simplista es capaz de calar en el imaginario colectivo de amplias capas de la sociedad. Especialmente las más fáciles de convencer de argumentos tan falaces.

En la Región de Murcia, hasta hace muy poco, quien denunciara los errores y excesos del ‘boom inmobiliario’ o los casos de corrupción era acusado, en primer lugar, de ser antimurciano. No digamos si la crítica se dirigía a que el problema del agua no respondía, objetivamente, a como desde el aparato mediático y propagandístico del Gobierno regional se pretendía. Un aparato, por cierto, que casi siempre encontró un amplio eco y seguimiento en la mayoría de los medios de comunicación , líderes de opinión y sociedad civil murciana (especialmente, en este caso, ligada a los poderes económic0s y empresariales, pero no solo a aquellos) . Tres patas de una misma moneda que, en el fondo, no querían sentirse al margen de ese nacionalismo murciano auspiciado por el PP regional y sustentado en un victimismo que tan buenos resultados electorales, políticos y económicos les ha venido ofreciendo a sus dirigentes más representativos.

Todo se ha desmoronado en torno de la figura de Jordi Pujol, su esposa Marta Ferrusola, y los hijos de ambos. Está por ver, pero todo apunta a ello, de que su partido y gran obra (Convergencia Democrática de Catalunya) puede sufrir graves consecuencias. De hecho, el proceso soberanista ya no va a ser igual que antes de la confesión. Pero Jordi Pujol está apartado de la política activa, aunque fuese el presidente de honor del partido.

PRESENTACIÓN NOVO CARTHAGO

Presentación pública de la urbanización Novo Carthago, en junio de 2003, cuando al parecer aún no había superado las autorizaciones medioambientales correspondientes.

En el caso de ex presidente murciano, sigue en la política activa, ya que es eurodiputado (uno de los 14 vicepresidentes del Parlamento Europeo) y presidente regional del PP murciano. Tres ex consejeros de sus gobiernos están imputados por el caso Novo Carthago, urbanización promovida por la empresa Hansa Urbana en el Mar Menor, a cuya presentación en sociedad asistió en junio de 2003 junto a su esposa, Charo Cruz. A raíz de la última imputación, en la persona del delegado del Gobierno y ex consejero Joaquín Bascuñana, Ramón Luis Valcárcel parece ser que acusó a la prensa, a la fiscalía (o un sector de la Justicia) y a los socialistas del PSRM-PSOE de una supuesta conjura contra el PP. Le faltó muy poco para acusarlos de antimurcianos. Vamos, a lo Pujol.

Tiempo de cambiar

Tiempo de cambiar

En la consulta del pasado domingo apoyé la candidatura de José Antonio Pérez Tapias. Lo hice porque creo que uno de los errores que hemos cometido en los últimos años ha sido abandonar los principios del socialismo democrático, un hecho condicionado por la acción de gobierno y, entre otras causas, por la negativa a asumir una crisis/estafa económica que estaba a las puertas en medio del boom inmobilario y de consumo desenfrenado porque permitía unos niveles de ingresos a las arcas del Estado increíbles. A ello había que sumar la falta de un proyecto socialdemócrata para el conjunto de Europa, en un contexto de globalización al que no sabemos cómo hacer frente. Si a este cóctel le incluimos unas estructuras organizativas anquilosadas, una militancia demasiado acostumbrada a que otros decidan por ella y a un liderazgo cuestionado desde hace tiempo, el resultado no podía ser menos que el que obtuvimos en las últimas convocatorias electorales.

Pero una vez celebrada la consulta -que no olvidemos se produce tras un sonoro fracaso en las europeas-, y en el interregno de los congresos regionales previos al extraordinario de los próximos 26 y 27 de julio, no viene mal hacer un breve alto en el camino para reflexionar sobre lo que vamos a hacer en los meses siguientes. Sobre todo en el terreno de lo cercano, de lo regional, de lo local. Creo que se abre un período muy interesante en el PSOE a nivel federal, con un nuevo secretario general respaldado por una gran parte de la militancia, en un proceso democrático limpio, donde cada uno ha jugado sus cartas, y donde creo que no se han reabierto heridas, sino todo lo contrario. Esto de la democracia, como lo de la transparencia, tiene su miga. Sobre el papel todos somos democráticos y transparentes… hasta que nos toca más directamente. Porque jugar con esas cartas tiene consecuencias. Y algunos compañeros y compañeras prefieren las viejas prácticas, porque requieren menos esfuerzo y debate.

Una vez elegido a nuestro secretario general (aunque ahora tan solo sea a través de una consulta y haya que esperar al Congreso Federal para que sea ratificado), debemos permanecer alerta para que la dirección responda a lo que la consulta ha reflejado y, sobre todo, a lo que la militancia ha ido expresando en los actos públicos de los candidatos y, en especial, en los debates y resultados de aquella Conferencia Política que parece tan lejana y que merece la pena refrescar de nuevo. Creo que debemos activarnos -si se me permite la expresión- en un doble sentido: por una parte, en participar en el debate político para construir una alternativa política teniendo en cuenta la situación de la gente, las consecuencias de la crisis/estafa, con un programa netamente socialdemócrata, con reformas de las de verdad, sin miedos… acompañadas de una pedagogía clara a la hora de explicarlas y hacerlas presente en los sectores más castigados de nuestra sociedad. Por otra, implicarnos de lleno en un cambio democrático y participativo de la acción política a través de nuestra organización, nuestras agrupaciones, nuestras estructuras como partido político, renovando los mecanismos de debate y de toma de decisiones. Dejándonos caer de nuevo, como ya lo hicimos hace años, en una verdadera política a pie de calle. Recuperando parte de lo que fuimos y que nos permitió ser referente de grandes masas de ciudadanos que querían formar parte de un proyecto de cambio.

Sinceramente creo que estamos en un gran momento de cambio y que se dan las mejores condiciones -dentro de la gravedad de la situación política- para que todos y todas pongamos de nuestra parte. La carta que Pedro Sánchez nos ha dirigido a la militancia socialista apunta buenas maneras para hacer posible esto de lo que hablo. Que dejemos de mirarnos el ombligo y salgamos a dar respuesta a lo que la ciudadanía nos pide. Si la nueva dirección política (Comisión Ejecutiva y Comité Federal) es un espejo de lo que los afiliados y afiliadas hemos demostrado estas semanas, así como de los aires de cambio, renovación y ejemplaridad que reclaman los millones de simpatizantes socialistas y progresistas que nos han votado en el pasado, podremos volver a reencontrarnos con nuestros orígenes y nuestra identidad en la izquierda y en el progreso de nuestro país.

¿Y qué pasa en nuestra Región?

Pues si coincidimos en que se abre un proceso esperanzador en el panorama nacional, las y los socialistas murcianos no debemos volver a caer en los errores del pasado. Debemos desterrar ya, de una vez por todas, esa cultura política (por llamarla de una manera) cainita, ‘asesina’ (aunque suene fuerte) e injusta de crucificar al otro por intereses que muchas veces son espurios. Esas prácticas de las ‘mesas de camilla’, merced a las cuales un grupo selecto y especial (por no sé qué condiciones o supuestos éxitos de un pasado que mi hijo mayor, que ya vota, no conoce) decide lo que es mejor o peor para establecer la lista de candidaturas y de estrategia política. Eso sí, siempre y cuando les pille a ellos en aquéllas, porque se sienten salvadores de las supuestas esencias del socialismo murciano. Ese que es capaz de devorar a sus hijos, cual Saturno cualquiera. Y lo grave del caso, con la complicidad de la mayoría de la militancia.

Pedro Sánchez, junto a María González, en Los Desayunos de TVE cuando coordinaban los debates de la Conferencia Política.

Pedro Sánchez, junto a María González, en Los Desayunos de TVE cuando coordinaban los debates de la Conferencia Política.

Si de verdad no queremos otra vez quedarnos fuera de juego creo que hay que hacer un verdadero esfuerzo de generosidad, de seriedad, de compromiso en los ideales transformadores y de cambio de la realidad, por encima de los intereses personales y a corto plazo. La gente está cansada de nuestras luchas internas, de nuestra cortedad de miras, de cómo desacreditamos a nuestros compañeros y compañeras. ‘Si ni ellos se quieren entre ellos, cómo pretenden que los queramos nosotros’, vienen a decir nuestros ciudadanos cuando contemplan nuestras batallas sinsentido. Porque no nos engañemos. Sufrimos un grave problema de credibilidad, de que se nos vea como alternativa a las políticas del Partido Popular. De un PP que casi veinte años después de llegar a las principales instituciones de la Región de Murcia, se ha retratado con su verdadero rostro. Un rostro que mantenía un liderazgo mesiánico, como era el de Valcárcel, al pairo del reparto de las prebendas del poder y de la desintegración de la oposición. El poder ya no da más de sí, porque en época de escasez se ven las miserias de quien de verdad se ha llevado sus beneficios, y el gran líder ha escogido su retiro dorado en las instituciones europeas después de dejar esta tierra en el estado en que se encuentra. Ni sus más fieles seguidores le guardan ahora el respeto, porque se han dado cuenta, por fin, de quién era él, y de quién estaba acompañado. ¿Hasta cuándo aguantarán los imputados en su nombre? ¿No hay honradez, de la de verdad, en las filas del PP?

Volviendo a lo que de verdad me interesa en estos momentos, como militante de base comprometido en un partido político que aún tiene mucho que decir, creo que en nuestra Región ha llegado el momento de implicarse con fuerza en un cambio político que se merecen nuestros hijos, nuestra gente, los que peor lo están pasando. Un cambio que debemos protagonizar con seriedad, con altura de miras, con responsabilidad. Dejando de lado las heridas del pasado, las familias de procedencia, los liderazgos sin sentido, la cortedad de objetivos y las venganzas por batallas del pasado no resueltas. Hace unos meses elegimos democráticamente un candidato a la Presidencia de la Comunidad. No lo estemos cuestionando continuamente. No seamos tan destructivos. Construyamos, en primer lugar, una verdadera alternativa de gobierno, con medidas eficaces para la gran mayoría de la ciudadanía. Nuestra conferencia política regional puede ser la gran ocasión. Y luego conformemos equipos solventes y creíbles para nuestros municipios y para las circunscripciones de la Asamblea Regional que respondan a los nuevos tiempos, con nuevos discursos, con nuevos estilos y con generosidad y confianza. Lo ideal es que cada uno, cada una, de los y las militantes nos miremos seriamente dentro y reconozcamos qué parte de responsabilidad tenemos en todo lo que nos ha pasado estos años. No vale con culpar siempre a los otros. Eso es de cobardes. Se trata de construir, no de derribar. De poner lo mejor de nosotros mismos, de nosotras mismas, en función del noble interés de la política. Ha llegado ya el momento, ¿no te parece?

Carta a los candidatos

Carta a los candidatos

El Grupo Federal de Cristianos Socialistas, del que formo parte junto a otros muchos militantes y simpatizantes del PSOE distribuidos en red en prácticamente todas las federaciones y comunidades autónomas, hemos reclamado en una CARTA A LOS CANDIDATOS  a la Secretaría General –Pedro Sánchez, Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias– la necesaria recuperación de la credibilidad ante la ciudadanía, “una cuestión de crédito moral” porque “en ocasiones hemos actuado contra nuestro principios”. (más…)

Sobre las europeas

Sobre las europeas

Parto de la base de que soy militante del PSOE en la Región de Murcia. O sea, que asumo formar parte de un proyecto político con todas las consecuencias. Pero también de que eso no impide que tenga criterios propios, equivocados, quizá, pero son míos. Única y exclusivamente. Y que mi pasión por la política no se ha quedado nunca en el hecho de pagar religiosamente mi cuota, participar de la liturgia de un partido de la izquierda tradicional y emplearme a fondo en las contiendas electorales. Es más, si solo hiciera eso no estaría haciendo política. Siempre me ha gustado participar en el mundo de los movimientos sociales, y sobre todo, tener claro que la política no es una profesión sino una apuesta porque las cosas cambien de verdad. Desde las actitudes personales hasta los entramados institucionales. Y termino: teniendo en el horizonte la opción por los últimos, por los más castigados del sistema, por quienes no suelen tener voz. Por quienes no cuentan. De esta parte hay un culpable: Jesús de Nazaret. De las otras también, pero dejémoslo ahí.

La lectura de urgencia de las elecciones europeas celebradas el domingo me lleva a varias constataciones. En clave general, en el conjunto de España, las señales son claras: el bipartidismo deja de ser el referente; el PSOE precisa de una verdadera y urgente refundación -sin complejos y medias tintas- porque no somos lo mismo que el PP, pero para la gente nuestros líderes y nuestra política están en el mismo saco; Izquierda Unida no puede darse por satisfecha porque reproduce prácticamente los esquemas de la izquierda tradicional y Podemos ha sabido recoger el descontento y la necesidad de la gente de encontrarse con la política de otra manera.   Todas estas afirmaciones precisan de análisis más sosegados pero no valen las medias tintas, ni las interpretaciones enrevesadas que suelo escuchar entre dirigentes de mi partido, tanto a nivel nacional como en el caso de la Región de Murcia, donde vivo.

A esos análisis de alcance nacional hay que sumar los de pie de calle en los pueblos y ciudades en los que habitamos. En el caso de Murcia se produce un hecho singular. O varios. De una parte, que la hegemonía del PP ha sido quebrada. No me vale la excusa de que como gobierna, ha pagado el precio. Claro que sí. Gobierna y ha reflejado los modos y maneras de una sociedad que les ha consentido mucho. Que ha creído en sus falsos mensajes de que nos ha faltado el agua, que nos la quitó Zapatero y que la solución pasaba por el boom inmobiliario y por hacernos ricos. Hay más argmentos, pero valgan esos más simples. Y además esa quiebra tiene un punto central: la figura de Ramón Luis Valcárcel. El presidente que se marchaba a Europa después de dejar una Región en la ruina (con las complicidades de una sociedad que en su mayoría ha preferido mirar hacia otra parte durante años) no ha sido capaz de recoger algo de apoyo de su legado. Ese 37,4 por ciento de votos le hace ser el partido más votado y ganador, pero hace cinco años ese porcentaje era del 61 por ciento. Algo serio se ha producido. Algo ha cambiado.

El PSRM-PSOE, sin embargo, no ha subido nada. Seguimos sin ser vistos por la gente como una verdadera alternativa de gobierno. O al menos una alternativa seria de oposición a la derecha murciana y a su complaciente mayoría de la sociedad civil. Nuestro liderazgo es difuso y somos vistos como un partido más del entramado institucional establecido. Sé que suena fuerte, pero por favor, que las ramas no nos impidan ya ver el bosque. Es hora de hacer frente, de verdad, a una realidad que nos negamos a asumir.

A nuestra izquierda hay una que ha subido mucho, IU, pero que a mi juicio tampoco se puede dar por satisfecha, porque a su lado hay también mucha gente joven, progresista, indignada e implicada en que las cosas cambien que tampoco se siente representada por sus dirigentes. Me aventuro a decir que es porque se mueven bajo similares arquetipos que los que tenemos en el PSRM: pensamos que somos los llamados a encabezar los cambios desde formas y maneras tradicionales, a como lo hemos hecho en tiempos pasados… Y la cosa no va por ahí. Ya no valen los viejos análisis, las estructuras caducas de las organizaciones políticas, la cooptación de los líderes. Sí, sí, la selección realizada por cuotas y afinidades (o sumisión) a los dirigentes.

Finalizo este primer análisis de urgencia. O abordamos de verdad la reforma de las estructuras, los modos y maneras de hacer política desde los partidos tradicionales de la izquierda, o se aumentará la brecha con los ciudadanos. Me niego a formar parte de eso que algunos llaman ‘la casta’, porque no me resisto a cambiar las cosas, a cambiar la situación de esta sociedad desigual y excluyente. No quiero ser cómplice y creo que debemos trabajar por construir otras alternativas. En ese camino creo que debemos encontrarnos mucha gente. Pero sin prejuicios. Sin actitudes preconcebidas de ir de listos y expertos por la vida. Porque estamos cansados de los expertos, de los que llevan en las estructuras de los partidos y las instituciones desde hace más de veinte años, de los que miran por encima del hombro porque se sienten especiales. Esos sí son de la casta. O quienes desde su juventud biológica han sido educados por unos mayores a los que quieren imitar por encima de todo. Es hora de hablar, de debatir, de reflexionar… y sobre todo, de establecer puntos de encuentro y mover estructuras. De hablar menos y de demostrar más, en el día, que de verdad se desea un cambio.

Y escribo esto antes de conocer la rueda de prensa de Rubalcaba en la que ha anunciado la celebración de un congreso extraordinario que pretende elegir una nueva dirección. Las incógnitas se disparan. Y tiempo habrá.

Vuelta a la universidad (I)

Vuelta a la universidad (I)

Dieciséis años después, que ya son años, he vuelto como alumno a las aulas de una Universidad. Se trataba de esa asignatura pendiente que tenemos algunos de los que pisamos un día una facultad. El escenario es similar al que encontraba un chico de provincias en  aquellas frías clases de comienzos de los 80. Miguel Ríos cantaba entonces para el PSOE el Himno de la Alegría en el Paraninfo de la Ciudad Universitaria, rodeado de ilusiones y esperanzas de un cambio que dicen que llegó, pero que se esfumó por la puerta de atrás. Hoy el cantante granadino sigue erre con erre pero con más canas, igual sonrisa profidén y algo entrado en años. (más…)

Equivocarse

Equivocarse

Una de las lecturas juveniles que más me impactó no fue un libro de literatura. Tampoco de ciencia-ficción. Fue un libro que repasaba, desde la teología, a los principales filósofos y pensadores sociales del XIX y de las primeras décadas del siglo pasado. El autor, Hans Küng, se preguntaba en el título del voluminoso texto sobre si “¿Existe Dios?”, cuestión que más o menos cualquier mortal se ha preguntado en algún momento de la existencia. El teólogo desmenuzaba el pensamiento de Hegel, Nietzsche, Feuerbach, Marx y Freud, entre otros, acerca de lo que cada uno de ellos había reflejado en sus teorías sobre el devenir del Ser Supremo. Y lo hacía de una forma tan amena que creo que es la única vez en la que pude desgranar parte del cuerpo doctrinal de estos autores.

La escena que recuerdo con especial cuidado es aquella en la que describe las últimas jornadas de vida del padre de la psicología moderna. En el lecho del dolor, aquejado de un cáncer de paladar avanzado y cubierto con unas telas para ahuyentar a las moscas, se acercó a la eterna pregunta del ser humano sobre la existencia del Todopoderoso. Y Küng interpretaba, si mal no recuerdo, que en el médico austríaco se produjo una especie de conversión hacia la creencia en ese Dios que la filosofía de finales del XIX y de la modernidad en general no entreveía en este mundanal recoveco del sistema planetario. Como dirían algunos, “yo no estaba allí con el candilico”, pero esa imagen reconstruida en la imaginación de una romántica mente podía dar lugar a interpretar -como de hecho la dio en mí- que en una situación tan dramática como aquella se produjese un acercamiento a la trascendencia.

Parece ser que los mortales necesitamos vivir situaciones límite para reconciliarnos con los otros, despertar de nuestro particular sueño dogmático o darnos cuenta, sin más, de todo aquello que en vida hemos sido incapaz de abordar. Estas circunstancias se producen en especial cuando nos asalta una enfermedad, una tragedia no anunciada o comenzamos a verle la cara a esa señora que llega para el tránsito hacia otra dimensión. Es entonces el momento en el que nos miramos -o nos miran- sobre todo aquello que está en el apartado del “debe”, porque nunca acababa de saltar hacia la columna del “haber”. Esta última casi siempre suele estar más vacía de lo que sería conveniente.

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Complicidad necesaria

Complicidad necesaria

Comienza en la Región de Murcia una nueva etapa política, ya que hace menos de una semana que se ha producido un cambio en la Presidencia del Consejo de Gobierno. Tras casi 19 años al frente, Ramón Luis Valcárcel formalizó su abandono como presidente de la Comunidad para incorporarse a la lista del Partido Popular para las elecciones al Parlamento Europeo del próximo 25 de mayo. Aunque ya lo intentó hace cinco años, diversas circunstancias impidieron entonces que se produjera esta marcha. Las últimas semanas han estado, pues, plagadas de análisis sobre los supuestos ‘logros’ que obran en la actividad de uno de los barones regionales más longevos en cuanto a la gestión de los asuntos políticos de nuestras autonomías. La verdad es que el panorama no puede ser más desalentador. Me quedo con algunos análisis que hemos leído estos días y otros que ya se publicaron hace meses, como el de Patricio Hernández, miembro del Foro Ciudadano, una de las pocas voces críticas de la sociedad civil murciana de las últimas décadas.

Una realidad que tiene, sin ir más lejos, la imagen de un aeropuerto sin aviones, una desaladora que no funciona como tal a precio de oro, una economía intervenida y con una deuda de más de 6.000 millones de euros, una política medioambiental bloqueada por Bruselas, una brecha social de primera magnitud y unos niveles de pobreza y de bajo nivel cultural elocuentes. Pero aún siendo todo ello grave y unas pocas muestras del fracaso como Región, como gestión política y, sobre todo, como gestión desde el gobierno para el beneficio de unos pocos, lo más grave, si cabe, es que todo esto no se hubiera podido ejecutar sin la complicidad de una gran parte de la sociedad a la que se deben nuestros responsables públicos. Y este es el eje que me lleva ocupado en los últimos meses para intentar encontrar una explicación a todo este desaguisado.

Complicidad que permite vivir en un sistema corrupto y caciquil desde hace varios lustros, amparado por los diferentes estamentos -si se me permite la expresión- que van desde la propia mayoría absoluta que el PP ha ido consolidando e incrementando convocatoria electoral tras convocatoria, pasando por aquellas instituciones o colectivos que podían haber hecho otra cosa. Algunas voces hablan de que este sistema caciquil nunca ha desaparecido en estas tierras desde el siglo XIX hasta la fecha. Y por supuesto, y aquí está el meollo de lo que trato de explicar, de la complicidad personal, individual, al nivel que cada uno de nosotros y de nosotras tenemos. Es verdad que no podemos caer en una acusación generalizada, porque todos no tenemos la misma responsabilidad, ni potestad, ni capacidad para influir en unas u otras decisiones. Pero no podemos negar que si hemos llegado a donde estamos es porque en algún momento se ha mirado a otro lado.

Empecemos por la política institucional. Los poderes legislativo y judicial no han ejercido de contrapeso o de control del ejecutivo. Especialmente el que debía llevarse a cabo en la Asamblea Regional. La mayoría absoluta del Partido Popular ha impedido auditar la gestión del Gobierno. Cualquier intento de control quedaba finiquitado de inmediato. El hecho de que nuestro parlamento regional sea el menos transparente de España es un buen ejemplo de lo que estamos diciendo. En este plano de la política institucional sitúo, lógicamente, a nuestro sistema de partidos. El PP de la Región de Murcia ha sido y es un partido presidencialista, sin democracia interna, sin apenas debate y sólo al dictado de su máximo dirigente, a la sazón, presidente de la Comunidad Autónoma. La figura del número 2, su secretario general, Miguel Ángel Cámara, apenas ha contado en este tiempo. Enfrentado desde al menos el año 1991 a Valcárcel, una vez que éste toma las riendas del partido a comienzos de esa década se establece un acuerdo tácito: algo así como ‘tú a la Glorieta y yo a San Esteban’. Y así ha sido hasta la fecha. Un PP que consiguió sumergirse en todos los sectores de la sociedad civil, especialmente en los ambientes más populares que hasta entonces siempre parecían relegados a la gente de izquierdas y progresista (asociaciones de vecinos, AMPAS, de la Tercera Edad, culturales, etc.).

Frente a ese partido hegemónico, un Partido Socialista de la Región de Murcia (PSRM-PSOE) -del que formo parte, no lo oculto- que entregó el Gobierno de la Región en el año 1995 por sus disputas internas y por estar más empeñado en consolidar sus cuotas de poder orgánico que en estar cercano a los ciudadanos. Esa es la gran tragedia -y por ende, la parte de complicidad con esta situación- que ha vivido el principal partido de la izquierda murciana hasta prácticamente nuestros días. Es verdad que ha habido intentos de cambiar el rumbo. Que se han impulsado loables intentos de dar un giro a esta inercia autodestructiva, pero los esfuerzos han resultado baldíos, al menos hasta el momento. Unas veces porque el discurso no se correspondía con la realidad. ¿Cómo se puede denunciar el modelo de desarrollo del ‘boom inmobiliario’, por una parte, mientras que en algunos de los ayuntamientos donde se gobernaba se impulsaban los convenios urbanísticos para crecer sin control? ¿Y atacar la corrupción, cuando ésta también afectaba a antiguos dirigentes socialistas? En definitiva, frente a un PP prepotente y caciquil, los ciudadanos no han visto al PSRM como una alternativa fiable, porque ese ha sido el gran problema: la falta de credibilidad. Y lo que es más grave: aún queda camino por recorrer para cambiar una cultura política marcada por las cuotas de poder interno y, desgraciadamente, por la toma de decisiones en una mesa de camilla en la que siguen sentándose muchos de los mismo protagonistas de aquella debacle del 95 (y sucesivas) con el único objetivo de optar a alguna de las migajas de los cargos públicos que se repartan. La historia vivida no ha servido, de momento, para aprender de los errores. O al menos para despejarlos completamente.

Complicidad

Imagen que circuló hace unos días en las redes sociales cuando se materializó la dimisión del presidente Valcárcel.

La complicidad de la que hablamos ha sido muy patente en otras esferas de la sociedad civil. Una gran parte del tejido asociativo se ha visto implicado en formar parte de la red clientelar a través de la política de subvenciones promovida por las diferentes administraciones públicas. Una red que, por poner un ejemplo, permitía nombrar madrina de una federación de discapacitados a la esposa del presidente Valcárcel. Los ejemplos son innumerables. Como el hecho de que mientras se ejecutaba la regresiva política de recortes o parálisis de la Ley de Dependencia, se incorporaba a las listas del PP a destacados representantes de ese mundo asociativo para ‘vender’ la imagen de que se apostaba por ellos.

Las voces críticas con la situación que se ha vivido durante casi dos décadas en la Región de Murcia procedentes del mundo universitario han sido acalladas, cuando no estigmatizadas, porque no coincidían con el discurso oficial. Un buen ejemplo son los análisis e investigaciones desarrollados por expertos en Ecología o en diversos ámbitos del análisis económico. Un caso muy reciente de lo que hablo tiene que ver con el hecho de dejar de lado los trabajos desarrollados en torno a la regeneración de la Bahía de Portmán, con una licitación de obras basada en criterios puramente economicistas que demuestran el escaso interés en abordar en serio este proyecto, frente a la opción del puerto de contenedores en El Gorguel. En ocasiones hasta las propias instituciones universitarias se han visto desbordadas por la creación de campus de difícil justificación, sólo porque los intereses partidistas así lo establecían. Quizá en los últimos años las universidades públicas han estado más preocupadas en sobrevivir y reajustar, debido a los recortes promovidos desde el Gobierno regional, que a generar o fomentar el debate público y la reflexión de hacia dónde vamos. Mientas tanto ha brotado una universidad privada, la UCAM, con apoyos innegables desde el poder político y económico, refugio de muchos alumnos que no han podido acceder a las universidades públicas y de un profesorado que trata de sobrevivir en medio de esta jungla en la que se ha convertido el mercado de trabajo. Pero aquí la irresponsabilidad del control político a la hora de planificar la política educativa universitaria es inmensa. ¿Cómo se ha podido permitir la proliferación de determinados estudios para un mercado que era y es incapaz de asumir a los nuevos titulados?

De esa complicidad tampoco han estado ausentes los medios de comunicación. En su inmensa mayoría han formado parte del entramado social y político que ha mantenido en el poder al partido gobernante en la Comunidad y en la inmensa mayoría de los ayuntamientos. Salvo honrosas excepciones, ha seguido a pies juntillas los argumentarios y manipulaciones impulsadas desde el Gobierno, como las campañas del ‘Agua para todos’ o los supuestos agravios del Gobierno de España con la Región, siempre y cuando gobierne el PSOE, lógicamente. La prensa regional pocas veces ha ejercido de contrapeso, con la función social que, en teoría, tenía atribuida como cuarto poder. Las empresas que sustentan a los medios han preferido participar de la parte de la tarta de la publicidad institucional -o del reparto de licencias de radio y televisión, en su momento- que poner cordura y objetividad ante lo que ha venido sucediendo. Algunos de sus trabajadores han sufrido en su carnes lo que supone ejercer el periodismo de verdad. Al final han optado por la autocensura. Y los profesionales de los medios públicos, de nuevo salvo muy pocas excepciones, han servido a quienes creían que les pagaban: los políticos en el poder, cuando en realidad quienes lo han hecho y lo hacen son los ciudadanos a los que deben servir.

Algo parecido a lo que en buena parte ha ocurrido en las Administraciones Públicas. El clientelismo también se ha ejercido, lamentablemente, entre una parte de los empleados públicos. Sin la complicidad de algunos funcionarios, más preocupados en su carrera profesional al pairo de los cargos públicos colocados en esos puestos no con criterios de profesionales como gestores públicos, no se hubieran amparado gastos superfluos e intentos de los desaguisados urbanísticos o medioambientales que se han impulsado desde las esferas de poder económico de la Región. No quiero negar, sin embargo, que ha habido y hay empleados públicos que han ejercido su trabajo con la profesionalidad que se le exigía, y han sufrido por ello. He conocido personalmente a algunos de ellos y en estos momentos me siento muy orgulloso de formar parte de un colectivo que tiene en su punto de mira a la ciudadanía como sujeto de su trabajo. Pero en ámbitos como la sanidad o la educación, o en otros de los servicios públicos, mucha gente ha contribuido con su mal hacer a la situación en la que nos encontramos. Su gestión ha respondido más a criterios individualistas y de connivencia con el poder político que al interés general.

Reconozco que faltan más esferas de la sociedad civil que han sido cómplices, juez y parte, para llegar a donde lo hemos hecho. Incluyo a las instituciones eclesiales, al mundo creyente, del que formo parte. Más interesado y preocupado a veces en mantener ciertos privilegios y no poder determinadas cuotas de poder temporal, cultural o de las conciencias, que en ejercer de voz de los sin voz, de estar más cerca de los que más sufren y de actuar -y no callar- desde la denuncia profética para cambiar las cosas. Este mundo ha participado de esa red clientelar al pairo de las subvenciones, muchas de ellas dedicadas más a la restauración del patrimonio que a la acción social. O el mundo sindical, en ocasiones impotente para acercarse a las nuevas realidades del mundo del trabajo, y más preocupado de no perder espacios de protagonismo con fórmulas y prácticas trasnochadas, con actuaciones personales que no distan mucho de las que se criticaban a los gobernantes. Como en todas las esferas hay excepciones, pero no por ello quiero dejar de lado poner negro sobre blanco estas realidades. Aún quedan recuerdos de la firma de acuerdos con  el Ejecutivo de Valcárcel que nunca se cumplían, algunos en vísperas de citas electorales.

En definitiva creo que lo podemos aprender de esta etapa oscura de nuestra realidad más cercana es un hecho que, por obvio, no es menos significativo: la conciencia personal, la autenticidad, es la clave que puede hacer cambiar el mundo. Nuestros pequeños mundos de lo cotidiano hasta el gran escenario de las decisiones globales. Quien no declara el IVA, habla con el móvil mientras está conduciendo, no cumple su horario de trabajo, se salta una lista de espera, no mantiene su palabra o es incapaz de reconocer un error y pedir perdón, es tan cómplice como el que ordena una matanza, toma una decisión injusta que afecta a millones de personas o se enriquece a costa de destruir la tierra. Quedan abiertos nuevos frentes para el análisis, menos afectados por la urgencia de los acontecimientos. El problema es que hablamos de hipotecas de difícil cumplimiento.

Generaciones

Generaciones

Los hijos del “baby boom” de mediados de los 60 no entendemos prácticamente nada. Nacimos cuando el Madrid paseaba sus glorias por Europa con media docena de trofeos que, para mayor gloria de los que somos merengues, ahora hemos vuelto a conquistar. Observamos a nuestros vecinos de generación apuntarse a los deseos de cambios políticos y sociales, y hemos tenido que ir a remolque de sus lúcidas visiones de lo que era políticamente correcto. Ahora estamos hechos un  lío, con este mar de dudas sobre lo que es o no es la actividad pública. En realidad llevamos ya varios años intentando comprender el porqué nos meten en un saco para el que no hemos sido llamados. Es decir, conocer de verdad las razones mediante las cuales se alzan en nuestra representación pública sin apenas habernos dejado decir “esta boca es mía”. (más…)

A-Garre-se a lo que pueda, señor Valcárcel

A-Garre-se a lo que pueda, señor Valcárcel

Ni en su peores sueños podía imaginarse el ‘almirante’ de la nave de Murcialandia, Ramón Luis Valcárcel, que su sucesión iba a estar marcada por elementos que él no controlase desde su despacho de San Esteban. O desde la terminal de cualquier aeropuerto, a excepción del de Corvera.  Pero ha resultado que unos ingenuos magistrados le han seguido al juego al PSOE de Puerto Lumbreras y mira tú que me han imputado a mi hijo bien amado. Aquél al que he estado alimentando desde sus tiempos de becario de Políticas y al que le he concedido pagas astronómicas para que a su pueblo no le faltara de nada. Y resulta que unos jueces van y me lo imputan. ¡Pero qué se han creído!

Ahora ha tenido que agarrarse a lo que ha podido. A lo que le ha quedado. A lo que le permite volver a demostrar que aquí el que manda es él. Manda sobre su partido, porque quienes mandan sobre esta Región son otros. Otros que no se sientan en los órganos de dirección de los partidos ni, si me apuran, de la organización patronal de los empresarios. No hace falta. Marcan la política desde órganos extrapolíticos, si me permiten la expresión. Y no sólo la política institucional, sino la cultural, la mediática y, por supuesto, la económica, que es la madre de todas las políticas.

Pero a lo que íbamos. Al final el dedo de Valcárcel ha elegido a Alberto Garre, vicepresidente primero de la Asamblea Regional, y democráticamente, los miembros de la dirección del Partido Popular de la Región de Murcia ratificarán esta decisión. ¡Le llaman democracia…y no lo es! Esto es increíble. Hasta hace unos días nos habían hecho creer que esto de la sucesión era cosa de tres: Juan Bernal, Pedro Antonio Sánchez y Juan Carlos Ruiz (vicepresidente del Gobierno regional, consejero de Educación y portavoz del Grupo Parlamentario del PP en la Asamblea, respectivamente). Autodescartado el primero al comprobar que lo prometido, al parecer en su caso, no ha sido deuda; imputado por cohecho el segundo, aunque peregrine con sus papeles del banco para demostrar a la prensa, a los directores de los colegios y a quien se le ponga por delante que está todo en regla, quedaba el tercero. Pero hete ahí que en realidad no había ni un primero ni un tercero. Juan Carlos, no. Entre el ‘no tiene carrera’ y ‘le falta experiencia de gestión’, al pobre no le ha valido de nada los años que lleva adulando los vaivenes de su jefe en la Asamblea y haciendo de tripas de corazón a la espera de algo… que al final no ha llegado.

La verdad que para todo esto hay que tener estómago. Hay que hacer de tripas corazón para no sumergirte ante los continuos desaires, falsedades, hipocresías, mentiras y autocreencias de que esta política no puede ser de otra manera. Y todo porque al final la complicidad con quien atribuimos el liderazgo de esta Región lleva aparejada la sumisión, la falta de creencias, la autenticidad, en definitiva.

Lo realmente importante no es el sainete de la sucesión. De si se va al Parlamento Europeo y por qué. ¿Alguien puede responder qué es lo que va a aportar en Europa? ¿Qué gestión es la que quiere ofrecer como modelo? ¿La de una Región que está hipotecada? ¿La de la mentira del agua? ¿La de los supuestos agravios que esconde la excusas de un mal pagador? ¿La de la palabra y las promesas incumplidas? ¿La de la complicidad con los desaguisados que se han cometido… y a Dios gracias, los que aún no se han perpetrado porque a trancas y barrancas ha funcionado el sentido común o el contra poder ciudadano, o la maltrecha Justicia? Los tentáculos del poder son muy largos. Llegan a los rincones más insospechados.

Lo grave, a mi juicio, en todo este proceso que estamos viviendo en las últimas semanas, es que se está dejando de lado el balance de estos diecinueve años de gobiernos del PP. En realidad, de gobiernos de Valcárcel. De gobiernos apoyados en las urnas, sí, pero no por ello exentos de estar sometidos al juicio de generaciones presentes y futuras. Esas que van/que vamos a tener que pagar los excesos de una mala gestión. Una gestión en la que la complicidad de una mayoría silenciosa (y silenciada en múltiples ocasiones) ha permitido a quienes nos gobiernan campar a sus anchas sin apenas control democrático. Y, por supuesto, sin transparencia. De esa complicidad hablaremos en otro momento.

Pues nada, Alberto Garre es el oráculo personalizado de Valcárcel. La respuesta que ofrece antes de subirse a un avión, acompañado, y decir: ‘ahí os dejo la herencia, toda vuestra’.  Pero eso sí, ya se encargará de seguir culpando a otros de lo que ha pasado. Es marca de la casa. Y ahora no le quedan argumentos, como los que ha empleado reiteradamente para repetir como candidato: que si le arrancó el compromiso a José María Aznar para construir el aeropuerto (en 2003); que si se mantuvo para darle en la cara electoral al candidato del PSOE por haber osado meterse con su familia en pleno ‘boom inmobiliario’  (2007) o porque no podía marcharse en plena crisis económica, porque la Región me necesita (2011). Pero que nadie piense que Garre es la solución. Pedro Antonio sigue siendo el candidato… y seguirá. Y todos a votar la sucesión. Aquí paz y después gloria.

Ella trabaja sola

Ella trabaja sola

Julia abandona cada mañana su casa poco antes de las siete. Deja preparado el desayuno en la mesa de la cocina y no vuelve hasta casi las dos de la tarde. Su espalda se resiente, pero se consuela porque se ha enterado que en otros países no han descubierto la utilidad de la fregona. Limpia oficinas, despachos, viviendas. Al mediodía resuelve la papeleta con unos espaghettis, que son rápidos y llenan bastante. Por la tarde cuida a los hijos de otra, por cuatro pesetas, a la que además se le llena la boca con consejos sobre cómo debe encontrar su camino para “realizarse” como mujer y como persona. ¡Faltaría más!

Cuando Julia regresa a su piso de alquiler aún le queda bañar al más pequeño, pelearse con los medianos que quieren comprarse unos bambos de marca porque sus compañeros los lucen en el colegio, y tender la colada. Le prepara la cena al mayor, que llega rendido por el trabajo en un híper y lo anima a seguir, aunque sea por las cuatro pesetas que le pagan y con el miedo a la renovación del contrato. Algo similar les sucede a las hijas de sus amigas, que son candidatas a sufrir las varices por las horas de pie tras la barra de un bar de copas o de una pizzería. Mientras plancha, repasa el día. Uno menos. “Tengo que escribir al ‘Entre todos’, porque mi suerte tiene que cambiar”, se dice a sí misma entre camisa y camisa. “Mañana será otro día”, piensa.

Los días de Julia son semejantes a los de otras miles de Julias que miran de cara a la vida, pese a las adversidades. Unas se dejan la piel en la cadena de la conservera de turno o en la máquina de coser. Otras, las menos, gozan de mejor suerte en la oficina. Algunas tienen que vender oro, productos de limpieza y otros objetos entre sus vecinas y amigas. Muchas aún no han roto con el cordón umbilical de sus madres, que son las que les cuidan a los críos entre las horas muertas del colegio  y la vuelta a casa. Y menos mal, porque si no, no llegarían a final de mes. No arrojan la toalla, y se han apuntado a la educación de adultos y han descubierto en la madurez las emociones que produce leer poesía o alguna novela -por cierto ningún escritor las tiene en cuenta en sus argumentos-, asistir a un concierto, hacer sus pinitos con las acuarelas y visitar algún museo. Estos hallazgos les permiten encontrarse con una imagen distinta de mujer, repleta de autoestima y que le invitan incluso a cuidar más su aspecto físico. Sus semblantes se llenan de luz.

Son nuestras madres y abuelas. Verdaderas mujeres que llevan adelante los destinos de miles de críos. Las que asumen de verdad su maternidad. Agentes de socialización, que dirían los sociólogos. Las que asisten a las reuniones de la asociación de padres de alumnos -mejor dicho, de madres- o a la catequesis de sus hijos. Consumidoras de antidepresivos y de sedantes, porque aquí no hay quien pegue ojo viendo los golpes que les da la vida. Mientras tanto, ellos, los varones, siguen practicando la dejación de deberes en la barra del bar, especializados en las prácticas de contratación de futbolistas, filosofando sobre este o aquel asunto y esbozando una sonrisa de desprecio cuando en la tele dicen que se acerca el día de la mujer trabajadora. “¡Sabrán ellas los que es trabajar!”, salta más de uno. Lo saben. Como que el futuro está en sus manos.

Mujeres y trabajadoras

Mujeres y trabajadoras

Siempre he creído que la liberación de la mujer será posible cuando las propias mujeres decidan abandonar una actitud de fatalidad por su situación. Liberación entendida como una nueva forma de establecer las relaciones entre varones y hembras, donde el género no sea el que marque las diferencias de salarios, tareas domésticas, cuidado y atención a los hijos y a los viejos, tiempo libre y demás situaciones de discriminación o diferenciación. Recuerdo que en los años de la Universidad, a comienzos de los 80, un profesor de Literatura hacía gala de su misoginia cuando menos lo esperabas y ninguna chica, repito, ninguna del más de 60 por ciento de mujeres que había en clase se atrevía a contradecir al susodicho docente. Era una muestra de que la resignación ante los ataques del machismo reinante en nuestra sociedad había calado en el inconsciente colectivo de las féminas. Situación más grave si tenemos en cuenta que el colectivo femenino que llegaba a las aulas de la Universidad se podía considerar privilegiado ante el resto de sus congéneres. Mientras ellas habían salido de sus casas y vivían en una gran ciudad, adquiriendo una formación, miles de jovencitas tenían que sacar adelante a sus familias, casarse y tener hijos, mientras aportaban riqueza a sus modestas economías. Pero ni por esas. El misógino se enzarzaba en disquisiciones en contra del feminismo y sólo obtenía por respuesta una callada actitud displicente.

Una simple mirada a nuestro alrededor nos permite contemplar un panorama en el que las cosas han cambiado muy poco. Es verdad que se han dado pasos. Que conmemoraciones como las de hace unos días, en las que la figura de la mujer trabajadora nos recuerda que millones de mujeres en el mundo laboran día a día para que la cosa funcione, aún son necesarias. No podemos olvidar que los nuevos rostros de la pobreza tienen cara de mujer, sacando adelante como pueden a sus hijos y, por supuesto, a nuestros ancianos. Veo a Esmeralda, a Fátima, a Rosalía, a Encarna… y en sus rostros diviso que, sin participar en cenas de homenaje, en comidas conmemorativas o sin recibir flores, como ayer mañana poblarían algunas mesas de despacho, son el ejemplo vivo de que su doble condición, la de mujer y la de trabajadoras, tratan de llevarlo hasta sus últimas consecuencias.

Mujeres que se están dejando la piel limpiando casas y despachos, con contratos de miseria, y que aún deben darle las gracias a este Gobierno que les hace una reforma laboral y tratan de vendérnosla como la mejor de las soluciones posibles. Mujeres que se están dejando la vista y los dedos, y la educación de sus hijos, y el cuidado de su cuerpo y persona, cosiendo zapatos y vestidos a destajo, eslabones de una cadena de explotación que arranca desde sus cocinas y llega hasta la zapatería donde otras mujeres adquieren lo que ha costado sudor y lágrimas. Mujeres inmigrantes que están cuidando a nuestros viejos, mientras nosotros, sus hijos e hijas, no podemos encontrar tiempo para atender sus demencias e incapacidades. Mujeres jóvenes que sacan cuatro duros cuidando niños, haciendo pizzas de empresas que cotizan en bolsa, bombardeándonos por teléfono intentado vender apartamentos, vinos de selección o enciclopedias que nunca serán consultadas pero que quedarán muy bien en las estanterías del comedor-museo de un piso de protección oficial. Mujeres cuyo único consuelo parece ser el repaso de la vida de los famosos, esos modelos de personas inalcanzables que venden sus tripas al mejor postor.

Mujeres atiborradas de nolotiles, neurofenes o gelocatiles. Con la espalda destrozada, las piernas atiborradas de varices o sufriendo los efectos de la menopausia en soledad. Mujeres arrepentidas de su condición de mujer. Mujeres hartas de ser las únicas responsables de la educación de sus hijos y hartas, también, de tener que soportar los gritos de aquellos, mientras que su único delito es el de creer que ellas son las responsables de lo que les pasa.

Menos mal que hay mujeres que tratan de salir hacia delante frente a las adversidades. Que reconocen su situación como tales y se sienten orgullosas de su fuerza. De no estar dándoles vuelta a la cabeza mientras la vida se les va. A unas y otras les merece la pena recordar que, hace muchos años, otras mujeres como ellas murieron abrasadas en una fábrica de ropa de los Estados Unidos. Y que de esas llamas surgieron otras que han prendido en todo el mundo. Que vale la pena. Y que además, no están solas.

Tinta para gastarla

Tinta para gastarla

Al final de una tertulia nocturna con un buen amigo, éste concluía sus reflexiones con un hecho que le había sucedido días atrás. Enfrascado en unos escritos sobre unas meditaciones y proyectos de su actividad profesional, ¡zás!, se le acabó la tinta a su bolígrafo. Este hecho, que por cotidiano no tendría más importancia, le sirvió para descubrir un factor determinante en la vida. La tinta del bolígrafo está para ser utilizada, para que en un determinado momento se gaste. Extrapolando esta circunstancia al devenir de nuestra existencia, vendría a significar que la vida está ahí, para vivirla, para desgastarla, para saborearla, para gozarla. Es decir, que no vale guardar y guardar bolígrafos a medio utilizar. Que nuestros botes de lápices no sirven para nada si los colocamos llenos en nuestra mesa de trabajo. Si se agotan los depósitos de tinta significa que nos estamos dejando la piel en algo concreto.

En muchas ocasiones, desgraciadamente, pasamos por la vida a medio gas. Dejamos escapar las oportunidades que se nos brindan. Conocer a gente interesante, degustar acontecimientos en teoría simples e intrascendentes, apostar por utopías que están más al alcance de la mano que lo que parece en una primera impresión. Y es que al final de la vida nos examinarán del amor. Es decir, de la capacidad que hemos desarrollado para querer a los que tenemos al lado, y hasta incluso a los que parecen lejanos. Unas veces por excesiva prudencia, otras por prejuicios, muchas por egoísmo y vanidad, y una buena cantidad por orgullo, dejamos escurrir entre los dedos de la existencia la posibilidad de alcanzar metas cercanas que nos harían mucho más felices de lo que creemos ser. En la cotidianidad estriba a menudo lo esencial. Y lo cotidiano se reduce a no pasar por la vida como alma en pena, en ejercer de personas plenas, llenas de ilusión, de vida, de esperanza y de sinceros deseos de encuentro con el otro. Bien sean los más cercanos, los que tenemos frente a nosotros en el lugar de trabajo, o los que comparten mesa y mantel, vivienda pagada a plazos o lazos de sangre.

En esto de gastar la tinta me viene a la mente la imagen de muchas personas que son profesionales en su trabajo. Lo viven a tope, con una facilidad de movimientos que dejan a su alrededor un halo de envidia entre sus compañeros. Hombres y mujeres despiertos, competentes en medio de la jungla del mundo de los negocios. Manejan a su antojo las voluntades de sus clientes, siendo capaces de mostrar caras para todos los gustos. Vamos, triunfadores natos, que no hay dificultad o pared que se les ponga por delante que no sean capaces de sortear. Esta gente, sin embargo, cuando abandona la oficina, la fábrica o el despacho y se dirige a su casa comienza a sentir un molesto cosquilleo en el estómago. Esa tez brillante que han mostrado a lo largo de la jornada laboral comienza a ponerse pálida. Y se preguntarán ustedes a qué puede deberse esto. No tiene nada que ver con un virus que hayan estado incubando en su interior. Más bien con alguna circunstancia más trivial de lo que pueda parecer. Es un camino hacia uno mismo, hacia el encuentro  con la realidad de una familia, unos hijos, un marido o una esposa. En fin, a una realidad poco importante, porque lo que se queda entre las paredes del trabajo, donde aspiramos a triunfar y a destacar en la vida es lo que verdaderamente importa.

Pues bien. La tinta que se gasta en ellos es escasa, sobre todo porque la persona llega extenuada, agotada, seca… por haber echado el resto en las otras actividades. Y es entonces cuando aparecen las debilidades, la fragilidad de lo cotidiano ante lo supuestamente poco importante. Y hete ahí que aquel o aquella triunfadora, que ha aguantado el tipo hasta el final, se transforma en un ser anodino, incapaz de hablar de sí mismo. Se convierte en un ser vulnerable, irascible, repleto de dudas y de interrogantes sobre cómo actuar ante lo que tiene enfrente. Aunque este comportamiento  les pueda resultar extraño es más común de lo que pensamos. Nos adiestran para desenvolvernos con habilidad en esta jungla del asfalto, mientras que en el hábitat de lo cercano nos perdemos como si nos faltase el sentido de la orientación.

En resumidas cuentas, tendríamos que entrenarnos más en el manejo de habilidades sociales del tú a tú, de uno mismo, en las artes de la comunicación interpersonal que en las del mundo de la imagen y en las de dar la talla ante los otros. La talla sobre la que hay que medirse o compararse es la que nosotros mismos nos imponemos a diario. Porque, ¿de qué vale gastar la tinta en lo que no es esencial, mientras nos dejamos el bolígrafo a medio usar en lo realmente importante? La vida es para gastarla… y los demás están ahí para que los subrayemos.

Llanto en el monte

Llanto en el monte

Sólo los poetas son capaces de dar vida a objetos materiales, en teoría inanimados. Usando las metáforas y los adjetivos como instrumentos de trabajo permiten transmitir la vida que encierran, por ejemplo, un árbol, una piedra o cualquier fenómeno de la naturaleza. Una puesta de sol, un riachuelo, una hierba fresca que crece tímidamente en una loma, o una montaña que se alza majestuosa camino del edén, recobran una inusitada actividad cuando son acogidas con ternura por un vate para formar parte de un soneto, una elegía, una lira o una simple trova. Esos elementos comienzan a dar brincos de alegría porque alguien, en una lejana mañana o en un sombrío atardecer, decide jugar con ellos para expresar sentimientos escondidos en el más recóndito rincón del corazón humano.

Por ello no resulta extraño que el monte llore. Deje derramar por caminos y veredas, ramblas y peñascos, unas lágrimas de despedida por un místico que acaba de traspasar esa frágil frontera que separa la vida a la muerte, el tránsito al ocaso que rebosa esperanza. Y ese llanto desbordado comenzó hace una semana, cuando el cuerpo mortal de uno de sus seres más queridos recorrió ese pequeño camino que todos algún día debemos hacer, por mucho que nos agarremos hasta que nos quede el último aliento. Pepe Sánchez Ramos, contemplativo en medio del mundo, ya no podrá coger la leña para calentar el zendo, transportar el agua para gargantas secas por falta de consuelo, ni saboreará “a gusto” -como él muchas veces repetía para expresar la sensación que produce la experiencia orante- el encuentro con esa dimensión trascendente que nos sobrepasa y que se manifiesta en un amor supremo, cálido, acogedor, abierto, comprensivo y misericordioso. Palpar a Dios en la oración, en definitiva.

Juan de la Cruz, Teresa de Ávila, Carlos de Foucoult, Teresa de Liseux y tantos otros espíritus libres de todas las épocas, recientes y pasadas, se funden en un mismo sueño: ser conscientes de que el hombre y la mujer poseen una capacidad tal de amar, que el silencio y el desierto se convierten en intermediarios del gozo de una plegaria. “La oración no es algo que se hace y queda fuera del que la hace. No existe distancia alguna entre la oración y el orante. Por eso no resulta nada fácil -al menos para mí- objetivar la propia experiencia de oración”, dice Antonio López Baeza, otro contemplativo en medio del mundanal ruido en el que habitamos. Podría resultar muy sencillo esbozar un panegírico por alguien que ya no está corporalmente entre nosotros. La adulación a los muertos es también una de las características que nos definen, cuando hemos sido injustos en dejar escapar las oportunidades que la vida nos ha ido ofreciendo a diario.

En el caso de Pepe Sánchez Ramos, como en el de muchos otros, caeríamos en el error si exaltáramos sólo sus cualidades, que por cierto mantenía sin estridencias. A nadie había que venderle ninguna moto. Complejo y contradictorio como cualquier hijo de vecino, con virtudes y defectos como el que más, sí unía una cualidad: haber sido capaz de edificar de manera austera un lugar de encuentro, un oasis de paz y serenidad a escasos kilómetros del bullicio de una gran ciudad, la nuestra, la capital de esta Región. Y desde hace casi unos veinte años allí se han dado cita espíritus inquietos en busca de sosiego, de encuentro con ese Ser supremo que todo lo envuelve. Las pupilas enrojecidas de ese búho, símbolo de los contemplativos, son sólo una muestra de que no sólo el monte llora su ausencia. Los que aquí quedamos ya te echamos de menos.

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Cuando se cumplen quince años de la muerte de Pepe Sánchez Ramos, impulsor de la Casa de Oración del Monte, la Casa «Desierto de la Paz», retomo este articulo publicado en La Opinión una semana después de su fallecimiento. La Casa de Oración forma parte de mi historia de vida en su dimensión espiritual. En ella viví mi primer retiro espiritual cuando tenía 16 años, allá por 1980, y a lo largo de los años he asistido a diferentes momentos. En los últimos años participo en retiros de Cuaresma, celebraciones del Tríduo Pascual, Pentecostés, Adviento, Navidad… Acompañado por Gelen, mi mujer y compañera, el sacerdote Juan carrascosa, y un variopinto grupo de contemplativos.

Solo un muerto más

Solo un muerto más

La novela negra forma parte de mi vida. Me sumerjo en ella y soy capaz de abandonarme. Recibo periódicamente las novedades del género gracias al buen hacer de quien mantiene una de las pocas librerías especializadas, en este caso, en Barcelona, Negra y Criminal. Inicié mi actividad profesional en el mundo del periodismo recorriendo los bajos fondos como periodista de sucesos, en las trastiendas que se esconden en una ciudad industriosa de provincias, Elche, donde el dinero fácil era, lógicamente,  dinero negro. Siempre he sentido una profunda atracción por todo lo que se oculta tras los muros de la supuesta indiferencia. Por eso gocé con Vázquez Montalbán o P.D. James en los 90 y ahora lo hago con las escritoras nórdicas, Donna Leon, Andrea Camilleri o Petros Márkaris. (más…)

Los juan nadie

Los juan nadie

Hay películas que consiguen provocar en el espectador una gran ebullición de emociones y sentimientos. De la sonrisa a las lágrimas, pasando por estremecer las más intensas sensaciones que ponen la piel de gallina. Frank Capra lo consiguió en numerosos trabajos llevados a la pantalla, como en Meet John Doe, traducida en españa como Juan Nadie con un Gary Cooper genial y una Barbara Stanwyck ambiciosa y a la vez angelical. El Juan Nadie jugador de béisbol fracasado que es capaz de conectar con las masas, bajo el amparo de todo el entramado mediático o, lo que es lo mismo, gracias al soporte de un medio de comunicación tan caliente como la radio lo era en los años 40. ¿Y por qué su discurso era idóneo para movilizar a una sociedad en crisis como la norteamericana que estaba a punto de entrar en la segunda gran guerra mundial? Quizá porque hasta entonces, como ahora, esa sociedad estaba poblada por Juan Nadies a los que nunca se les había dado la oportunidad de hacer oír su voz. Y por supuesto que hubiera alguien que la escuchase.

Esa fábula de los que nunca cuentan para los que deciden las cosas importantes de la vida cobra actualidad de una manera pasmosa. Nuestros pueblos y barrios están poblados de personajes así. Es decir, que en el anonimato de un mundo globalizado, atado de pies y manos al designio de un mercado excluyente de los más débiles, lo cotidiano está llamado a ser lo esencial, por encima de los discursos, las grandes construcciones ideológicas y los planes para el futuro. Si en la cinta de Capra el mensaje principal era el de “conozca y sea amigo de su vecino”, hoy resulta cada vez más urgente lanzar reflexiones similares, como las de “usted vale por lo que es, no por lo que tiene o por el lugar que ocupa en el mundo”. También el de “sea una persona buena, aunque no se lleve la bondad y la sinceridad” o el de “no machaque al que tiene al lado, deje de mirarse el ombligo y dirija su mirada a los ojos de los otros, ya sean sus vecinos, sus amigos, sus compañeros de trabajo o a los de los millones de buenas gentes que pueblan el planeta”.

Juan NadieSe trata de no vivir en un estado permanente de cabreo, de no practicar la indiferencia ante lo que sucede a nuestro alrededor, trascender las meras fronteras que nos imponemos cada uno de los mortales y movilizar esas fuerzas de las que somos portadores. Los Juan Nadie no estamos solamente para acudir a la llamada de los cantos de sirena de un nuevo centro comercial, y luego no tenemos espacio ni para aparcar el coche. Sí para demostrar que nos importa lo que le pasa a cualquier ciudadano del mundo aunque viva a miles de kilómetros de nuestras casas, ya sea timorense, kosovar, turco o taiwanés. O a cualquier mujer africana que tiene que sobrevivir a diario recogiendo la leña y transportando el agua para sus hijos. También para acoger al que ha venido de fuera a nuestra tierra para trabajar y lo expulsan de la chabola que habita sin ofrecerle nada a cambio, o a los que se debaten con una enfermedad terrible y no somos capaces de estar cercanos a ellos.

Por todo ello, los Juan Nadie estamos llamados a salir de nuestro letargo. El invierno ha pasado y la vida tiene que ser una eterna primavera en permanente estado de ebullición. Sentir que por las venas corre sangre limpia y pura que conmueve nuestras entrañas. No miraremos los relojes cuando tengamos a cualquier Juan Nadie frente a nosotros, porque lo más importante será, precisamente, ese hombre o esa mujer, ese niño o ese anciano, y retozaremos a gusto compartiendo ilusiones, deseos, anhelos y esperanzas de diferente signo. Practicaremos la tolerancia, la serenidad frente a lo adverso, la templanza ante la ira contenida que provoca en ocasiones la injusticia, la paciencia y la capacidad para estar abierto a lo no establecido. En fin, que ejerceremos de verdad el papel de Juan Nadie sin creer por ello que pasamos inadvertidos por la vida, porque lo esencial es invisible a los ojos.

Líneas #AAPP2014

Líneas #AAPP2014

Los que trabajamos en el sector público, en las Administraciones Públicas, vivimos inmersos en un contexto sumamente complejo. De un lado, entendemos el servicio público como la manera de vincular nuestras capacidades profesionales con unos fines que van más allá del mero sustento económico. Esto es, entendemos que gracias a esfuerzos y cometidos como los que desarrollamos, la ciudadanía ve garantizada sus derechos y deberes mediante unas prestaciones conquistadas en las últimas décadas. Prestamos, en definitiva, unos servicios que nos facilitan la vida en comunidad, con la mirada especialmente puesta en el eslabón más débil de la cadena social.

En este comienzo de año, aprovecho las reflexiones que José Ignacio Criado ha hecho en su blog sobre las que, a su juicio, son las principales tendencias en las Administraciones Públicas para 2014, para reflexionar sobre los escenarios que vivo en la Administración Pública de la Región de Murcia. En concreto, en la Escuela de Formación e Innovación, que acaba de ver la luz con la fusión de las escuelas de Administración Pública, la de Administración Local y la de Policías Locales. Este ha sido un paso importante para armonizar y coordinar la formación y el aprendizaje colaborativo del personal empleado público, tal y como ya sucede en una buena parte de las comunidades autónomas. En las actuales circunstancias no parece de recibo mantener estructuras aisladas en los ámbitos de lo público, sino que el trabajo compartido y el desarrollo de estrategias y metodologías para el aprendizaje aconsejan establecer complicidades.

Cuando uno escarba en el interior de cualquiera de las administraciones públicas encuentra a mucha gente que no se conforma con lo que hace, de la manera que lo hace y con la perspectiva de permanecer impasible. El profesor Criado asegura que «la innovación no se detiene y los que nos desempeñamos en el sector público debemos seguir trabajando con intensidad para reforzar su papel, a la vez que se dimensiona adecuadamente para adaptarse a cada realidad nacional, regional o local». ¿Les suena, verdad, sobre lo que estamos hablando? Por eso, me permito reproducir y comentar algunos puntos que marcarán la pauta de los debates sobre lo público durante el próximo año.

  • Intraemprendizaje. La palabra suena difícil pero es potente: emprender desde dentro, desde abajo, colaborando y reconociendo a los que son innovadores. Alberto Ortíz de Zárate lo describe bien para el sector público: “El propósito del intraemprendizaje es nombrar caballeros y caballeras a todas las personas que trabajan en el sector público. Darles libertad y responsabilidad para renovar lo público mediante las armas de la innovación”. En su libro lo cuenta con detalle. Las pequeñas teclas de cambio pueden desencadenar transformaciones grandes hasta en las organizaciones menos dinámicas.
  • Big data. Este año ya se ha hablado sobre big data o datos masivos en las administraciones públicas de una manera incipiente. El término se ha popularizado gracias, entre otras cosas, al libro de Mayer-Schönberger y Cukier, para quienes “los datos masivos son el nuevo oro” para las organizaciones. Las administraciones públicas todavía están a la expectativa sobre cómo reaccionar, pero lo que no cabe duda es que este próximo año se va a hablar y mucho del poder de los datos y, sobre todo, de cómo las administraciones públicas se adentrarán en esta nueva era para las organizaciones. en la Región de Murcia tenemos investigadores de vanguardia en el campo de la eAdministración, especialmente en lo que tiene que ver el análisis y la reflexión sobre las implicaciones y desafíos que plantea este campo desde el punto de vista jurídico.  Nuestras administraciones aún están a años luz de tener claro lo que quieren hacer, pero el debate está sobre la mesa.
  • Gobierno abierto. Lo ola de lo abierto sigue ahí. El compromiso gubernamental a través de la Alianza para el Gobierno Abierto (Open Government Partnership) sigue creciendo en todo el mundo, aunque algunos de los resultados, así como la propia noción del concepto, sean variables, tal y como muestran algunas evaluaciones nacionales en España o México. En todo caso, lo importante es dar el primer paso hacia el Gobierno Abierto. Y el 2014 será el momento propicio para lograrlo. En la Región de Murcia hay algunos ayuntamientos que han empezado a dar los primeros pasos, como el de Molina de Segura, pionero en estas lides, pero esta tendencia será imparable. Estoy seguro. Al igual que más pronto que tarde hará lo propio la Administración regional.
  • Ciudades inteligentes. José Ignacio Criado nos recuerda el interés por las smart cities se va a multiplicar de la misma manera que lo hacen los retos a los que enfrentan las ciudades contemporáneas, cada vez más diversas y complejas. Antonio Díaz y otros llevan trabajando en la idea desde la vertiente de la planificación a largo plazo, teniendo en cuenta la necesidad de crear administraciones inteligentes, para ciudades inteligentes. Subrayemos la importancia de los gobiernos y administraciones locales en el futuro de la gobernanza de nuestras sociedades.
  • Redes sociales digitales. Las administraciones públicas están ya en ello, si bien en algunos casos, todavía no saben cómo hacer frente a la realidad de las redes sociales en la gestión y las políticas públicas. Como ha apuntado Mentxu Ramilo en más de una ocasión, más allá de estar en la red, es necesario estar en red, y por ahí sigue estando la clave para las administraciones públicas. Y no sólo en las grandes redes generalistas, como TwitterFacebookYouTube, sino que el futuro se decanta por potenciar la presencia, institucional o personal, en otras de carácter especializado. NovaGob desea ser la preferida de todos los empleados públicos en el ámbito de habla hispana, a la que invito a conocer y testar. Mi pequeña experiencia de participación es muy gratificante. Y en el caso de las redes sociales, aún deben producirse aperturas mentales entre nuestros directivos públicos para descubrir que no son una simple moda o tendencia social de entretenimiento, sino que el gobierno abierto y la transparencia no tienen sentido sin herramientas e instrumentos digitales para que nuestras administraciones pasen del mundo 1.0 al 2.0 de una vez. Porque hablar del 3.0 aún es una quimera.
  • Mujeres en las administraciones públicas. El acento de las mujeres no se escucha lo suficiente en los ámbitos donde se adoptan las decisiones en las organizaciones. El papel de las mujeres directivas y emprendedoras en las administraciones públicas se reforzará en el nuevo año. Pero para ello es necesario reafirmar el compromiso, también por parte de los hombres, con el logro de una mayor equidad en cada esfera de lo público. Experiencias puestas en marcha en el ámbito universitario o en el de la Administración regional en Murcia apuntan en este sentido pero como supondrán, sobre todo, las lectoras, estamos en pañales en este terreno.
  • Transparencia. Terminamos con un clásico, asegura Criado. A pesar de ello, la transparencia gana terreno en unas administraciones públicas necesitadas de apertura a la ciudadanía para reforzar su credibilidad. Ejemplos de ello pueden ser la recientemente aprobada ley de transparencia en España o los esfuerzos en México para reformar el IFAI. Al margen de valoraciones, la profundización en mecanismos, incentivos y prácticas para mejorar la transparencia de las organizaciones públicas va a ser una inquietud muy presente en el debate durante el próximo año. La ponencia creada en la Asamblea Regional de Murcia también es un paso más en este sentido.

En resumen, y pese a un contexto marcado por el cambio en la Presidencia del Gobierno regional, el 2014 se presenta como un año interesante en los cambios que vamos a vivir en el seno de las administraciones públicas de nuestra Comunidad. Unos cambios que viviremos en una situación económica muy complicada, porque el escenario presupuestario -en lo autonómico- y el que trae consigo la reforma local -en los ayuntamientos- auguran resistencias y dificultades que se suman a los propios frenos personales y administrativos que tienen muchos de los que rigen los destinos del sector público.

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